noviembre 29, 2020

De inconsecuencias, desvaríos y otros desatinos

por: Rafael Artigas

El proceso de emancipación de los pueblos indígenas tras la llegada de Evo Morales tuvo una fuerte trascendencia en los niveles de participación de la lucha por el poder y en algunos casos distorsionada por algunos de sus líderes sobre todo en las regiones de los valles y el oriente boliviano.

La compleja tarea de reorganizar un Estado después del agitado tiempo neoliberal, fue uno de los mayores desafíos, ya que se batalló diariamente con los desplazados del poder, esos que arrojaban la piedra y levantaban la mano de otros; esos que manejaban las conciencias con millones de dólares o los que vivían del Estado por cuotas de poder.

Hoy algunos de esos males curiosamente han llegado a algunos dirigentes campesinos y tal parece que la epidemia se ha extendido y trasmite actitudes que rompen la lógica de lo que el imaginario social entendió respecto de un movimiento social u organización que persigue objetivos en su lucha por la justicia social, por tanto, no entra en este juego de los desesperados del poder.

Las luchas sociales que emprendieron organizaciones campesinas, indígenas demostraron siempre su identidad de clase en la acción revolucionaria, como un sector explotado, oprimido, frente al explotador, sin venderse, ni pretender negociar sus principios por otros fines.

Pero también existen dirigentes indígenas, campesinos que son dignos y que no ingresaron en ese entramado sucio de la corrupción y no se aliaron con sus propios verdugos; son éstos que nos pueden dar clases de moral, de ética y están en su derecho de pedir cuentas por su trayectoria, porque ejercitan la transparencia y el compromiso en sus actos.

Los casos vistos hasta ahora en las dirigencias campesinas, de los que dicen haber quedado rezagados al no tener otra vez un “puestito” en cargos jerárquicos de su partido, o por el solo hecho de arrebatarle un lugar al otro, se afanan en buscar sus candidaturas por puro apetito de poder.

Los hay de todo, sin embargo, no obstante los otros, cambian de libreto, ya no se los ve como los responsables de los planes conspiradores, ya no agitan sus banderas como fue en el tiempo de las famosas marchas del TIPNIS, -que aunque los vemos transando con partidos de la derecha, ahí están Rafael Quispe, Alejandro Almaraz y Rebeca Delgado, ahora con el privatizador Doria Medina- no dejan de traslucir sus avideces propias de la ambición de poder.

Y precisamente por esos fines, otro de los férreos luchadores de los indígenas de tierras bajas fue, Adolfo Chávez, quien hace un par de años se dio la mano con su agresor como es Rubén Costas mediante los pactos realizados en Santa Cruz, más o menos como el MIR, que justificó su alianza con ADN “cruzando ríos de sangre”, decían, cuando en realidad negociaron la sangre de sus mártires.

Todos estos formados desde abajo, con disciplina revolucionaria, se olvidaron de la dialéctica, de la lucha de los contrarios, del armazón clasista de las sociedades, en fin, sufren de amnesia pura al estilo García Meza.

Hoy, los que incitan a la división en Chuquisaca tienen que recordar que la férrea unidad de los campesinos, les permitió ser consecuentes frente a aprestos de los que los golpearon el 24 de mayo de 2008; ahí los vimos fuertemente unidos porque no mellen su dignidad y jamás pensamos que un día iban a pasar la delgada línea rojapara vender a sus hermanos y causar la división en su sector.

Estamos navegando en aguas turbulentas, sobre una nave recién construida. Hay quienes queremos seguir navegando hasta encontrar tierra firme, en cambio existen marineros que día a día se encuentran socavando el fondo de esta frágil embarcación.

El proceso boliviano se acerca cada vez más a la “madre de las batallas”, ese momento en el que definimos el futuro, ese momento donde termina la transición y comienza la revolución, como dice el Che: “nos obligan a esa lucha y no queda otra que emprenderla”.


* Rafael Artigas, es comunicador e investigador boliviano.

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