por: Gustavo Pereira
Hay en Moscú sobre la helada
un arte de nacer
Nacen las noches de sí mismas El río de su cauce congelado
De una mano enguantada y casi en vano
la despedida
de quien amó
nace como una bruma
(Quien despide no sabe qué retiene
de aquello que dejó
Toda partida es un ardid sublime)
La muchacha que aborda el subterráneo nutre bajo el abrigo la ternura
que en otro reinará
El vendedor de diarios no insta a nadie
–no importa lo que digan las noticias–
a tapiarse del mundo
Dos amantes ocultos en la sombra desconocen
cuánto se pertenecen desde antaño
El hilo de las luces que se alejan se ciñe al horizonte
de la vida que pasa
y Moscú nace otra vez en un copo de nieve sobre un coche empujado
por una joven madre.
* Tomado de revista Casa No. 250.

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