diciembre 5, 2021

Urbano corazón

por: Alexis Gómez-Rosa

–¿Te acuerdas, Viejo, del pipicito cívico? 

(De un diálogo familiar)

La tarde, en las esquinas, se olvida de preparar la noche. 

La tarde rítmica (lo que es más lamentable) 

se olvida de proponer a la noche planicies o relieves, 

y en la glorieta del parque Independencia 

nos quedamos, infelices restauradores de la tarde. 

(Déjame decirlo más claro: 

infelices restauradores cívicos de la República). 

Teoría simple. En el mar de la dialéctica: teoría 

compuesta. 

A flor de labios la diatriba, clavada en un epíteto, 

la imagen de quien colgó la sombra de un silencio. 

Altos cambronales y el campeche: 

no sirve para el carbón del campesino. 

Por el litoral norte la ringlera de tiendas de campaña. 

El polvo-culebra, venenoso, en el rumor verde olivo. 

En el litoral sur: 

el mar en su erotismo despliega las velas 

del deseo en la escollera: litoral de luces de bohemia. 

¿Cómo no cortar la rosa de los nombres?, ¿cómo cerrarme 

al sueño, viejo carcamal de tantas noches 

derramadas en un vaso? 

–Conozco la historia de los moradores de esta villa. 

La gorra tipo Charles de Gaulle, sobre la mirada analítica, 

nos preserva de una eventual claudicación, 

nosotros los pequeños burgueses. 

Avanza el golpe de Estado en los pies del canillita 

que vocifera: «a Dios gracias». 

(Carros de asalto, muchedumbre, proclamas de reafirmación 

cristiana). Avanza la noche 

como un solo cartel de Ramírez Conde o Silvano Lora: 

aborto de ojos cortados para un vernissage surrealista. 

La poesía se hace en las calles (mañana, frente al baluarte 

de El Conde…) la palabra de los restauradores: 

teoría simple; desencadenado el verbo, desencarnado:

teoría con puertas. ¿Quién entra?, ¿sales? 

La poesía cívica, como el amor de Pigmalión y Galatea, 

se encuentra en el mercado de las pulgas.


* Tomado de la revista Casa No. 283.

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