diciembre 4, 2020

Octubre

por: Carlos Macusaya 

Los meses del año tienen una carga simbólica que les confiere cierto sentido. Diciembre es el mes de la navidad; agosto, el mes de la pachamama, y octubre, el mes en que se recuerda la colonización. Octubre está marcado y se hacen rememoraciones, casi tormentosas, de lo que pasó “desde que llegaron los españoles”. Todo esto queda enredado en una actitud que no rebasa las limitaciones de lo reactivo.

Se ha hecho normal que muchos griten a los cuatro vientos los actos de barbarie que se dieron en nombre de la civilización a partir del 12 de octubre de 1492. Abundan los discursos que denuncian los crímenes que se cometieron contra poblaciones llamadas hoy “indígenas”. Pero todo esto forma un conjunto de ruidos estridentes que no pasan de la mera denuncia.

Octubre, y en especial su día 12, ha sido convertido en un tiempo de autoflagelación conciencial, un tiempo en el que parecemos estar más dispuestos a mortificarnos espiritualmente. En esta disposición entra en juego, de modo determinante, una forma básica y esquemática de representar un proceso que nos ha marcado.

Mientras deambulamos en estas dinámicas, el problema que se alude tan insistentemente queda como intacto, pues en el juego de victimización que se despliega el victimario simbólico es reconocido como garantía, y por tanto recibe autoridad, de nuestra queja. Es la fatalidad de la victimización: se denuncia algo que se espera otro encare o arregle.

Pero, además, no sólo se trata de una pasividad con apariencia de rebeldía, sino de una situación que empantana los forcejeos por ir más allá en simples denuncias. Lo que aparenta ser una contestación contra lo que se ha hecho desde la colonización termina siendo una forma de evitar trasformar realmente nuestra condición histórica.

Así, los actos que se dan en distintos lugares, buscando concientizar las personas sobre los crimines de la dominación europea, llegan a ser espectáculos en los que algunos culpabilizados buscan calmar su conciencia. Sin embargo, de nada sirve recordar testarudamente que hace 500 años nos conquistaron o cosas así. Todo esto queda en buenas e ingenuas intenciones, y nada más.

En las actuales circunstancias lo más peligroso que podemos hacer no es gritar las maldades de la colonia o el barbarismo de los europeos. Lo más peligroso en este tiempo es serenar la cabeza y problematizarnos con aquello que gritamos y denunciamos. No es que los gritos y denuncias no tengan sentido, sino que el problema está en que no podremos avanzar a punta de denuncias y gritos.

Estamos en un tiempo en el que lo que hace falta no son ni actos, ni denuncias, ni alzar la voz; estos aspectos abundan. Lo que hace falta es clarificar nuestra situación actual y nuestro papel en este proceso. Dos muchachos que discuten seriamente sobre la colonización son más peligrosos que un montón de personas que la denuncian.


* Miembro del Movimiento Indianista Katarista (MINKA).

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