enero 7, 2022

Micaela Bastidas

Nacida hacia el 23 de junio de 1744, y aunque todavía no queda del todo claro donde, la mayor parte de los investigadores la dan por nacida en Pampamarca, actual provincia de Canas, en Cuzco, Perú. Era hija de Manuel Bastidas, descendiente de africanos, y de Josefa Puyucawa, indígena originaria.

Desde pequeña recibió educación elemental en letras y artes, como era la usanza de la época para las mujeres, pero su matrimonio con el curaca José Gabriel Condorcanqui dio un giro inesperado a su vida.

En 1780, agotadas las vías de diálogo con los representantes de la corona española, José Gabriel Condorcanqui inicia un movimiento en contra de la dominación española. Es apoyado por curacas ligados a hacendados de Cuzco unidos en contra de la nueva aduana, criollos, indios y mestizos. En ese momento adopta el nombre de Túpac Amaru II, en honor de su antepasado el último Inca de Vilcabamba.

El 4 de noviembre de 1780 dio el primer grito de libertad y difundió una proclama independentista, tomando como prisionero al corregidor Antonio de Arriaga e instalando su cuartel general en Tungasuca.

Desde el primer momento Micaela se convirtió en su principal consejera llegando a formar parte del famoso “consejo de los cinco” y participando en el juicio sumario en contra de Arriaga, donde se acordó el ajusticiamiento del Corregidor como medida preventiva.

En la batalla de Sangrará mostró una vez más su entereza cívica y revolucionaria al lado de su esposo. No se amedrentó al ser excomulgada junto con Túpac Amaru II por la destrucción de la Iglesia de Sangrará. Generala, intuitiva, organizadora, conductora. Era mujer que guiaba al gran Inca, que lo alentaba, y a veces lo recriminaba; la madre de extraordinaria de sus hijos.

Una verdadera legión de luchadoras andinas, quechuas y aymaras, trabajaron junto a ella en el levantamiento, realizaron estrategias y dieron apoyo a las tropas. Para ellas se trataba no sólo de liberar a su pueblo de la explotación española, sino también de restablecer el rol de la mujer indígena con participación en la vida social y política, tradición que el sistema colonial intentó abolir convirtiéndolas en víctimas de todo tipo de abusos.

Clements Markham, escritor y geógrafo inglés, en su libro “Historia del Perú“ narró la terrible ejecución de esta heroína peruana en la plaza Mayor o Waqaypata, cuando apenas tenía 37 años de edad: “se colocó a Micaela, la querida e idolatrada esposa del Inca, sobre el mismo patíbulo, se le cortó la lengua y en presencia de su torturado esposo, se le colocó el tornillo al cuello, con lo que sufrió horriblemente, por tener el pescuezo demasiado pequeño y el tornillo no ajustar bien; viendo que de este modo no podían acabar de matarla, le echaron un lazo al cuello y jalaban fuertemente de él, dándole horribles puntapiés en el pecho y en el estómago, de este modo pusieron fin a sus sufrimientos”.

La Época.-

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