diciembre 5, 2020

Winter is coming

por: Guillermo Paniagua

Como si de un manual de estrategia militar se tratase, primero desplegaron a sus dragones en el sureste de nuestro país, en aquellas hermosas tierras convertidas por el Reino de España, hace ya 65 años, en escenario consagrado para escupitajos mortíferos. Las Bardenas ya conquistadas, podían pasar a la segunda fase del plan: un desembarco en el frente septentrional cantábrico en el cual unas operaciones encubiertas dignas del secretismo de la negociación de un tratado de libre comercio lograrían avanzar por nuestra costa, arrasando con lo que fuere, hasta hacerse con el enclave estratégico de Gaztelugatxe. Por si quedaba alguna duda, Winter is coming en las tierras de los vascones.

Claro está que el temporal que desata Juego de Tronos no es cosa nueva, ni en Euskal Herria ni en ningún paraje de nuestro pequeño globo terráqueo. Desde su estreno, allá por el año 2011, esta serie se ha convertido en un fenómeno social sin parangón en la historia de la ficción seriada combinando una descomunal producción y éxito comercial con una atrevida apuesta narrativa y visual. Así es como esta adaptación de la novela de George R.R. Martin puede alardear de ser la serie mas pirateada de la historia, de ser objeto de las elucubraciones políticas más sesudas y hasta de prestarse a posible regalo para reyezuelos con ascendencia fratricida y futuro tambaleante.

Está claro, por lo tanto, que Juego de Tronos presenta numerosas facetas que le permiten entrar en fase con intereses e inquietudes de las más variopintas. Por un lado, estamos hablando de un amplio fresco medievalesco salpicado de elementos fantasiosos donde diferentes familias y linajes guerrean para hacerse con el trono de un reino atravesado por una crisis estructural. Mediante un relato coral y complejas tramas a través de las cuales los personajes van evolucionando a golpe de hachas y traiciones, Juego de Tronos nos introduce en un mundo cínico de intrigas palaciegas, de cruentas batallas campales, donde la sutileza de los diálogos y la puesta en escena minuciosamente teatralizada- al mejor estilo tragedia clásica con toques shakesperianos- van de la mano de deslumbrantes escenas de acción cuya épica y estética gore nos remiten a la Escocia rebelde de un Braveheart.

Pero más allá del rico y valiente abanico de personajes transgresores- esclavos empoderados, lesbianas guerreras, niñas espadachines mercenarias y reinas incestuosas a toda honra- o del recorrido que le reserva a los bienintencionados héroes de siempre- ¡ni dos teleberris!-; más allá de las sofisticadas interacciones más o menos dialogantes en las que les hace crecer o de la cruda radiografía del poder político que los atraviesa, lo que hace de Juego de Tronos una buena serie es su capacidad de hacer converger estas tramas y personajes en la construcción de un universo paralelo tan inesperado como coherente en el que cada recoveco de su amplio territorio ofrece su propia tensión dramática.

Gélidas ciudadelas, templos y bibliotecas donde bien podríamos encontrar personajes de Umberto Eco hurgando en los misterios del poder oculto de los signos y de la alquimia; exuberantes ciudades y palacetes babilónicos ensimismados en sus faenas diarias; árboles ancestrales en los que anidan visionarios transgeneracionales; muros, desiertos y mares infinitos que pretenden ingenuamente separar mundos condenados a encontrarse, todo ello con un esmerado trato fotográfico y cromático, específico a cada uno, son algunas muestras impresionistas de la deslumbrante topografía dramática de esta serie.

Una serie, por lo tanto, que como el invierno ha venido para quedarse. Una ficción que ya ha marcado a una generación como lo hiciera a finales de los 70 otro gran relato icónico, el de Star Wars (1977), escaparate de mundos improbables, guerras imperialistas y tramas familiares freudianas, pero, si me lo permiten, en el caso de Juego de Tronos con el crudo añadido realista postapocalíptico de un Mad Max (1979). Más allá de la pertinencia de las similitudes en cuanto a forma y contenido de estas tres obras, lo que no se puede obviar y que nos invita a la reflexión es que tanto las traídas a colación como la que aquí nos interesa enmarcan su éxito en épocas sociales, económicas y políticas de profunda crisis estructural. Crisis del petróleo y de la Guerra Fría, crisis financiera y de la hegemonía estadounidense, dos capítulos de una misma serie, la de la aberración capitalista cuya última y definitiva temporada esperemos esté ya al caer. Pero eso, como deja bien patente esta serie, depende de nosotras. Así que ¡cría huargos! y pronto celebraremos el akelarre final al son de neguajoan da eta.

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