noviembre 24, 2020

Sobre la utopía europea

por: Franco Sampietro

Aunque suene dudoso por las múltiples crisis reinantes (económica, social y también moral), Europa es hoy más que nunca una utopía. Lo es, antes que nada, para los países pobres, que lo ven como una tabla de salvación laboral, pero al mismo tiempo para sus elites, que confunden la tradición filosófica y artística del Viejo Mundo con la realidad histórica actual. Lo es también para Estados Unidos, que ve en ella una referencia conceptual y cultural. Y lo es además para ciertas naciones periféricas de la misma Europa, que se proyectan vanamente en una síntesis irreal, refutada cruelmente en la práctica por tantas contradicciones obvias. Lo es, básicamente, por el caos reinante allende sus fronteras en la mayoría del territorio del planeta, y en muchas partes gracias al concurso de la misma Europa civilizada que erróneamente se tiende a idealizar.

Y sin embargo, podemos ya preguntarnos si la idea misma de Europa no está superada; si, como utopía, no ha perdido hace rato su razón de ser.

En efecto: el fundamente del proyecto europeísta era que, para oponerse a intereses poderosos, Europa debía unificarse en nombre de una tradición común, haciendo prevalecer, ante la barbarie rampante, ciertos valores humanistas que serían la quintaescencia de Occidente. Pero es como si el tiro hubiera salido por la culata, ya que la unificación de Europa es expresada más que nada en términos de voluntad de poder y de competencia mercantil y tecnológica –cuando no de conquista–, y que la barbarie misma que, en teoría, se quería neutralizar se hubiera vuelto en cambio el modelo de sus aspiraciones. Incluso uno de los motivos más resaltados: luchar contra el nacionalismo de algunos de los miembros que la constituyen, se convirtió al fin en uno de sus rasgos más característicos.

De hecho, el fascismo más ordinario se percibe de modo natural en el discurso de la mayoría de los dirigentes de la Comunidad Europea (así como de la gente de a pie), muchos de los cuales han luchado contra el fascismo en su juventud. Y en cuanto sistema económico, en la casi totalidad del planeta (incluidos los gobiernos que se dicen a sí mismos de izquierda), se nos sirve por la fuerza ese guiso recalentado, el neoliberalismo, que visto con amplitud sólo a un gángster se le ocurriría aplicar al pie de la letra.

Esto nos lleva a preguntarnos qué diablos es lo que queda de la famosa tradición occidental de Europa y si, como concepción de la historia, no es una superstición caduca, o en el mejor de los casos, un residuo reductor destinado a nivelar la diversidad mediante un sistema de apropiaciones y de exclusiones igualmente arbitrarias. De su producto más alto: la razón, en la que se confiaba para la instauración del reino de la libertad, bien podemos concluir que se ha convertido en el principal instrumento de servidumbre. De sus valores, lo que predomina y se enseña de frente –con la letra y el ejemplo– a las nuevas generaciones es el egoísmo, el individualismo extremo, el desprecio hacia los otros, la competencia paranoica y el consumismo sin fin.

De modo que podríamos calificar a esa teórica cultura y sociedad europeas como algo más bien negativo: como una fuerza adversa contra la que es preciso luchar, como un desierto insensible y desprovisto de grandeza, y en algunos casos, como el mal absoluto. Es decir: lo que remita en la práctica a los valores que la Europa contemporánea niega, sería, paradójicamente, lo que más reflejaría los valores que Europa dice (o decía) ser. En suma, lo europeo sería aquello que replantee radicalmente esa tradición, la ponga en entredicho, y al fin, la anule. Finalmente, lo europeo sería, así, nada más que un accidente geográfico –y no un hecho cultural– y lo que podríamos considerar lo mejor de esta Europa miserable, usurera y cínica (donde el conocimiento, la tradición y los medios se ponen al servicio de un fin pequeñoburgués), no sería más que una excepción. Algo sólo por azar europeo.


* Escritor.

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