noviembre 24, 2020

Turbulencias de la moral y la ética

por: Max Murillo Mendoza

En el siglo XVI la civilización occidental, consiguió imponer por fuerza y a sangre y fuego su lógica moralista y códigos de ética, que por supuesto responden a sus propias costumbres e idiosincrasias. La colonización consolidó esas normas y códigos de comportamiento occidental. Las iglesias fueron los mecanismos más brutales para dicha imposición: evangelización y educación. La evangelización se encargó de destruir los imaginarios religiosos ancestrales, de imponer la nueva religión, y la oficial. Los procesos educativos se encargaron de domesticar a las poblaciones, en las visiones del conquistador. Procesos que siguen durando hasta hoy. Siglos de repetición de las consignas extrañas, de los comportamientos y de las lógicas sociales traídas allende los mares, ciertamente han calado en nuestras poblaciones e imaginarios sociales, incluso autóctonas. Sin embargo, como prueba de nuestra existencia, paralelamente se desarrollaron o continuaron como mecanismos de sobrevivencia (clandestinos), nuestras costumbres: ch’allas a la Pachamama, adoraciones a nuestras Wacas en las montañas o selvas, K’oas, wilanchas, etc. Siempre tuvimos una doble articulación entre lo nuestro y puro, y lo impuro o traído e impuesto por los conquistadores. Hoy, podemos sin contradicciones ch’allar a nuestros propios Dioses y comulgar con el dios cristiano. Al final somos animistas. Es decir, aguantamos la imposición de siglos, gracias a la clandestinidad de nuestras costumbres.

Esos códigos impuestos, morales y éticos, son visiones culturales de la civilización occidental. Con sus cargas de costumbres y creencias, a partir de sus propios imaginarios. Una de las características sustanciales y claves de esa civilización es la concepción individualista del hombre. Que viene incluso de la orden bíblica que está en el Génesis: Multiplicaos y conquistad la naturaleza. Es decir, dios ordena destruir la naturaleza para el disfrute del hombre. Concepción profundamente económica y mercantil. De ahí se explican las concepciones de progreso y desarrollo: el hombre occidental está condenado a progresar y desarrollar todo a su paso, a costa de la naturaleza o destruyendo su hábitat. Pues es la única manera de progresar en este modelo o pensamiento. Eso no importa, sino la acumulación de riqueza hasta el infinito. No existe en la concepción occidental el hombre como parte de una comunidad, de un espacio territorial. En esta concepción o mentalidad occidental, tampoco existen los conceptos de totalidad u holístico. Sino hasta muy tardíamente. En cambio, en nuestras culturas nuestras concepciones sociales, se refieren inmediatamente a la totalidad: todo tiene que ver con todo. Somos parte de la naturaleza y no podemos destruir nuestro propio hábitat. La comunidad o el grupo están para la gestión de ese espacio (económico o social) que se debe realizar con cierto orden, y criterios de organización propios. Los Estados prehispánicos consideraban a las comunidades como estamentos importantes, en sus estructuras de organización. Eso fue destruido por los conquistadores, porque no comprendieron ni entendieron los tipos de organizaciones que funcionaban por estos lados. Que eran, y siguen siendo, grupales comunitarios. Es decir, la ética y la moral occidental, no comprendieron las lógicas distintas de las mentalidades de organización, que existían por nuestras culturas. Tuvieron que destruirlas, para imponer lo suyo. Hoy, varios científicos y pensadores de los países ricos reconocen ese terrible error cometido por la colonización: el intento de eliminar y destruir las culturas ancestrales, simplemente por la ignorancia de las mentalidades del progreso y desarrollo. Imaginarios que se impusieron, se globalizaron y universalizaron, de manera inhumana. Ese complejo de superioridad occidental, lamentablemente sigue siendo el comportamiento más habitual: guerras, economía de mercado y religión totalitaria.

A estas alturas de las circunstancias, el mundo empieza a mirar sus propios derroteros. La imposición occidental, es decir de sus lógicas morales y éticas, ya no son sostenibles. Son incluso peligrosas (cambio climático) y contradictorias. Es verdad que aún no hay alternativas globales, pensamientos más humanos y menos maquinaria mercantil. Desde nuestras realidades de Bolivia, tenemos la oportunidad de deconstruir y reconstruir nuestros propios imaginarios (de Estado, de organización y economía), sabiendo que estamos rodeados de la poderosa maquinaria mental individualista, desarrollista, progresista, mecanicista, teleológica, que se desarrollan en las instituciones educativas, en la familia e incluso todavía en el Estado. Poderosa maquinaria costumbrista que no permite mirarnos a nosotros mismos, sino como reflejo e imitación a lo impuesto en la conquista. Esa maquinaria mestizoide individualista, sectaria, católica totalitaria, frena las posibilidades de recuperar nuestra memoria larga, tecnológica y organizativa. De nuestras éticas, por así decir, comunitarias y grupales. Porque no tenemos en nuestros idiomas conceptos de bien y mal, ni conceptos de pecado. Eso fue importado por la colonia, como mecanismo de sentimiento de culpa. Sentimientos de culpa ante la tragedia y las equivocaciones de las apuestas individuales occidentales. Además que nuestras concepciones o éticas de comportamientos son relativas, no absolutas como en la civilización occidental. Para nosotros un acto puede ser positivo en un contexto; y negativo en otro contexto. En todo caso, como insisto, somos concepciones distintas como grupales y de reciprocidades económicas. Los esfuerzos que se están realizando en muchos rincones del mundo, para buscar alternativas al modelo cristiano occidental depredador y mercantil, tienen todavía un largo camino que recorrer. Luchar contra ese enorme monstruo de mil cabezas, es una tarea intelectual, educativa, filosófica, económica y espiritual cotidiana. La lógica individualista y mercantilista es fuerte y contundente. Que responde a la lógica de salvación (religiosa) individual. Nuestras ciudades son aulas perfectas para destruir precisamente lo nuestro. Son valles de lágrimas de la tragedia occidental. Romper esas lógicas no serán fáciles ni rápidas. Son lógicas avasalladoras y corruptoras mercantiles.

Las bases mismas de la moral y la ética del sistema se han derrumbado. Obama puede rezar en su iglesia de domingo; y ordenar al día siguiente a sus drones y marines que asesinen y bombardeen impunemente, en cualquier lugar del mundo. Los banqueros occidentales son muy cristianos y devotos cada domingo; sin embargo les importa un carajo los millones de engañados, expulsados de sus viviendas, estafados en sus ahorros y sin ningún respeto por las leyes internacionales. La norma y el accionar de la moral y la ética occidental son la hipocresía, el cinismo y la impunidad. Ya nada tiene sentido. No existe ninguna diferencia entre lo que llaman fascismo y democracia. La tortura (Guantánamo) y el control totalitario (internet) ya no escandalizan a nadie. Tampoco ya existe diferencia entre las mafias poderosas del norte, y sus gobiernos. En realidad no se sabe quiénes realmente gobiernan. Occidente es un escenario apocalíptico. Muchos de sus fanáticos y lunáticos religiosos creen que el fin de los tiempos ha llegado. Quizás sea cierto en términos filosófico existenciales. Una cosa sí es cierta: es urgente buscar salidas y alternativas, a la locura y tragedia griega occidental. La destrucción del hábitat y con él, de la moral y la ética están llevando al mundo a un callejón sin salida. La desesperación y sin sentido conducen a millones de humanos, al nihilismo de las drogas, alcoholismo y violencia callejera inhumana. Esa peligrosa avalancha occidental tiene que ser detenida, con otras formas de contenidos sociales más humanos, holísticos y éticos.

Desde Bolivia nuestros aportes pueden ser importantes. La construcción de un Estado distinto, inclusivo, culturalmente amplio y con oportunidades para todos. Y con bases morales comunitarias y de economías holísticas en reciprocidad con la naturaleza. Tareas enormes como complejas, como desmontar esos imaginarios mentales individualistas, mecanicistas, mercantilistas que rompieron la relación hombre naturaleza, que rompieron nuestros paradigmas más espaciales y convivenciales. La fundación, en nuestro caso refundación, de una nueva ética, requiere de un acompañamiento más cordial al pasado. Aquel que fue interrumpido por la violencia del asalto y la conquista militar y religiosa, allá en el siglo XVI.

La Paz, 21 de mayo de 2014.

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