septiembre 28, 2022

La luminosa Natalia que conocí

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”

César Vallejo

“Del nicho helado en que los hombres te pusieron,

te bajaré a la tierra humilde y soleada.

Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,

y que hemos de soñar sobre la misma almohada”

Gabriela Mistral

“Cuida bien tus estrellas mujer”

Silvio Rodríguez

La conocí una tarde, no recuerdo si era marzo o abril, tras varios encuentros fallidos en casas de amistades comunes. En un céntrico café paceño nos citamos, ambos con cierta ansiedad de vernos las caras, y, al instante de saludarla, de golpe me preguntó: “¿Vos sos el chileno amigo de Lu?”. –Sí, respondí. Al sentarnos sacó de su cartera un ejemplar del semanario La Época, ¡rayado de comienzo a fin!, y de inmediato soltó una catarata de ideas –confieso que todas buenas– para contribuir a mejorar el periódico. Algo suspicaz ante tanto talento, sobre todo desconfiado de su juventud, desvié la conversación a temas literarios y la catarata fluyó con mayor fuerza aún: habló de Cortázar, Rulfo, Dostoievski, Benedetti y sus compatriotas Conti y Urondo. Cuando creí sorprenderla con la correspondencia de Raúl Sendic a sus hijos, el revés fue más que doloroso porque las conocía al dedillo. Al final de la jornada, tras hablar de La Tregua, ¡al fin! la pillé con Primavera con una esquina rota, también del uruguayo. Pero su contraofensiva fue rotunda: me enseñó a Rodolfo Walsh.

Los primeros días de abril del pasado año se incorporó de lleno al consejo editorial de La Época, asumiendo tareas de redacción, corrección de texto, revisión de muestras de imprentas, quitando o corrigiendo titulares, dando vida a las páginas culturales y nuestra historia revoltosa y rebelde con la sección “Memorias” –que lastimosamente no continúa haciéndose–. Con actitud militante, sin esperar nada a cambio, y siempre con la mirada puesta en la defensa de los medios anti hegemónicos, con esos pequeños grandes detalles reclamados para la mejora de nuestros medios.

Conmovida con las historias de las abuelas, madres y esposas, hermanos y hermanas, nietos e hijos de las víctimas de la dictadura, combatientes de izquierda muertos y desaparecidos, cuyos asesinos en la mayoría de los casos continúan impunes, escribió su primer reportaje acerca de la lucha de ASOFAMD por la creación en Bolivia de una “Comisión de la Verdad y Justicia”. La portada de aquella edición intituló: “Nadie está olvidado. Nada está olvidado”; la imagen central era la de una madre sosteniendo un retrato de su hijo desaparecido. (Quizás esto se debió a una lucha personal que arrastrara desde su patria montonera, donde su familia sufrió en carne propia los años de terror y odio, las secuelas de la tortura y desaparición).

Al igual que su compatriota y colega Jorge Ricardo Masetti, creía un deber periodístico ser “objetivos pero no imparciales”. “¿Acaso se puede ser ‘imparcial’ en la lucha de los pueblos por su emancipación?”, me preguntó una vez. Antes de responderle, se me adelantó con un “NO” –así con mayúsculas–; quizás por eso tempranamente se puso del lado de los humildes o, como decía Fanon, de los «condenados de la Tierra».

Conscientes de su extraordinario profesionalismo, calidad humana y nobleza sin límites, las compañeras de la revista Correo del Alba la “reclutaron para sus filas” y rápidamente asumió la responsabilidad de Jefa Editorial. Desconozco en detalle su labor profesional en la Argentina, sin embargo, nunca vi en mi vida brillar a alguien tan alto en tan corto tiempo: era una “artista” del periodismo. Y a la vieja usanza, desde temprano por la mañana hasta altas horas de la noche tomando café, leyendo cables noticiosos, redactando artículos, seleccionando fotografías, diseñando, etc. “No podemos ser negligente en este combate de ideas”, me solía decir.

Militante de la vida y de la revista Correo del Alba –medio que desde su llegada sólo recibe artículos exclusivos, “imposición” difícil que mantuvo hasta su partida–, trabajó y vivió a plenitud las luchas del pueblo boliviano por la construcción de un país mejor. Siguió al dedillo la Revolución Cubana y la evolución de la política argentina; aunque su devoción fue siempre la Revolución Bolivariana, cuyo líder histórico, Hugo Chávez, era su referente político, intelectual y moral.

Como el casi personaje shakesperiano que era fue querida y admirada por sus colegas-amigos-familia (que éramos una sola cosa) y vilipendiada por “los presos de su propia cabeza, acomodada”, como dice un ya viejo cantor protesta.

El escritor y patriota cubano José Martí en una ocasión señaló: “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”. No hace falta agregar que ella supo cumplir tan bien la obra de la vida que nos ilumina en el caminito por la verdad, ese que no abandonó hasta sus últimos días.

La luminosa Natalia que conocí fue eso y mil y una cosa más. ¡Ah!, y me confirmó en el cotidiano, con su rectitud, honestidad, consecuencia y amor por lo justo y lo bello, que siendo mejores nosotros mismos, en comunión con los demás, podremos alcanzar una sociedad plenamente libre, ¡se puede y es cuestión de proponérselo! Claro, ¡hay que tener su voluntad de hierro!


* Prof. de Historia y Geografía, Equipo editorial Correo del Alba, Fundación PINVES Bolivia.

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