diciembre 1, 2020

Carmen: la nación del amor

por: Matías Bosch

Bosch y Carmen Quidiello logran entrar en Guadalupe y recibir asilo, luego de la operación de destierro en el Golpe de Estado de 1963. Fue Carmen la que ideó, planificó y se ocupó de rescatar los pasaportes de presidente electo ambos en la casa asaltada por militares golpistas. Ella los había conservado en una gaveta de doble fondo.
Corrían los días de 1963, llenos de esperanza, impulso creador y combate incesante ante la miseria generalizada y el golpismo galopante. Una periodista le pregunta a Carmen Quidiello, la esposa del “ciudadano presidente”, qué siente ser “la Primera Dama”. Doña Carmen, nacida en Cuba, hecha con sus propias luchas y las de su compañero, avecindada en Santo Domingo hacía apenas un año, contestó con simpleza rotunda: “Si yo acepto que soy la primera dama, significa también, por deducción, que existe una última dama; y eso sería inaceptable”. “No –prosigue-, no existe primera dama, y si la hay, es la mujer que lava en el río”.

Carmen Quidiello, la compañera del presidente Bosch, no es una pieza de decoración ni es aquello que el propio prócer ya había identificado como especie abundante en el país que encontró: una de esas personas para quienes “la política es oportunidad”. Eran, ellos dos, la historia de una batalla incesante por “una tierra de todos los dominicanos, no de un grupo de dominicanos”.

En esa batalla, Juan Bosch y Carmen Quidiello construyeron su castillo y su nación en el amor. Todo destierro, refugio o separación tenían el sentido de una lucha dada por el amor a sí mismos y al ser humano en general, sin distingos ni fronteras. Vista en perspectiva, ha sido la vida de ellos permanente manifestación de renuncia y sacrificio, sólo explicable en ese universo íntimo que es la convicción de ser útil a los demás y desear tan sólo la paz de espíritu, inubicable en supermercados.

Ese amor se profesó de él a ella y de ella a él, pleno de autenticidad. En una de sus tantas distancias, Carmen le escribe a Juan en diciembre de 1956: “Por fortuna, dondequiera que estés, mi amor te acompaña, y tal como tú crees, en cierto modo te protege, en ti llevas tu capacidad de crear; en cualquier parte eres tú mismo, independientemente de vinculaciones que puedan sumarte o restarte.”

Para octubre de 1958, ella le confiesa lo que él ha significado en su vida: “Yo había sobrevivido a una inmersión larga y negra bajo brazadas de ansiedades y de pronto tú me haces salir a la luz y, al restablecerse tanto deseo vital contenido, de poco me hace estallar. Por Dios ¿qué no me conoces? ¿No sabes que eso de ponerme a desear tantas cosas juntas me marea?”.

En enero de 1959, Carmen le escribe a su amado compañero describiéndole el triunfo de la Revolución Cubana y la entrada del Ejército Rebelde en La Habana. Estaban, de nuevo, en una obligada separación, producto de la persecución trujillista, y no dejaban de tratar en sus cartas tanto las necesidades del hogar y los hijos como los hechos históricos: “Para que la distancia no sea obstáculo, para que lo vean tus ojos de idealista a través de los míos de simple mujer: el solo hombre que ha fatigado la gloria a fuerza de tenerla desde los tiempos de Homero, en todo el ámbito del mundo, se llama Fidel Castro y es cubano como Martí”.

Quizás es el propio José Martí con su “Abdala” el que inspiró a esta mujer extraordinaria. Dice el Apóstol de Cuba: “El amor, madre, a la patria, no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; Es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca; Y tal amor despierta en nuestro pecho el mundo de recuerdos que nos llama a la vida otra vez, cuando la sangre herida brota con angustia el alma…”.

¿Qué fuerza si no el amor pudo hacer de una cubana santiaguera, la compañera de pasiones, luchas y resistencias de Juan Bosch y del pueblo dominicano en la defensa de su dignidad? ¿Qué energía y qué refugio sino aquella nación inexpugnable al odio y la ambición, pudo más que los destierros, las persecuciones, las calumnias, las traiciones, los abandonos? ¿Qué permitió a esta mujer –igual que a su compañero- ir a contracorriente de todas las tentaciones y ser innegociable? ¿Qué sostén tuvo para ser la voz de la República ante el mundo cuando el Golpe de 1963, o para salvar ella sola el cuerpo sagrado de Juan Bosch cuando el prócer se fundió en el infinito en noviembre 2001, y ella le cumplió su deseo de regresar para siempre a su natal La Vega, pese a tantas y tan egoístas presiones de “los políticos de oportunidad”?

Hoy, Carmen, la compañera de Juan, cumple 99 años. Y está en su casa, la misma humilde y digna morada en la que despidió a su esposo en 2001. No es sitio de procesión de figuras de moda ni le asiste la fama vana. Pero ningún sacrificio fue en vano. Ninguna entrega fue un fracaso. Ninguna “oportunidad desaprovechada” fue un acto de estupidez o “falta de pragmatismo”. Puede hoy mirarnos con sus mismos ojos bellos y luminosos, su “sonrisa de la Isla fascinante”, sus manos vacías de joyas materiales, pero abiertas para darnos los ladrillos de amor con los que hacer la nación largamente soñada.

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