octubre 3, 2022

El cuarto

por: Jorge Timossi

Este cuarto es muy particular: tiene ocho mínimas paredes y ocho grandes ventanales. Obvio que es octogonal, en una torre de un castillo que no es del medioevo. La luz del día hiere todo el cuarto, lo inunda, los ventanales no tienen cortinas y todavía esto se complica más porque las aguas de la bahía –las de Guanabara, La Habana o Saint Georges– brillan cegadoras e iluminan hasta el más oscuro rincón de este mundo. Por momentos el cuarto se mueve, es un barco, un remolcador, que conduzco con mano firme sin necesidad de un timón. Me despierto con las manos tapándome los ojos, marinero insomne, solo tripulante de este cuarto luminiscente, ilimitable, octógono flotante en el concierto de mi cama, de mi vida. Las noches de luna llena enfrían, electrizan el cuarto, pero permiten soñar con toda comodidad y hasta pensar que nada se mueve ni se detiene y que el silencio es algo corpóreo, concreto, como en ciertos pasajes de los últimos cuartetos de cuerdas de Beethoven. Cuando alquilé esa habitación lo hice con alegría, pero con ingenuidad, no preví lo suficiente, entre otras cosas que de ella no se podía salir ni entrar. Demoré en darme cuenta que esto siempre ocurre con los octógonos.


* Tomado de revista Casa no. 246.

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