noviembre 30, 2020

Un aciago 21 de julio

La política social del presidente nacionalista militar Gualberto Villarroel (1943-1946), su condescendencia hacia los trabajadores mineros y su política de apertura, hacia el mundo indígena y obrero generó pavor en las elites y una parte de la izquierda marxista. Bajo el discurso de la contradicción entre democracia/fascismo como un eje ordenador y la conducción del Frente Democrático Antifascista, la oposición levantó consignas salarialistas para perturbar al gobierno, mientras en la prensa opositora y los corrillos se rumoreaban muertos y prisioneros inexistentes. Se vivía un clima de guerra civil; las calles y las palabras se tornaban en el escenario de confrontaciones diarias. El domingo 21, precedida de una copiosa e inusual nevada —un mal augurio, se diría— una multitud variopinta se dirigió hacia el Palacio Quemado que también fue atacado por fuego graneado de efectivos militares. Cuando la multitud pudo abatir la puerta de Palacio Quemado con la ayuda de un tanque del ejército, un debilitado Villarroel, que decidió no renunciar ni abandonar el Palacio Quemado fue atrapado y golpeado. Muerto o moribundo lo arrastraron por las escaleras, dejando una estela de sangre. Luego fue ahorcado en un farol en plena plaza principal.

Poco importa si el estalinista PIR, sectores trotskistas o anarquistas que participaron en el derrocamiento del militar nacionalista, pensaran que la caída del “nazifascismo criollo” encarnado, a su juicio, por la coalición RADEPA-MNR, era un medio que les abriría las anchas puertas a la “verdadera” revolución social; el resultado objetivo fue que facilitaron el retorno de la “Rosca” y las fuerzas de la derecha a las esferas del poder.

Contrastando con el aquelarre urbano que culminó con el colgamiento del Presidente Villarroel y Luis Uría y Waldo Ballivián, sus inmediatos y jóvenes colaboradores en la plaza Murillo de La Paz, además de los pogromos “anti fascistas” en otras ciudades, en las minas se vivió un ambiente cargado de frustración. El ambiente estuvo motivado por la sensación de desamparo emanada de la certeza de que la muerte del Estado paternalista, como en otras oportunidades, sólo traería nuevas desgracias. La desesperación no se limitó a la congoja, sino que se convirtió en ira. En varios distritos mineros, como Oruro, se declararon huelgas y se asaltaron puestos de policía o patrullas del Ejército en busca de armamento, mientras los trabajadores procuraban medios para trasladarse a la Ciudad de La Paz en un postrero intento de defender a Villarroel, el “tata” de los indígenas o el “amigo” de los mineros.


* El autor es historiador

   keynes73@yahoo.com

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