La noche del pasado jueves los periodistas y conductores del programa de Abya Yala, “Ojo con los medios”, Andrés Sal.lari y Mariano Vázquez, me comunicaron telefónicamente para “al aire” preguntarme cómo enseñan los sucesos de la Guerra del Pacífico en Chile, y cómo perciben los chilenos la demanda marítima boliviana.
Lo primero que atiné a responder es que si bien no me creo con el derecho de hablar en voz de “los chilenos” sí puedo trasmitir una profunda convicción personal: 1. Mis compatriotas desconocen cuál era la extensión territorial de Chile al momento de jurar el Acta de Independencia el 12 de febrero de 1818; 2. Que el padre de la Patria y primer Director Supremo de Chile, Bernardo O’Higgins, entre otras disposiciones, reconoció y respetó la territorialidad del pueblo nación Mapuche; y 3. Que tras el cese de la Guerra Contra la Confederación Perú-Boliviana (1837-1839) Chile no se anexó territorio alguno de sus vecinos, conservando su límite norte en el Valle de Copiapó.
Igualmente se suele velar que fue Chile quien invadió a Bolivia –sin declaración de guerra y en una especie de “guerra preventiva”– el 14 de febrero de 1879. Pero, ¿cuáles son las causas que nos enseñan en Chile originaron la guerra? Primero, la existencia de un pacto secreto entre Perú y Bolivia que ponía potencialmente en riesgo nuestra seguridad; segundo, que el gobierno de Hilarión Daza, irrespetando un tratado comercial suscrito en 1874 habría unilateralmente aumentado las cargas impositivas para las empresas chilenas explotadoras de salitre en territorio boliviano; aún más, tras la negativa chilena de pagar los nuevos montos arbitrariamente el gobierno altiplánico habría embargado y rematado las empresas chilenas, con lo que a La Moneda no le quedó más motivo que intervenir con fuerza en Antofagasta.
La construcción del Estado-Nación de Chile se consolidó vertiginosamente, como ningún otro en la región, durante el siglo XIX. Los mitos fundadores se dieron a través de dos mártires: Diego Portales, poderoso comerciante e influyente político conservador que sentó las bases de la “institucionalidad” nacional –tras dirigir el exterminio de los políticos liberales criollos– y azuzó la guerra contra la Confederación con el objetivo de favorecer a la burguesía comercial portuaria de Valparaíso y golpear el Callao peruano, y que fue, finalmente, ultimado por las propias tropas de soldados chilenos que se resistían a guerrear con sus vecinos en 1837. El segundo mártir es Arturo Prat Chacón, valeroso almirante de la marina, abogado, espiritista y masón, ingenioso estratega que se inmoló en la rada de Iquique al enfrentar en desigual combate a la escuadra del Perú el 21 de mayo de 1879.
Las crónicas que narran los sucesos de la Guerra del Pacífico a partir de la muerte en combate de Prat son estremecedoras: decenas de cientos de chilenos, de todas las latitudes, voluntariamente se “enrolaban” en el Ejército para “defender la Patria”. Recién medio siglo después de la guerra el historiador Hernán Ramírez Necochea profundizaría en el rol del injerencismo británico en: “La historia del imperialismo en Chile”. Sin embargo, el mito fundador sobrevivió y aunque no se estudien en detalle las causas y el desarrollo de la guerra, como tampoco los tratados posteriores, la figura del “héroe/mártir” de Arturo Prat penetraron en el alma de los chilenos que ven hasta hoy ese enfrentamiento como “una guerra justa”.
Instintivamente los sectores populares chilenos tienden a olfatear que más allá de la valentía de Prat algo no termina de encajar en esta historia. Que los militares, tantas veces verdugos de los propios humildes en Chile pudieron haberse comportado de la misma manera con los vecinos.
El 13 de mayo de este año, en medio de un conflicto entre pescadores artesanales, estibadores portuarios y empresarios privados dueños de los puertos, los trabajadores chilenos desplegaron una gigantesca bandera boliviana en la caleta Portales de Valparaíso. ¿Se da cuenta Ud. que aquel “olfatillo” tiende a la amistad y no enemistad con el vecino?
Sólo la diplomacia de pueblo a pueblo podrá resolver las diferencias históricas entre Chile y Bolivia; pero no basta con la “intuición” de las poblaciones de ambos países, se requiere un honesto, profundo e integral intercambio cultural –¿a través de juventudes?– para que aprendamos a reconocernos, despojándonos de una vez de las narrativas con que los historiadorcitos de la burguesía nos mintieron tanto y durante tanto tiempo.

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