noviembre 27, 2020

Descendiendo de la Cumbre

por: Marcelo Arequipa

Leer algo de literatura no es un acto de tecnicismo, salvo para los dedicados al estudio de esto como ciencia. Si se lo hace por diversión y placer entonces será lo mismo que elegir entre un plato de comida típico y un restaurante gourmet de esos que hoy están tan de moda.

En esa medida también debería entenderse los comentarios que vienen a continuación de la reciente novela “En la Cumbre” de Diego Ayo (3600 editores), un forastero en el mundo de la literatura dirían algunos.

Para quien(es) hayan leído la novela, seguramente tendrá diversas opiniones, la mía va precedida de unas lecturas, dentro de una especie de moda de los escritores en la etapa que como región nos tocó vivir de dictadura militar; todo se inaugura mucho antes con “Tirano Banderas” del ilustre Valle-Inclán, producto de una estadía que realizó en México, país del que otro genio como Dalí diría al abandonarlo sorprendido en una de sus visitas: “No vuelvo a un sitio que sea más surrealista que mis pinturas”.

A Valle-Inclán le seguirían años más tarde, por ejemplo, “El señor Presidente” del Nobel M. Asturias; “El Yo Supremo” de Roa Bastos; “El Otoño del Patriarca” de García Márquez; “La Fiesta del Chivo” de Vargas Llosa, por citar sólo unos pocos.

Lo curioso de esta perorata de títulos es que en nuestro país, para ese periodo, no hay obra que la refleje novelísticamente; la respuesta que una vez me dio un literato entendido era que en Bolivia se explota más el cuento que la novela, no sé si sea porque es más corto leer un cuento o porque viene precedido de una infantil idea de que tiene que tener dibujos, pero es justo reconocer que hay algo escrito en clave novela sobre Belzu y Melgarejo por ejemplo, y que se detiene toda producción con el Chueco Céspedes.

Hasta ahora, momento en el que Diego Ayo nos regala este esfuerzo novelístico, cabe señalar que no tiene nada que ver con el “Yo Presidente” de otro nacional (otro día la comentamos).

Debo decir que intento leer a Ayo en sus columnas de análisis político de coyuntura y al leer la novela no puedo dejar de sentir que si hubiera alguien interesado en saber qué opina él del proceso político que nos encontramos viviendo, debe remitirse a la novela porque ahí encontrará un resumen de sus opiniones al respecto, obviamente sin los datos a los que nos tiene acostumbrado en sus columnas.

Volviendo a los gustos literarios, tengo que confesar que el estilo de escritura de Ayo no es precisamente de mi agrado aunque me queda una confusión porque en unas cuantas oportunidades hace gala de un escritor de exportación, como cuando se refiere a la metáfora de un cuadro donde hay que meterse dentro de la obra más que apreciarla simplemente. O como cuando hace algunas descripciones sociales y entonces sale el profesor de Cs. Políticas, por ejemplo, cuando alude a que las relaciones de familia son importantes para triunfar en política, pero no la familia en primer grado sino aquella extendida que contiene a padrinos, compadres y demás.

Cuando se leen los diálogos le sale desde lo más adentro un gran seguidor de ese Cárdenas de “Periférica Blvd”, porque estos están plagados de modismos muy paceños y unos cuantos orientales, quizá el factor más importante que identifico como uno de los mayores defectos de la obra –reitero movido por gusto literario–. Eso imposibilita a cualquier lector de fuera que quiera leer a Ayo porque hay mucho insulto, por ejemplo, que tiene distinto significado según qué contexto.

Finalmente, hay que aplaudir y leer ciertamente esta obra, más allá de que no estemos de acuerdo con sus puntos de vista, porque lo que hace es recordarnos que hay una veta importante de trabajo; con mayor razón hay que leer a alguien si lo considera Vd., amable lector, un rival en el mundo de la política porque es la única forma de debatir seriamente. Si nada de esto le sirve o a momentos le parece predecible el desenlace de la obra puede divertirse haciendo las estadísticas que tanto le gusta mostrar a Ayo siempre. Por ejemplo, yo tengo la mía, desde el capítulo 7 comencé a contar las palabras consideradas groseras, hasta el final, y me salió nada más ni nada menos que 321 groserías que dividiéndolas por el número de 377 páginas da como resultado de 1,1 groserías por página; quizá si contáramos desde el inicio tendría más o menos este resultado. En todo caso ¿Vd. se atreverá a leerla o seguirá engrosando esa otra estadística que afirma que en Bolivia sólo el 5% de la población tiene el hábito de la lectura?


* Politólogo.

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