septiembre 28, 2022

¿De la guerra del agua a la guerra del agua?

Resulta paradójico que siendo Bolivia el país que posesionó internacionalmente el derecho humano al agua, que expulsó una transnacional como la Bechtel de su territorio, que libró una guerra por el agua, se vea envuelta en una crisis tan severa como la que le está tocando vivir por el desabastecimiento de este vital elemento. Esta crisis tiene múltiples explicaciones, en ningún tema como el del agua se entrecruzan aspectos globales como locales, políticos como técnicos e institucionales como ambientales.

La actual crisis del agua es, en primer lugar, resultado del fenómeno del Niño, que se acentúa año tras año gracias al cambio climático. El año pasado Bolivia fue azotada por el peor fenómeno del Niño de la historia registrada en las mediciones. Las precipitaciones pluviales de la época de lluvia (de diciembre 2015 a marzo 2016) fueron solamente el 70% del promedio, por tanto, la represa de Hampaturi, que es la que provee de agua a la zona Sur de La Paz, tuvo un abastecimiento de agua de un 30% menos de lo esperado.

El déficit provocado en la represa por el fenómeno del Niño es algo que debió ser de conocimiento de la Empresa Estatal de Agua, que tendría que manejar bases de datos y promedios sobre las precipitaciones pluviales para planificar la distribución del agua, pero los hechos hacen suponer que existe una falta terrible de técnicos especializados en el manejo y planificación del agua y por eso la Empresa no pudo prever a tiempo una crisis que ya se veía venir desde el mes de abril.

La debilidad institucional de EPSAS es una realidad dramática y es resultado, entre otros aspectos, de la corporativización interna de la Institución que desde el inicio del proceso ha servido como botín político y espacio de prebendalización. Esto es algo realmente penoso, porque las EPSAS fueron el resultado de las luchas por el agua y podían haber sido la base de una nueva institucionalidad alternativa para el agua, basada en la participación y el control social. Lamentablemente esta posibilidad se está farreando y probablemente tardaremos décadas en recuperarla.

Esta crisis del agua ha abierto una nueva estructura de oportunidades políticas para la derecha, pues le está permitiendo restituir su discurso privatizador sobre el agua, con el argumento de que los movimientos sociales son incapaces de manejar sus recursos. Utilizando rumores, desinformación y mentiras difundidas a través de las redes sociales, como la de la supuesta empresa China que se habría concesionado una mina sobe el Illimani que, entre otros, ha generado un fenómeno de xenofobia contra los ciudadanos chinos, está amplificando y capitalizando el descontento social creado por la crisis del agua.

Uno de los argumentos manejados por la oposición es que la el desabastecimiento de aguase debe a un problema de falta de inversión estatal, que es también falso. El gobierno invirtió a lo largo de la última década 15.000 millones de dólares en agua potable y riego y aumentó la cobertura del agua potable en las zonas rurales de 40% el 2001 a 67% el 2015. En realidad la crisis del agua no es resultado de falta de recursos invertidos, sino de una mala y débil institucionalidad, que no es capaz de reaccionar frente a las nuevas situaciones que le plantean el cambio climático, el crecimiento poblacional y el aumento de la demanda de agua.

Es además resultado de decisiones políticas como aquellas tomadas a favor de la agroindustria cruceña que autorizan el desmonte, deforestación y la ampliación de la frontera agrícola que también está afectando la provisión de agua y el ciclo de las lluvias. La relación entre los bosques y los ciclos del agua está más que probada, aquellos permiten que el agua pueda caer varias veces y su pérdida agudiza los efectos del cambio climático. Los desmontes, el chaqueo las quemas de bosques están afectando profundamente la disponibilidad de agua en Bolivia.

La crisis del agua está dando la señal clara de que no se puede cabalgar en la contradicción por mucho tiempo. No se puede atender al mismo tiempo las demandas de la agroindustria, las demandas populares de profundización del proceso y las demandas corporativas de las organizaciones para acomodarse en el Estado. Esta crisis está señalando la necesidad de un cambio urgente en el manejo de las instituciones y políticas gubernamentales sobe temas estratégicos, no vaya a ser que este proceso, que se abrió gracias a la guerra del agua el 2000, termine cerrándose por una nueva guerra del agua el 2016.


* Socióloga.

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