agosto 19, 2026

Tillerson y las amenazas a la democracia

Las democracias de América Latina están seriamente amenazadas. Contrariamente al criterio de los TinkTank de los Estados Unidos desde la década de los noventa, reproducidos sin mayor cuestionamiento por intelectuales y políticos latinoamericanos de derecha, en sentido de que “el populismo” iba a representar un peligro para la vigencia de las democracias de la región, lo que podemos observar ahora, en la era Trump, es que los grandes intereses de las poderosas corporaciones estadounidenses no están dispuestas a seguir tolerando a gobiernos y pueblos que marchan en dirección contraria a sus mandatos.

Y no solo eso. Es evidente que el gobierno de los Estados Unidos ya cuenta con una estrategia para derrocar, por las buenas o las malas, a los gobiernos progresistas y de izquierda de América Latina, según se puede deducir de las palabras del vicepresidente de ese país, RexTillerson, quien emprendió el jueves 1 de febrero una gira por varios países de América Latina con una agenda claramente injerencista. El segundo hombre de la Casa Blanca ha señalado que “En la historia de Venezuela y otros países sudamericanos, muchas veces el ejército es el agente del cambio cuando las cosas están tan mal y el liderazgo ya no puede servir a la gente”.

Las amenazas de Tillerson no son solamente contra Venezuela, donde este año se llevarán elecciones generales anticipadas que la oposición exigió con violencia en 2017 y que ahora no las quiere, sino contra todos aquellos países en los cuales las democracias se han convertido en instrumentos para avanzar en la conquista de la independencia económica y la soberanía política. Es obvio que las palabras de la alta autoridad estadounidense no contemplan a Brasil, donde a través de un golpe de Estado se expulsó del gobierno a la presidenta Dilma Rousseff, para instalar en su lugar a Temer, quien está llevando a cabo la reprivatización neoliberal y además recurriendo a la justicia para evitar que Lula sea candidato en las elecciones de este año.

Las declaraciones de Tillerson, que empezó su gira por México y que contempla además a Perú, Argentina y Colombia, no hay que tomarlas como nuevas. En realidad, el uso de los golpes de Estado para derrocar a gobiernos por muy reformistas que éstos sean forma parte del arsenal estadounidense desde la década de los 60, cuando se concibió la Doctrina de la Seguridad Nacional de los EE.UU. De ahí que no sea ninguna casualidad la instalación de regímenes militares hasta la década de los 80 con abierto respaldo de la Casa Blanca.

Lo que si aparece como nuevo en el escenario político actual de América Latina, aunque no en la historia larga de la región, es la convocatoria a formas de golpe de estado de viejo tipo que se los pensaba como amenazas que nunca más iban a volver, más aún cuando habían sido sustituidos por otros de “nuevo tipo”, como los que se experimentaron contra Lugo en Paraguay, Zelaya en Honduras y Rousseff en Brasil.

Esto demuestra que democracias vaciadas de participación popular y golpe de estado –de viejo y nuevo tipo- siguen formando parte de las dos caras de la medalla que EE.UU. y sus aliados usan para restablecer y ampliar su dominación en América Latina.

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