octubre 16, 2021

“¡A mí no me pagaron, yo vine porque quise!” “¡Aquí nadie se rinde, carajo!”

Las recientes elecciones en Colombia han marcado un hecho histórico, al menos en las contiendas presidenciales. Por primera vez la izquierda y los sectores progresistas han obtenido 4,8 millones de votos, 25%, y la centro izquierda 4,6 millones, 23%, sumando entre ambos casi el 50% de la votación de lo que se considera un voto político y de opinión. La abstención del 47% ha sido la más baja de las últimas décadas en lo presidencial, y el derrumbe y retroceso de los partidos tradicionales en su capacidad de transformar sus acumulados parlamentarios, clientelistas, en voto presidencial, ha sido evidente. El bloque uribista-conservador esperaba ganar en primera vuelta y sólo obtuvo el 39% y el candidato de Santos y la oligarquía tradicional apenas llegó al 7%. Y como expresión del maltrato al proceso de paz, quien encabezó las negociaciones sólo alcanzó un 2%.

El fenómeno de Gustavo Petro llenó las principales plazas públicas del país, con una composición juvenil popular y combativa, nunca vista anteriormente en el campo electoral. Su conexión con los sectores populares sorprendió al sistema y al conjunto de la sociedad, recuperando para el campo antineoliberal la magia y las energías sociales que se le habían enredado al proceso de paz. La ultra derecha se había concentrado en aplastar políticamente a las FARC y los acuerdos, y no vieron a tiempo lo que les venía piernas arriba. [1] La consiga de las marchas y en las plazas públicas ya marcaban el espíritu de la época: “¡A mí no me pagaron, yo vine porque quise!”.

Los grandes grupos económicos y financieros de Medellín, ante el avanzado desprestigio de los partidos tradicionales, habían decidido inicialmente apoyar al candidato del centro, Fajardo, conocido como “ni ni”, pues nunca se comprometió claramente con nada. Buscaban el efecto gatopardista: “que todo cambie para que todo siga igual”, pero en la mitad de la campaña le quitaron el apoyo pues no despegaba y se lo pasaron al uribista Duque. A último momento y viendo inminente el paso de Petro a segunda vuelta, realizaron una fuerte campaña de miedos hacia la “amenaza castrochavista”, intentando frenar a la coalición “Humana y Decente” progresista y de izquierda, pero no les alcanzó.

A pesar del triunfalismo de los uribistas que apostaban a la polarización, el sistema está asustado pues teme que el fenómeno crítico se profundice y termine arrastrando a los abstencionistas. Uno de los ideólogos fachos del uribismo declaró que lo sucedido con Petro era una “anomalía”, es decir una anormalidad sistémica inesperada, “que había que borrar”. Una clara muestra de su concepto de la democracia, donde todo lo que choque con el modelo neoliberal y el Estado autoritario, debe ser aplastado. En su soberbia de clase creían haber enterrado la figura de la izquierda, y particularmente la de Petro, y les renació de las cenizas, canalizando el creciente descontento social que generan el ser el tercer país más desigual del mundo y los intentos de desconocer el Acuerdo de Fin del Conflicto Armado.

Ahora la segunda vuelta será entre Petro y Duque, y la estrategia de polarización que la ultra derecha se había planteado inicialmente, ya no les sirve, pues se está convirtiendo en una polarización de clases, consciente y programática, algo que siempre han buscado negar, ocultar y eludir, pues genera sujetos sociales y políticos conscientes y transformadores. La polarización en mecanismos plebiscitarios impide el debate, pero cuando es política y programática, expresa la confrontación entre las oligarquías hegemónicas y los distintos sujetos sociales, étnicos y culturales que componen el campo de lo que hoy se reconoce como las clases populares, y esto tiene un nombre: lucha de clases.

Habrá que recordar a una franja centrista a la cual la campaña de Petro intentará atraer, que el centro político no existe, y que lo que se identificaban como pequeña burguesía con aspiraciones de ascenso a ser burgueses, o clase media, han comprobado, como muestra Brasil y Argentina, que su futuro con el neoliberalismo es el asegurado descenso en los derechos adquiridos. De su sueño de ser políticamente de centro, en los que se basó la socialdemocracia, quedan las ruinas políticas. Pues como dijera Carlos Gaviria Díaz, candidato presidencial de la izquierda y sectores progresistas que en el 2006 llegó a sacar 2.600.000 votos, cifra nunca alcanzada hasta entonces, el centro no existe en política, o se es antisistémico o prosistémico y eso se está comprobando nuevamente, independientemente de las capacidades y estrategias que cada una de las partes pueda y quiera implementar.

Al día siguiente de la primera vuelta, la campaña mediática contra Petro ya perdió todo viso de esa falsa objetividad de la democracia burguesa. Pero corren el riesgo, como habíamos analizado, de profundizar el efecto de la comprensión inversa, algo que los pueblos han desarrollado como estrategia alternativa para entender la realidad. Les indica que están asustados y que se les puede ganar, lo que ayuda a superar los miedos y conservadurismos sociales frente a la necesidad de generar rupturas. De triunfar Gustavo Petro, el cambio de época será determinante y la construcción de paz tendrá muchas mayores posibilidades, más allá de las grandes dificultades que habrá que enfrentar con un Congreso opositor y una ultraderecha golpista, a lo que se suma la falta de un frente político unificado que lo soporte, impulse y controle. Se requerirá aprender sobre la marcha de los errores de los gobiernos de izquierda y sus alejamiento de sus partidos y bases sociales, instalando un amplio equipo político y social de gobierno que evalúe periódicamente los avances y dificultades, y no permita encierros personalistas ni posiciones contrarias a su programa, como lo ha realizado recientemente el Frente Amplio de Uruguay ante al gobierno de Tabaré Vázquez, sobre el tema de los acuerdos de libre comercio, algo que no se ha logrado en la mayoría de los procesos de gobiernos de izquierda y progresistas.

En caso probable de que por fraudes y temores logren vencer los uribistas, el escenario político los coloca debilitados y negociando sus exabruptos políticos. Harán más de lo mismo en un país en recesión y creciente descontento social. Mientras que a la izquierda y la centro izquierda, se le abre horizontes prometedores con el desafío de aprender a consolidar su nuevo caudal electoral integrándose en un gran Frente Amplio, y así recuperar el gobierno de la ciudad de Bogotá y muchos más gobiernos departamentales y locales, con un eje central en la implementación de los cambios sociales y políticos que contempla el acuerdo de paz. Probablemente se terminará de romper el Polo Democrático Alternativo, años atrás la fuerza integradora de toda la izquierda y centroizquierda colombiana, pues su fuerza mayoritaria es enemiga visceral de Petro y ha realizado en el pasado coqueteos con el uribismo para enfrentar a Santos y los temas de paz.

Cuando los ciclos de ascensos progresistas descienden en otros países por los desgastes y agresiones golpistas conocidas, el sufrido pueblo colombiano ha plantado la bandera de lucha de las comunidades negras del Pacífico, y el 17 de junio votará al grito de: “¡Aquí nadie se rinde, carajo!”.


*    Intelectual colombo-argentino.

1    Dicho colombiano, para decir “lo que les espera”.

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