diciembre 4, 2020

El tic tac de reloj

La cronología de tiempo más que una categoría que pertenece al mundo de la física, resulta en rigor de verdad un producto de cada nomenclatura cultura en particular. Cada sociedad mide y pondera el tiempo a su manera y diseña sus propios instrumentos para medirlo. En las sociedades pre industriales, por ejemplo, el devenir del tiempo estaba atado a los ciclos climáticos y cíclicos agrarios (“En menos de lo que canta un gallo”). Bastaría para asumirlo leer a Mircea Eliade en el “Mito del Eterno Retorno”. El historiador francés Jacques Le Goff en su magistral obra muestra como en la Europa Medieval se transita del tiempo de la iglesia, del tañido y la oración (“En un santiamén”), al tiempo rápido y adinerado del mercader.

La sociedad capitalista necesita de sincronizar los tiempos de la fábrica y armonizar bajo su disciplina las distintas subjetividades de sus trabajadores. Finalmente el plusvalor no es sino tiempo remunerado fruto de la complejidad simultánea del obrero colectivo. Solo en esta sociedad tiene máximo sentido aquello que el “tiempo es oro”, como reveló E.P. Thompson.

El reloj fue la creación de la cronología capitalista europea y por ello sus manecillas siguieron el sentido solar del hemisferio occidental. De seguro de haber sido un producto del sur, su recorrido habría sido a la inversa. Con su universalización colonizadora y occidental, se instaló una nueva noción del tiempo. Se trató con denuedo de organizar las minas mediante una nueva economía del tiempo. Desde el poder empresarial se crearon nuevos paradigmas civilizatorios. La disciplina laboral no sólo fue exaltada, sino que también se reglamentó. El rígido sistema laboral se amplió y la euforia utilitaria incursionó incluso hacia el tiempo libre: fiestas y diversiones fueron suprimidas o prohibidas. Como Michael Foucault ha desentrañado, la complejidad de la economía de la disciplina exige organizar un nuevo espacio analítico y ejecutar un rito que fragmente las relaciones laborales, configurando una “anatomía del detalle”. La relación de dominación capitalista y su mecánica del poder se basó por lo tanto, en una política de coerción que “constituye un trabajo sobre el cuerpo, una manipulación calculada de sus elementos, de sus gestos, de sus comportamientos”. Para resistir a esta mecánica depredadora de la proletarización, los trabajadores se refugiaron en el San Lunes, las fiestas y las algazaras como el sacrosanto carnaval tratando de no responder a los estímulos del mercado y del dictamen del reloj.


* El autor es historiador

   keynes73@yahoo.com

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