por: Vidaluz Meneses
I
Muda de asombro y desconcierto
ante el nuevo paisaje
me asomo a la puerta en Metairie y la calle es larga y silenciosa.
Por la noche lúgubres gemidos emergen de la oscuridad
y puedo decir con Poe: es el viento y nada más.
La voz de la sangre me trajo a estas latitudes
y el salmo resuena en lo más profundo de mi ser
¿Cómo cantar en tierra extraña las maravillosas canciones de mi lar?
II
Nuestro país dice presente en la mesa:
Queso asado de León, gallo pinto,
tortillas de maíz nizquesado
que las hace más auténticas
pese a la torpeza de mis manos al palmearlas.
La raíz náhuatl salta en la bola de queso de Oaxaca
que tomo de la tienda latina del vecindario
donde venden pupusas salvadoreñas.
Domingo de nacatamales repartidos en su camioneta
por doña Rosibel Miranda, desde el vecino Kenner.
Más allá de la Avenida de los Veteranos
los ilegales forman enjambres,
conversan y se despiden sonrientes
cuando el transeúnte les contrata
y así resuelven el día.
III
En la Iglesia de San Clemente
cantamos leyendo en las paredes
las estrofas en inglés
y oramos contra la guerra,
la violencia, el racismo,
mientras manos morenas, negras y blancas
nos enlazamos y pedimos
por los migrantes,
por nuestros muertos
en cementerios aledaños,
en campos de batalla
o más allá de las fronteras.
Cantamos, que es una forma de llorar
con armonía en el alma.
Enero de 2015.
* Tomado de Revista Casa de las Américas, Nº 279.

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