noviembre 27, 2020

Viejos actores nuevos escenarios

Una rápida mirada acerca de la emergencia de grupos de presión para oponerse a la modificación de la Constitución, nos ha demostrado sus características que no son otras que un reciclado del viejo rencor colonial por los “indios”, puesta en clave política que demanda “democracia”.

Explicar el primer aspecto es recorrer la historia misma de nuestro origen, descubrir la matriz colonial sobre la cual se fundó un Estado defensor de los intereses de las oligarquías regionales ancladas en la acumulación histórica, enraizada en el sistema de explotación colonial.

De esa vieja matriz nace el imaginario anti-indígena, negador de la identidad territorial y cultural, impulsado conjuntamente con el desarrollo capitalista y su relato de la modernidad.

Las oligarquías son muy astutas, se volvieron independentistas en 1825 y al año siguiente estaban instaladas como diputados para definir la Constitución de la nueva república. En cada intento de cambiar el rumbo del país ordenaban fusilamientos o permitían a pintorescos personajes el manejo de sus intereses desde el Palacio Quemado; otras veces tomaban directamente la silla presidencial para gestionar sus negocios particulares y presentarlos como los de toda la patria.

En la actualidad estamos nuevamente en esa vieja disputa, y lo estuvimos durante una Asamblea Constituyente cuyo resultado fue un empate temporal. La oligarquía piensa que ha llegado el momento de volver a manejar el Estado, han invertido tiempo y dinero en quebrar voluntades, comprar voceros, y, como siempre, personeros de la Iglesia les acompañan no sólo con oraciones sino con acciones.

Los resultados de una reciente consulta respecto a los Estatutos Autonómicos los ha envalentonado, y se encuentran dispuestos a dar batalla, son pues, otra vez tiempos de definiciones.

Se dice que las utopías son para avanzar y vaya que hemos avanzado, tenemos control sobre nuestra riqueza petrolera y gasífera, hemos recuperado las telecomunicaciones, gozamos de altos niveles de permanencia escolar; el país se encuentra como nunca vertebrado con carreteras –en su eje troncal todas asfaltadas–, las comunidades ya no tienen sus asambleas en lugares ruinosos o al aire libre pues cuentan con sedes, existen cientos de campos deportivos en el área rural –necesarios para un sistema de vida comunitario–.

¿Nos falta mucho por hacer? Por supuesto, el Vivir Bien es esa utopía que nos obliga a caminar, no puede existir una práctica plena del Vivir Bien si tenemos aún conductas coloniales que sueñan con la restauración del Estado como coto privado.

No estamos enfrentados a un ejercicio democrático y un supuesto principio de “alternancia”, libramos una nueva batalla histórica entre la colonialidad y la identidad. Nos volvemos a enfrentar los que buscan un país de “blanquitos y que hablan inglés” y los que pertenecen a un pueblo que ha recuperado la memoria y su destino.

No faltan quienes se deslumbran con los espejitos de colores que les ofrecen las oligarquías regionales, también los que se han “blanqueado”, asumiendo la figura de patrón.

La debilidad humana, en permanente desafío, hoy tiene otra prueba: continuamos construyendo un país distinto o volvemos a ser un simple traspatio colonial.


* Escritor e historiador potosino.

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