diciembre 5, 2021

El uso político del racismo o ¿seguimos siendo racistas?

Desde Bolívar hasta Morales, desde Reinaga hasta Zavaleta, líderes y pensadores nunca han podido pasar de largo “el problema del indio en Bolivia”.

¿Seguimos siendo una sociedad dividida por el racismo?

Desde que Evo Morales asumió la presidencia en 2006, una de las principales banderas agitadas por el proceso de cambio liderado por el MAS ha sido la inclusión de los históricamente excluidos. Tarea pendiente desde la fundación de la República de Bolivia y una deuda con la democracia entendida como un sistema político incluyente; uno podría pensar que hoy se puede decir, finalmente, ¡misión cumplida!, con cientos de personas auto identificadas como pertenecientes a alguno de los muchos pueblos indígenas que habitan el país ejerciendo algún cargo de autoridad pública, desde los concejos municipales hasta la Asamblea Legislativa Plurinacional, pasando por el Ejecutivo y otras ramas del gobierno.

No obstante, existen opiniones escépticas frente al comentado optimismo. No se habría incluido verdaderamente al indígena, dicen algunos, o sí se lo hizo, se lo hizo condicionadamente bajo un proyecto político ajeno a las reivindicaciones propias del indio, dicen otros. Dichos cuestionamientos deben ser abordados y entendidos rigurosamente, tomando en cuenta que se trata de una de las columnas vertebrales discursivas más importantes del edificio ideológico sobre el cual descansa el gobierno de las organizaciones sociales.

Un viejo, viejo problema

Se debe partir reconociendo que se trata de uno de los problemas centrales del pensamiento político boliviano. Ha ocupado la cabeza de todos intelectuales y políticos desde que existimos como Estado, aunque se haya tratado de un Estado compuesto por sólo el 20% de la población de su territorio en sus primeros años. Así, desde Bolívar hasta Morales, desde Reinaga hasta Zavaleta y más allá, líderes y pensadores de este país nunca han podido pasar de largo esta cuestión, que puede resumirse como “el problema del indio en Bolivia”.

La emergencia del Estado Plurinacional de Bolivia debió haber puesto un punto final a esta cuestión ¿no es así? Y si ese dato no fuera suficiente, sí debería serlo, por otro lado, la también inesperada emergencia de nuevas burguesías de piel morena, cuyos miembros tienen sus orígenes, en muchos casos, en las áreas rurales y comunidades indígenas del país. Personas que alcanzaron inobjetables éxitos económicos a través del comercio, el transporte y la construcción. Tenemos durante los últimos años, entonces, lo que parece ser un incuestionable empoderamiento político y económico del sujeto indígena.

Hasta acá se debe distinguir que en realidad estamos ante un doble cuestionamiento. Es, en primer lugar, un cuestionamiento político al MAS, que dice “tú no representas al indígena realmente”; y en segundo lugar, un cuestionamiento a los tiempos, que dice “el problema no se ha resuelto, sigue habiendo racismo en Bolivia”. El primero es un cuestionamiento coyuntural, con evidentes posibilidades de uso partidario (sobre todo para la oposición) y responderlo es una obligación del gobierno. En el segundo caso, es un cuestionamiento estructural, que debe preocupar a toda la sociedad boliviana.

Las dudas

Y las dudas están ahí y son muy concretas, al menos generalmente:

En primer lugar, de acuerdo a los críticos, se trataría de un empoderamiento aparente y folklórico de un indio romantizado y usado como discurso de legitimación estatal al mismo tiempo que se reprime o ningunea al indígena realmente existente. La mala experiencia del TIPNIS y el alejamiento de organizaciones como la CONAMAQ y la CIDOB reforzarían esta línea de pensamiento, para la cual, en pocas palabras, el MAS gobierna en nombre de un indígena falso mientras ignora o reprime al indígena que no se ajusta a estos parámetros.

En segundo lugar, se sostiene que de haber un empoderamiento o inclusión del indígena en los últimos años, dichos avances se habrían dado en el marco de un proyecto de Estado nacionalista y estatista no acorde con las verdaderas aspiraciones del sujeto indígena. Tendríamos un Estado nacionalista con una máscara indígena, para el cual la descolonización es un problema secundario frente a su raíz estatista y donde la exaltación del indígena como parte del gobierno no hace más que ocultar su instrumentalización. Acá el indio pone la cara y el blanco toma las decisiones finales.

En tercer lugar, se observa que el indígena ha cambiado mucho en los últimos años y este gobierno no representa más que una pequeña y desgastada fracción de esta indianitud. Hoy hay, pues, indígenas empresarios, intelectuales, profesionales y sobre todo, urbanos, muy alejados de la visión del indígena de poncho y abarcas que se presenta como el rostro oficial de este proceso de cambio. Estos indígenas no estarían representados ni tampoco sus aspiraciones, que no pasan por el Vivir Bien o la dirigencia sindical.

El MAS en duda

Que se pongan en duda los autoproclamados logros del MAS en esta década de gobierno no debe resultar sorprendente para nadie, sobre todo, como se dijo, después de los errores políticos –según algunos críticos– cometidos durante la coyuntura TIPNIS y episodios similares a partir de 2011. A esto debería añadirse que se trata de una apropiación cuestionable de un logro que en realidad pertenece a los siglos y los muchos actores que se movieron en ellos.

Aunque la posesión de un campesino como presidente (en un país donde lo campesino ha sido igualado casi siempre a lo indígena) es uno de los momentos culminantes de este proceso de democratización de Bolivia, sus orígenes pueden remontarse décadas atrás, con las acciones de sujetos tan diversos como los pueblos indígenas desde 1990 con la Marcha por el Territorio y la Dignidad, hasta las “concesiones” realizadas por el primer gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada plasmadas en su reforma parcial de la Constitución Política del Estado, la Ley de Participación Popular, etc., etc.

Todas estas iniciativas, sumadas a la severa crisis del sistema de partidos boliviano a inicios de este siglo, formaron parte de un conflictivo proceso de acumulación que desembocó en la histórica Asamblea Constituyente de 2007, que se supone debía resolver este problema estructural de la sociedad boliviana. Así, en 2009 nace el Estado Plurinacional de Bolivia, que reconoce a 36 pueblos indígenas, instituye las autonomías indígena originario campesinas, y adopta a la democracia comunitaria entre otros sistemas de gobierno, además de promulgarse leyes como la Ley General Contra el Racismo y Toda Forma de Discriminación.

Todo esto, como se dijo, producto de un proceso de acumulación política en la cual el MAS juega un rol catalizador, pero solamente eso, sin ser necesariamente la fuente de todos los cambios que se dieron en menos de una década.

Lo indígena en cuestión

La pregunta debajo de todo esto es ¿qué es ser indígena? Se trata de una categoría política racializada, como afirman Pedro Portugal y Carlos Macusaya en su último libro sobre el devenir del indianismo en Bolivia. Como tal, una categoría entrelazada con discursos de poder que legitiman y deslegitiman a determinados sujetos involucrados en la lucha por el poder del Estado.

Lo indígena, entonces, va más allá del color de la piel, de la condición económica e incluso de las prácticas culturales, difuminándose en diferentes discursos que asignan esta cualidad a diferentes actores dependiendo de las metas políticas que guíen la interpretación. Así, para algunos, indígenas verdaderos serían los miembros de las comunidades selváticas del TIPNIS afiliados a la CIDOB o de las comunidades altiplánicas afiliados a CONAMAQ, ambas organizaciones enfrentadas o, por lo menos, alejadas del gobierno actualmente.

Para otros, indígenas serían los campesinos cocaleros y colonizadores que se agrupan en conjunto en la CSUTCB, la principal base de poder del gobierno, el sector aliado más leal. Y para otros, indígenas también son los nuevos profesionales y empresarios urbanos que además del color de la piel, comparten también tradiciones y formas de pensar distintas a las de otros sectores de la población que se autoidentificaron en el último censo de 2012 como mestizos.

Lo indígena, como se ve, está en todas partes, y es hasta cierto punto una herramienta discursiva políticamente efectiva, tomando en cuenta que esta cualidad empodera simbólicamente a los actores que pugnan por el poder. Es el caso de las diferentes corrientes de izquierda a lo largo de nuestra historia, particularmente marxistas y nacionalistas. La derecha, por otra parte, hasta hace poco aún afectada por complejos coloniales, pocas veces ha tratado de asumir la representación del sujeto indígena, lo que demostró ser un grave error en los últimos tiempos.

Es este uso interesando que se le dio a la cuestión indígena desde la segunda década del siglo pasado, lo que seguramente hizo necesaria la emergencia del indianismo como corriente política que lucha por reivindicar lo indígena independientemente de otros intereses en conflicto, como la pugna entre izquierdas y derechas, estatismos vs liberalismos económicos, etc. Así, poco después de la revolución de 1952 surgen partidos enteramente indianistas como el PAN, PIK y el PIB, que luego llegan a transformarse en los dos partidos icónicos del MITKA y el MRTK.

Lo que se quiere resaltar es que lo indígena como discurso político es altamente efectivo.

Lo que nos lleva al asunto central de este artículo. Su validez como discurso interpelador del Estado y la sociedad. Así, demostrar que el MAS es o no es el partido de los indígenas luego de sus diferentes transformaciones desde que llegó por primera vez al Estado en las elecciones de 2005 es algo que seguramente ocupará muchos espacios de debate durante los próximos años, y estará inevitablemente ligado a intereses político de corto y largo plazo, dependiendo de donde vengan estas reflexiones.

No obstante, demostrar que el clivaje étnico en Bolivia aún es central para definir quiénes dominan y quiénes no es mucho más complejo, tomando en cuenta las profundas transformaciones sociológicas de la realidad de nuestro país, estando entre ellas los comentados logros de la última década, tan celebrados por el gobierno y la izquierda; o la emergencia de nuevas élites económicas de piel morena; o la inescapable urbanización de nuestra sociedad. En este contexto de nuevas realidades, aquellos que sostengan que la descolonización aún es un asunto pendiente deberán tomar en cuenta los procesos de empoderamiento político y económico de las últimas décadas, y señalar la ruta de una verdadera o más profunda descolonización.


* Estudiante de Ciencia Política en la UMSA.

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