por: Loreta Telleria Escobar
Las Fuerzas Armadas en Bolivia se han caracterizado a través de la historia por personificar una oscilación ideológica entre, por un lado el nacionalismo y la defensa de la soberanía; y por otro, el entreguismo servil a los intereses norteamericanos. Salvo los interregnos del militarismo nacionalista de Busch, Villarroel, Ovando y Torres, todos los demás gobiernos militares han fraguado la dependencia de Bolivia y el saqueo de sus recursos naturales.
La propia Revolución Nacional de 1952 revela el fracaso de la creación de las “Fuerzas Armadas de la Revolución Nacional”. Ante la reorganización de un Ejército que veía a las milicias como una amenaza, los gobiernos de Estados Unidos construyeron una institución militar a su medida. El mismo Sergio Almaraz reconoce esta infamia histórica:
“Contra una revolución débil surgieron los generales fuertes y el gobierno, abreviando su existencia, hubo de depender cada vez más de ellos. La derrota era doble: que la revolución hubiera de depender de los militares ya era el signo de la capitulación, pero que éstos en doce años no hubieran cambiado de mentalidad, dice del fracaso ideológico de un proceso de influencias totalmente disparejas” (Almaraz, 1988: 27).
Dictaduras y seudodemocracias
El largo periodo de dictaduras militares en Bolivia, que va desde 1964 hasta 1982, recapitula esta triste historia de dependencia militar norteamericana. La Doctrina de Seguridad Nacional mostró en el país y en la región lo más cruel de la lucha anticomunista y hasta donde era capaz de llegar el Imperio por conseguir el control y dominio territorial del continente.
A este tortuoso proceso dictatorial le siguió la democracia con tinte neoliberal. En este periodo, tal como establecía el libreto norteamericano, los militares cambiaron de amenaza. La lucha contra el narcotráfico definió la estructura y funciones de las Fuerzas Armadas en Bolivia, con consecuencias nocivas para la estabilidad política y la propia democracia que decían defender. Desde el diseño de planes, hasta el desarrollo de mecanismos de adoctrinamiento, formación y cooperación técnica y logística, la institución militar respondía económica y funcionalmente a intereses foráneos.
Con esta historia, no es anómalo o paradójico que los cables de Wikileaks, rebelen la relación umbilical entre altos mandos militares y funcionarios de la Embajada de Estados Unidos. Sin embargo, hasta donde fueron capaces de llegar en los primeros dos años del gobierno de Evo Morales, con todo lo que éste significaba en materia de recuperación de soberanía y dignidad, es por decirlo menos, escandaloso.
Wikileaks y el proceso de cambio
Santiago O’Donell en su libro PolitiLeaks afirmaba que: “A medida que desfilan los distintos personajes por la embajada, los dos lados del mostrador van revelando sus pequeñas y grandes miserias, a qué juegan y dónde quieren llegar” (2014:9). En el caso boliviano, los 1.299 cables públicos rebelados por Julian Assange, muestran el desfile de políticos, funcionarios públicos, periodistas, cuerpo diplomático, empresarios y miembros de las Fuerzas Armadas entre otros.
Como actores de las Fuerzas Armadas se encuentran: el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, miembros del Alto Mando, comandantes y oficiales de mando medio. Todos ellos revelaron entre los años 2006, 2007 y parte de 2008 “sus pequeñas y grandes miserias, a qué jugaban y donde querían llegar”. La mayoría de ellos jugaba a dos bandos, públicamente se mostraban como fieles soldados del Proceso de Cambio, mientras que en conversaciones privadas con funcionarios de la Embajada, revelaban sus contradicciones con el gobierno, y se mostraban convenientemente alineados con la oposición política local y externa.
Los cables tienen lugar en un periodo crítico de conflictividad político-social, que transcurre desde el referéndum nacional sobre autonomías departamentales y las elecciones para la Asamblea Constituyente realizado el 2 de julio de 2006, hasta los graves conflictos provocados por el Golpe Cívico Prefectural orquestado por los líderes opositores de los departamentos de la Media Luna, en septiembre de 2008.
Aquellos que incorporan a miembros de las Fuerzas Armadas, de manera abreviada, muestran lo siguiente: a) la relación de autoridades departamentales y cívicas de oposición con oficiales militares; b) el desacuerdo de varios oficiales de alto y medio mando con el gobierno y su disponibilidad para apoyar a la Media Luna en caso de obligarlos a sofocar la “insurrección”; c) la falta de confianza que el alto mando tiene de sus subordinados; d) las declaraciones del Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, Gral. Wilfredo Vargas, a miembros de la embajada norteamericana acerca de su relación con el Presidente Evo y su posición frente al conflicto; e) la movilización de tropas, su número y ubicación en situaciones de conflicto; f) la erosionada relación del Presidente con los mandos medios e inferiores debido a situaciones específicas, como la rendición de honores al Che Guevara, la influencia cubana y venezolana, la supuesta creación de milicias paralelas y el desigual incremento salarial; g) las influencias que recibía el Presidente para distanciarse del gobierno de Estados Unidos; y finalmente, g) el comentario del Embajador que da cuenta de unas Fuerzas Armadas divididas por intereses sectarios e institucionales, unos a favor de la Media Luna y otros a favor del Presidente Morales.
Al parecer, de nada sirvió que el gobierno de Evo Morales diera a la institución militar protagonismo a través del proceso de nacionalización de los recursos naturales, que le devolviera legitimidad social mediante la entrega de bonos y que incrementara drásticamente los salarios y el presupuesto militar, al igual que sus equipos e infraestructura. La embajada estadounidense seguía moviendo los hilos de la injerencia que estaba impregnada en la mente pragmática y desideologizada de varios militares.
No se estuvo a la altura del proceso
A partir de junio de 2008, de acuerdo a lo que indica el cable 08LAPAZ1425, las relaciones entre militares y la Embajada de Estados Unidos parecen disminuir lentamente. No obstante, todavía existían oficiales de alto rango que trataban a los miembros del Grupo Militar con bastante gentileza. Por su parte, el gobierno aplicaba drásticas medidas para terminar con la injerencia, siendo la más importante la expulsión del embajador Philip Goldberg en septiembre de 2008, acusado de conspiración e intervención en asuntos internos, a lo que meses después se sumó la expulsión de la DEA.
Así como Marcos Domich calificó en su momento a la reorganización del Ejército revolucionario de 1952 como de “verbo nacionalista y pautas norteamericanas” (1997: 205). Nuestras Fuerzas Armadas demostraron, al menos los dos primeros años del actual gobierno, no estar a la altura del proceso de cambio, y muchos de ellos se convirtieron, tal como revelan los cables de Wikileaks, en verdaderos delatores de la Patria a la que una vez juraron defender.
* Co-autora del libro BoliviaLeaks. La injerencia política de Estados Unidos contra el Proceso de Cambio (2006-2010) (2016) La Paz: Ministerio de la Presidencia.

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