por: Carlos Germán Belli
Diariamente camino siempre
por la faz del sublunar mundo
para preservar la salud,
y de preferencia en un parque
donde plantas y animales
viven codo con codo en paz;
y por allí feliz discurso
sin reparar que a unos seres,
justo como yo en la plena vida,
involuntariamente piso.
Y a la verdad qué bien estoy,
aunque rápido asesinándolos
a quienes acá abajo yacen
a rastras entre suelo y cielo
sin poder esquivar la muerte
que les llega así de improviso
cuando alguien viene en dos zancadas
y con la suela del zapato
sin más ni más así deshace
cada mínimo hijo de Dios.
He aquí la multitud de hormigas
que dan el suspiro postrero
a causa de las mil pisadas
del caminante cotidiano
en homicida convertido,
no queriéndolo, no, sin duda;
mas tales son las circunstancias
en que un gigante humano mata
al animalillo invisible
e inerme ante el andar ajeno.
Es el más inexplicable hecho,
y por añadidura absurdo,
que alguien por preservarse a fondo
–¡tal como yo cada mañana!–
de un tajo la vida le siegue
a aquel que nunca daña a nadie
ni a los imperceptibles seres;
que el firmamento entonces caiga
igual que un castillo de naipes,
sobre mí un mal día. Así sea.
* Tomado de revista Casa no. 247.

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