“Puedo permitir que mi hija se case hasta con un negro, pero nunca con una mujer” fue el lapidario comentario de un ciudadano en el debate abierto en un programa radial a propósito de la Ley de Identidad de Género recientemente aprobada por el Parlamento. Esta afirmación resume con precisión los prejuicios homofóbicos y racistas que circulan libremente en nuestra sociedad, que afloraron nuevamente gatillados por la promulgación de la Ley, y es la prueba de cuan entrelazados están los fenómenos de la homofobia, el racismo y la opresión femenina.
Lamentablemente la Iglesia Católica, en lugar de ponerse del lado de los débiles, una vez más se ha dado a la tarea de liderar los prejuicios sociales más profundos y arcaicos de la sociedad. La Ley le ha dado la excusa para traer nuevamente a colación el viejo lema de Dios, patria y familia, que numerosas veces en la historia fue utilizado por líderes fascistas para justificar sus crímenes, pero agregando un componente más: “el de las razones biológicas”. Lo que justamente emparenta la opresión racial, la homofobia y la opresión de las mujeres es el justificativo biológico, es decir, la biologización de la identidad que utiliza la anatomía como fundamento de una supuesta condición mental, psicológica o social.
Lo que los grupos conservadores no logran entender en su ignorancia, es algo que el movimiento feminista demostró hace tiempo: que género y cuerpo biológico son dos cosas diferentes. Una realidad es el cuerpo biológico y otra muy diferente la construcción identitaria sobre ese cuerpo. La primera es un dato biológico, la segunda una realidad construida cultural y socialmente, pero no existe una relación de necesidad entre ambos. Lo que revolucionó el pensamiento feminista fue el haber demostrado que la feminidad y la masculinidad no se hallan exclusivamente atados a la egida de la anatomía, de ahí la importancia de la introducción de la noción de género, cuyo origen es independiente de los sexos.
Los argumentos utilizados por la Iglesia Católica y los grupos conservadores en contra de la Ley, ignoran olímpicamente esa gran revolución del pensamiento feminista que tanto ha contribuido para desmontar las diferentes cadenas de opresión sobre las mujeres, y lo que buscan es reintroducir una ideología naturalista y biologicista que corporeiza las realidades psíquicas e identitarias retrotrayéndonos a un debate del siglo XIX que ata el destino de las personas a una fatalidad biológica.
Unos dicen que va contra Dios, otros que va contra la patria, otros que va contra la moral, otros, los más burdos, que es una excusa para escapar del servicio militar. Todos esos argumentos merecen la más profunda condena, repudio e indignación. Ni Dios, ni la familia, ni la moral, ni menos el servicio militar están en peligro. Todo lo contrario, esta Ley nos convierte en una sociedad más digna, más justa, más democrática y sobre todo más humana.
Desde nuestro punto de vista su promulgación es un gran avance, más aun en una sociedad tan conservadora y atravesada por prejuicios homofóbicos y racistas como la nuestra. Pero la tarea que nos resta por delante es usarla para empezar a desmontar los fundamentos culturales de esta forma de opresión y establecer las interconexiones con el patriarcado y el colonialismo. Las tareas no terminan con la Ley, recién empiezan con ella.
* Socióloga.

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