noviembre 26, 2020

La Cumbre agropecuaria y los transgénicos: necesitamos sincerar el debate

Por Iván Zambrana-.


Muchos actores interesados, de una y otra trinchera, han intentado polarizar los argumentos en torno a dos alternativas: producir alimentos orgánicos o producir alimentos transgénicos.


Durante la próxima semana se desarrollará la Cumbre Agropecuaria Sembrando Bolivia, convocada por el Gobierno y con la participación de organizaciones de productores grandes, medianos y pequeños. Entre los temas que se perfilan para ser los más debatidos está el uso de semillas transgénicas en el país. Al igual que en otras tensiones socio-ecológicas irresueltas, la discusión pública sobre el tema ha estado atestada de confusiones y desinformación. En este artículo se hacen algunas aclaraciones necesarias para que la discusión en el marco de la Cumbre contribuya a lograr que, de una vez por todas, se resuelvan las necesidades productivas, económicas y sociales del país.

Antecedentes

Las semillas transgénicas, más propiamente llamadas semillas genéticamente modificadas (GM), son uno de los principales componentes de paquetes tecnológicos para la producción agroindustrial. Éstos son desarrollados en laboratorio generalmente mediante la incorporación artificial de información genética de una especie a otra, más allá de la posibilidad de que esto ocurra naturalmente. Por ejemplo, la única semilla GM legalmente presente en el país es una soya transgénica resultante de la incorporación de material genético de una bacteria del suelo, un virus de coliflor, y una variedad de petunia resistente al glifosato, un potente herbicida y principal agroquímico asociado al paquete tecnológico denominado RoundupReady®, de propiedad intelectual de la corporación Monsanto y del que forma parte también la semilla.

Si bien muchos se preocupan legítimamente por los riesgos ambientales y la salud de los cultivos GM, las consideraciones más importantes que deben ser discutidas en la Cumbre son las socioeconómicas. Es ya evidente que los cultivos GM resultantes de la aplicación de estos paquetes tecnológicos rápidamente transforman la estructura económica y productiva del rubro que penetran llevándolos hacia modelos productivos que privatizan las ganancias y socializan las perdidas. Además, las tan mentadas promesas iniciales de reducción en el uso de pesticidas y de incremento de rendimiento o ganancias han resultado ser falsas al menos en el contexto sudamericano. Por otra parte, es notable que, proporcionalmente, la demanda por productos GM está decreciendo gradualmente, mientras que la demanda por productos libres de GM está aumentando consistentemente desde hace tiempo.

Ahora bien, a pesar de que se diga lo contrario, en Bolivia existe un marco legal vigente que ni prohíbe a rajatabla el ingreso de semillas GM al país como quiere hacer pensar la agroindustria, ni da vía libre a su importación como falsamente denuncian algunas ONGs ambientalistas y pseudo-ambientalistas. Si algún agroindustrial deseara introducir una nueva semilla GM al país, existe un Reglamento sobre Bioseguridad aún vigente (DS 24676) que señala el procedimiento para hacerlo. Desde luego que esta solicitud tendría que tomar en cuenta el derecho de la Madre Tierra a la preservación de la diferenciación y la variedad de los seres que la componen, sin ser alterados genéticamente ni modificados en su estructura de manera artificial (Ley 71). Así también, para proteger nuestro patrimonio genético de especies como la papa, el maíz y la quinua, cualquier solicitud debe tomar en cuenta la imposibilidad de introducir al país paquetes tecnológicos agrícolas que involucren semillas GM de especies de las que Bolivia es centro de origen o diversidad (Ley 144). En palabras simples, desde la época neoliberal se mantiene vigente un mecanismo legal para la introducción y uso de semillas GM en el país, que si bien necesita ser actualizado debería ser suficiente para satisfacer a las necesidades de los intereses agroindustriales, si su intención fuera genuinamente la de mejorar su capacidad productiva.

Ahora bien, ¿por qué ANAPO, CAO y otros actores llevan años presionando para que el gobierno “autorice” ejecutivamente el ingreso de nuevas semillas GM al país? Aparentemente, estas organizaciones tienen dos objetivos. Primero, los agroindustriales desean eludir el procedimiento legal descrito anteriormente porque conlleva evaluaciones en gabinete, laboratorio y campo que pueden durar hasta tres años. Y segundo, hay intenciones de “regularizar” la presencia ilegal en el país de cultivos GM de maíz y algodón principalmente, porque su estatus actual impide la exportación de estos productos a ciertos mercados internacionales. Cabe recalcar que la “autorización” por decreto demandada al Gobierno por el sector agroexportador es incompatible con las normas internacionales sobre seguridad de la biotecnología moderna, que incluyen a la regulación de organismos GM.

En la Cumbre Agropecuaria: ¿Apostar por orgánicos o por transgénicos?

El presidente Evo Morales ha planteado que en la Cumbre Agropecuaria se debe discutir el rol de las semillas GM en el modelo productivo nacional. Esto, bajo la premisa que sea cual sea la decisión que se tome, asegure las necesidades del país. Este muy pertinente llamado a los distintos actores involucrados abre la oportunidad para que se pueda ordenar de una vez por todas el debate técnico y político pendiente, en la perspectiva de alcanzar soberanía alimentaria a través de la construcción del saber alimentarse para Vivir Bien, octavo pilar de la Agenda Patriótica 2025. Sin embargo, la discusión se está perfilando equivocadamente de nuevo.

Muchos actores interesados, de una y otra trinchera, han intentado polarizar los argumentos en torno a dos alternativas: producir alimentos orgánicos o producir alimentos transgénicos, lo que constituye un error crítico a la hora de buscar soluciones para las necesidades productivas y alimentarias del país. Por un lado, los productos orgánicos no son nada más que el resultado de costosas medidas para aislar de agroquímicos a ciertos monocultivos para un mercado de lujo al que no pertenecemos como consumidores la mayoría de los bolivianos. Por otra parte, los cultivos GM son presentados como el epítome de productividad y rendimiento que sacarán a Bolivia de su dependencia de la importación de alimentos; sin embargo, la historia reciente ha demostrado lo contrario.

Los cultivos orgánicos y GM son solamente dos de múltiples alternativas productivas entre las cuales el país puede escoger y combinar para lograr sus objetivos de escala plurinacional y de largo plazo. Como ejemplo, el potenciamiento de la agricultura campesina y familiar es otra opción con gran potencialidad productiva y adaptabilidad a contextos locales y que debe tomarse en cuenta en el debate. Con escaso apoyo específico, este tipo de agricultura actualmente satisface el 75% de la demanda urbana aproximadamente de acuerdo al censo agropecuario [1], mientras que comparativamente la agroindustria, por ejemplo de soya y oleaginosas, exporta más del 80% de su producción. Alternativas como ésta deben ser consideradas más allá de los mitos positivos y negativos persistentes en el imaginario colectivo.

Desmontando algunos mitos

Sin lugar a dudas, la baja productividad en Bolivia no se debe a la falta de semillas GM. Estudios anteriores han confirmado inequívocamente que la introducción de soya transgénica al país no resultó en un aumento significativo ni estabilización de la productividad por área de soya en el país [2]. Es más, datos de la FAO confirman que los rendimientos de los principales cultivos industriales convencionales y no convencionales en Bolivia están muy por debajo de los promedios regionales [3]. Algunos cálculos bastante conservadores indican que podríamos alcanzar seguridad alimentaria con soberanía únicamente levantando la productividad actual a niveles internacionales mediante un efectivo apoyo técnico, financiero y logístico a los pequeños medianos y grandes productores de acuerdo a sus necesidades.

En este sentido, la propuesta del Pacto de Unidad a la Cumbre Agropecuaria es una de las que más atención merece. Su contenido, que se enmarca en las políticas de armonía con la Madre Tierra ya establecidas, propone avanzar revolucionariamente hacia una agricultura ecológica en el sentido amplio de la palabra, en lugar de plantear modelos regresivos, románticos o proteccionistas. En esta propuesta, no se buscaría satisfacer un mercado suntuario de lo “orgánico”, sino desarrollar una producción social, económica y ecológicamente apropiada a cada sistema de vida, aprovechando intensiva y sustentablemente los recursos productivos para incrementar el rendimiento total por unidad de suelo y las ganancias de productores grandes, medianos y pequeños. Existen muchas experiencias en Latinoamérica, Asia y Europa que demuestran que este tipo de producción es lo suficientemente competitiva socioeconómicamente para alimentar a los bolivianos, e incluso permitir un aumento en las exportaciones.

Esperemos que en la Cumbre el debate se centre en lo que el país realmente necesita en este momento histórico, y que no se desarrolle solamente al son de los intereses de grandes monopolios internacionales, de oligarcas de talla media, o de minúsculas organizaciones, que viven de demandar y protestar, en lugar de proponer soluciones económicamente factibles, ecológicamente óptimas, socialmente justas y políticamente realistas.


* Iván Zambrana Flores es ex Jefe de Unidad de Biodiversidad y Recursos Genéticos, y candidato a doctorado sobre estudios del desarrollo en la Universidad de Oxford, Inglaterra.

1 http://www.laprensa.com.bo/diario/actualidad/economia/20140903/agricultura-familiar-abastece-el-75-de-la-demanda_60379_99775.html

2 Catacora-Vargas, G., P. Galeno, S, Agapito-Tenfen, D. Aranda, T. Palau, y R Nodari-Onofre. 2012. Producción de Soja en el Cono Sur de las Américas: Actualización Sobre el Uso de Tierras y Pesticidas. Cochabamba, Genøk/UFSC/REDES-AT/BASE-Is.

3 Food and Agriculture Organization of the United Nations – Statistics Division. http://faostat3.fao.org/

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