noviembre 24, 2020

Yo no fui, fue Tete

por: Carla María Ariñez Sanjines

Desde pequeños aprendemos a “lavarnos la manos” ante ciertas situaciones. Realmente no sé si aprendemos o es simplemente una reacción natural de autodefensa, pero el caso es que todos lo hacemos. Se rompió el florero y yo no fui, fue mi hermano/a. En clases el que faltó es el que hizo la travesura el día anterior y, además, obligó al resto a que lo siguieran; así, en los momentos que podemos o nos vemos entre la espada y la pared, tratamos de encontrar ese chivo expiatorio que nos sacará de aprietos.

La idea del chivo expiatorio surge en una localidad de lo que ahora es Israel, donde se sacrificaba a un chivo a través de un ritual religioso para purificar el alma de las culpas por medio del sacrificio. Por suerte hoy en día no matamos directamente un animal ni necesitamos hacer grandes sacrificios para dar con el chivo expiatorio.

La pregunta que viene a continuación sería, ¿cómo damos con ese chivo expiatorio o con ese “culpable” que nos quita la soga del cuello? Como siempre, es más fácil culpar al que no está. Si fuiste el primero en irte de la fiesta, puedes estar seguro que todos los destrozos te serán atribuidos, mejorados y corregidos. Inconscientemente se llega a un consenso sin decir ni media palabra y todos están de acuerdo con que el ausente es el culpable. Total ya no puede defenderse.

Ahora llevemos esta idea a una escala global, a la era de la información, donde la opinión de cada persona ya no es algo individual sino algo guiado por las masas. Cuando murió Michael Jackson el Internet colapsó, Google, no pudo dar abasto con tanta gente buscando ¨Michael Jackson¨. En Amazon se agotaron todos los productos del cantante en cuestión de minutos. El movimiento global fue increíble. Yo me pregunto, ¿es que realmente toda esa gente estaba tan destrozada por el fallecimiento del cantante o simplemente querían ser parte de la ola?

Volvamos con la idea del chivo expiatorio. Pensemos por un momento en el incidente en la revista Charlie Hebdo en París. BOOM, de pronto la red se llenó de mensajes como “Je suis Charlie”, ya se había encontrado a los malos, a los que se apuntaba con el dedo, esos culpables eran los terroristas que atentaban contra la libertad de expresión, guiados por fanatismo islamista. Minutos más tarde BOOM la red se llena de mensajes de “Je ne suis pas Charlie”, la contraparte, aquellos que están en contra de la ola de odio y xenofobia, especialmente ante islamistas, que se generara a través del uso del atentado.

Mucha gente pasó de una imagen a la otra sin ni siquiera pensarlo, ¿qué pasó? Era la misma situación, pero de pronto el mundo apuntó hacia un lado y luego hacia el otro sin ni siquiera parpadear. En las redes sociales se puede demonizar a una persona en cuestión de minutos. Si se cuenta con la llegada necesaria y el mensaje correcto, el encontrar al chivo expiatorio se logra en cuestión de minutos. Muchas veces sin ni siquiera haberlo estado buscando.

Viendo esto, ¿es realmente justo apuntar con el dedo a los chivos expiatorios elegidos al azar o simplemente por mayor influencia mediática? ¿Somos conscientes del daño que se ocasiona a la persona que se ha elegido? Es muy fácil apuntar con el dedo, pensar que lo que hizo la otra persona está mal y todos entrar en la cacería de brujas donde en vez de quemarlas nos dedicamos a postear con todo tipo de juicios de valor.

Una de las mejores lecciones que me dio mi mamá en la vida fue “usa tu cerebro”, y es que creo que en la era de la información muchas veces nos olvidamos precisamente de eso, de pensar. Simplemente actuamos por cómo nos guían las masas, hacía dónde se apunta y seguimos con el viejo, “yo no fui, fue tete, pégale pégale que ella fue”.


1 Socióloga, Master en Economía y Desarrollo del ISS-Holanda.

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