diciembre 5, 2021

Amautismo

por: Marco Antezana

La eclosión de todo lo autóctono en América Latina nos ha permitido conocer ideas que durante siglos permanecieron en la oscuridad impuesta por la espada y la prédica. Hoy ha desaparecido el temor a mostrar la identidad y a expresar la idiosincrasia.

Sin embargo, el despertar después de tantos siglos, implica riesgos no menores, la cultura de occidente ha ejercido una considerable influencia en todas las esferas de la vida diaria, aculturando la mente del originario a sus propios cánones y perspectivas.

“Raíces” del autoctonismo

Uno de los riesgos de este proceso descolonizador, se advierte en el propio debate que el autoctonismo ha establecido con Occidente, y está referido a sus referentes teóricos, que para sorpresa de casi todo el mundo, continúan siendo europeos. Los intelectuales autóctonos fundan sus posiciones reaccionarias, contestatarias, revisionistas y revolucionarias en las reflexiones académicas del viejo mundo, y lo hacen sin empacho ni disimulo, aunque despotriquen contra Sócrates, Jesús y Marx.

¿Será posible que el autoctonismo genere el edificio teórico de su pensamiento a partir de la creación de su original intelectualidad, o está condenado a la indefinida repetición de lo foráneo?

¿Le es imposible al autoctonismo crear sus propias categorías de aprehensión de la realidad?

No nos parece que repetir lo que dijo Dussel, o cualquier otro autor de la crítica posmodernista del mundo urbano latinoamericano, sea la clave para desentrañar el conflicto unidad versus pluralidad que jalona nuestra temporalidad.

El simbolismo del mundo andino, resulta la fuente más visible de inspiración ideológica para plasmar no pocas demandas históricas que puedan reconfigurar una nueva sociedad a partir de nuevas pedagogías de lo nuestro.

Por tanto, resulta imprescindible que aquella ideología cuente con sus propias expresiones de plasmación propositiva y de transformación concreta. Esta tarea está requiriendo urgente respuesta, que desafortunadamente aún no la hay.

Katarismos

En Bolivia, el katarismo radical de raíz reinaguista, postula una transformación total desde el etnocentrismo aymara de base simbólico-autoctonista-ancestral. Por su parte, el katarismo revisionista en el discurso adaptado a la modernidad urbana, pone en duda la versión radical, cuyas características no corresponden al habitus de lo cotidiano en el mundo originario.

Por último, el katarismo reformista propone construir una pedagogía conciliadora entre lo urbano y lo rural, sin alejarse del eurocentrismo intelectual y tecnológico, que trae enormes beneficios.

Lo anterior supone trabajar el ideario que late en la construcción del citado discurso, para determinar si el mismo proviene del favorable momento de la práctica política, o de un proceso genético que hace al cambio de paradigmas civilizatorios, y se hace –paralelo– a esa construcción socio-personal. Esta no es una cuestión privada de lógica, ni mucho menos. La respuesta tampoco es simple asunto de ensamble teórico coyuntural.

La respuesta tiene que partir de la conclusión práctica que se conquiste en la procesualización tanto del cambio estructural de paradigmas, como de los indicios coyunturales que alumbran otra epistemología.

En otras palabras, el discurso auctoctonista no tiene que apelar al presagio, sino a la descripción de lo hecho. En este punto surge una cuestión confusa para la epistemología social: la indistinción de lo dado y de lo hecho. No me voy a detener en lo dado, para evitar reminiscencias idealistas, interesándome de lleno en el hecho.

Teoría y praxis política

El “hecho” supone en estricto lenguaje de praxis política una acción calibrada en función de las expectativas colectivas, previamente consensuadas y canalizadas, con cierta dosis de conveniencias, definidas y admitidas en las comunidades políticas que les dieron origen. El hecho se cosifica en la práctica gracias a su propio carácter factico.

Sin embargo, si algo tenemos que reclamarle a los intelectuales que reflexionan acerca de nuestro proceso revolucionario, y de manera particular, acerca de las tendencias autoctonistas, vinculadas al Vivir Bien y al respeto a la Madre Tierra, es el de afianzar la originalidad del análisis en el contexto de su propia problemática, evitado el imperdonable riesgo de escribir lo mismo que se ha estado escribiendo durante hace siglos, con la misma arquitectura de pensamiento que el colonizador.

Por otra lado, reconocer que las nuevas ideas, los nuevos postulados originales que puedan surgir de sus reflexiones, tardarán generaciones para que sean asimiladas por la sociedad, para que se conviertan en el andamiaje de creencias, de supuestos y de ideas rectoras en el que se está, en el que se convive.

Esta estructura de pensamiento es unitiva y nada filosófica (en el sentido occidental del vocablo), los elementos del mito, como son el símbolo y el signo, se convierten en una institución dominativa y protodogmativa de carácter impersonal, el primero, como el contacto inicial del sujeto con su medio ambiente, y el segundo, como el mensaje que el sujeto percibe de los fenómenos sucedentes en aquel medio, fenómenos que van cobrando importancia e influencia en su medio social, y, en cierta forma, determinando su dinámica cotidiana. Es a partir de esta constatación que es posible entender el agrocentrismo y la consiguiente astrolatría que han pervivido hasta nuestros días en las culturas originarias de los Andes.

Este complejo requiere una reflexión profunda de dimensiones no lineales, debido a su singularidad y diferenciación respecto de la filosofía occidental, la cual tiene como principio rector el ejercicio exhaustivo de la facultad de razonar.

Pensamiento andino

A esta altura de la exposición, se nos hace evidente comprender el porqué de la cosmovisión andina y su respectiva antropovisión en lo referente a la concepción del tiempo, de la complementariedad y de los ciclos multilécticos presentes tanto en la armonía natural como en la trama de las relaciones sociales, y para quienes son ajenos a esta cultura les es posible comprender las diferentes formas de idiosincrasia de la otredad en el cotidiano quehacer político, artístico, económico y social.

En esta constatación, que no es otra cosa que una ruptura epistemológica, queda demostrada la fusión del hombre andino con sus legendarios mitos, y la unión casi imperceptible entre lo diabólico y lo telúrico. En estas amalgamas están fundamentadas y estructuradas las nuevas formas de generar política, economía y pedagogía, es decir, en nuevas formas de concebir y vivir la libertad individual y comunitaria, respectivamente.

Entonces, resulta pertinente puntualizar que el pensamiento andino no se refiere a una subcultura encorsetada en algún efímero estudio museológico, digno de curiosidad enciclopédica. El origen del pensamiento andino, hoy más que nunca, cobra vigencia y peso específico en la trascendencia histórica que protagonizamos bajo la égida de las culturas originarias. Aquí radica el prístino sentido del vivir bien: suma qamaña, entendido este como aquella armoniosa complementariedad que divulga el hombre andino.

Lo cierto es que la emergencia de estas corrientes culturológicas nos proponen la necesidad de reconocer la existencia de otras hermenéuticas, de otras metodologías capaces de ejecutar una matizada comprensión de esa suerte de premoción individual y colectiva que se muestra rebelde hacia una gélida explicación meramente racional.

La irrupción de otros niveles aprehensores de la realidad nos resulta incómoda por su actitud iconoclasta y su irrenunciable exigencia de resemantizar, de reconceptuar, de redefinir y readaptar el eidos de la realidad a los nuevos escenarios de la historia. En este sentido y de manera irrefragable, y a pesar de las agudas investigaciones filosóficas a propósito de la irreductibilidad entre sentir y pensar, es imperioso reobrar sobre la pedagogía de la otredad, reconociendo la total complejidad de las vivencias y de las experiencias que nos vinculan con la realidad, allende la lógica lineal heredada de la cultura helena.

El viejo orden de la razón ha excomulgado del horizonte a la otredad, sin conciencia de que es el epicentro de una ruptura epistemológica con lo evidente, definido de antemano e instrumentado de manera irresponsable.

Lo que fastidia de esta ruptura epistemológica es la retahíla de densos cuestionamientos que no admiten respuestas seudoacadémicas. Todo el sistema civilizacional vigente ha quedado profundamente resquebrajado en sus convicciones.


* Investigador social.

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