octubre 21, 2021

La epopeya de Pichincha

por: Orlando Rincones

Luego del desastre sufrido por las armas patriotas en la Batalla de Huachi (12-9-1821) pocos eran en Guayaquil los que mantenían el optimismo con respecto al sostenimiento de su independencia, y mucho menos aún los que se aventuraban a soñar con una hipotética liberación de Quito. Y es que la derrota republicana fue tan contundente que incluso la vida del propio general Sucre estuvo seriamente comprometida en aquella acción, sólo un milagro -y la pericia de sus edecanes- le permitió salir con vida de aquel campo de sangre y desolación, lugar una y otra vez adverso para la causa de la libertad.

Pero Sucre era un hombre acostumbrado a lidiar con las dificultades y para desventura suya éstas comenzaron a aflorar mucho antes de la derrota de Huachi. Desde su arribo a Guayaquil, en mayo de 1821, el joven general venezolano pudo percibir un ambiento político tenso y enrarecido, profundamente condicionado por el espíritu de partido. Cuatro eran las tendencias políticas preponderantes en la ciudad portuaria: los que se inclinaban por la anexión a Colombia; los que preferían la incorporación al Perú, los que impulsaban una independencia absoluta y, finalmente, los que aún defendían el partido del Rey. En medio de este contexto tan complejo, Sucre tuvo la habilidad de abstraerse de la diatriba política y concentrar todos sus esfuerzos en levantar un ejército capaz de derrotar a las experimentadas tropas con las que el mariscal Melchor Aymerich oprimía Quito y amenazaba Guayaquil.

Sucre, apelando a sus habilidades en el campo de la diplomacia, consiguió un oportuno armisticio de 90 días con el jefe realista Tolrá, tiempo suficiente para recuperar su diezmado ejército y para renovar la confianza con la cual Joaquín Olmedo, José de Antepara y otros célebres patriotas guayaquileños demandaron en 1821 el auxilio de Colombia.

De todas las provincias del Ecuador llegaron refuerzos y desde Piura el general José de San Martín envió al coronel paceño Andrés de Santa Cruz y Calahumana al frente de una fuerte División Auxiliar con 1.100 hombres. Para completar el cuadro, desde Colombia, arriba el veterano batallón Paya con 500 plazas. A menos de un año de su arribo a Guayaquil, y luego de experimentar triunfos, traiciones y derrotas, Sucre estaba listo para asaltar la gloria en Quito.

Tras superar los múltiples obstáculos que la agreste geografía andina interpuso en su tránsito hacia Quito, el temple Ejército Unido Libertador fue sometido a dura prueba por los realistas en Riobamba. Pese a la superioridad numérica de los hispanos, la caballería patriota -comandada por Lavalle e Ibarra-borró con un esplendido triunfo la afrenta sufrida meses atrás en Huachi. Anoticiado del triunfo republicano, Aymerich tomó sus propios recaudos para defender Quito.

Lenta pero decididamente, en medio de breñas, quebradas y precipicios, las tropas patriotas avanzaban tras los pasos de su vanguardia, liderada esta vez por el bizarro José María Córdova. Llegado el momento oportuno, Sucre ordena acelerar el paso hasta el estratégico sitio conocido como El Cinto (3265 msnm). A las ocho de la mañana del 24 de mayo el Ejército Unido corona exitosamente las alturas del volcán Pichincha, bloqueando además las comunicaciones entre Quito y Pasto

Cuando los primeros rayos del Sol comienzan a calentar la mañana del glorioso 24 de mayo de 1822, los 60.000 habitantes de Quito son estremecidos por el rugir de los cañones y el toque desesperado de las cornetas de combate.

El grueso del Ejército Realista -en perfecta y cerrada formación- trepa aceleradamente por las faldas del Pichincha, dispuestos a ocupar sus alturas y desalojar de allí a los independentistas antes que estos bajen al Valle de Iñaquito. Advertido Sucre del movimiento del enemigo no duda en desplegar en combate al grueso de la División Peruana.

Comprometido ya el combate, el coronel Andrés de Santa Cruz cubre el ala derecha patriota con todas las unidades peruanas bajo su mando, adelanta a sus cazadores y, casi de inmediato, hace lo propio con el resto de las compañías del batallón Trujillo en un esfuerzo desesperado por contener al brioso enemigo que se abalanza sobre ellos.

El oportuno accionar del coronel Santa Cruz permite mantener firme las líneas patriotas hasta el arribo de dos compañías colombianas del batallón Yaguachi comandadas por el coronel Antonio Morales, Jefe del Estado Mayor del general Sucre. Entre tanto, con la autorización de Sucre, el intrépido coronel Córdova al mando de dos compañías del Magdalena realiza una arriesgada maniobra para rodear la posición del enemigo y caer sobre sus espaldas. El resto de la infantería colombiana -mandada por el general Mires- redoblaba su marcha en un intento desesperado por llegar a tiempo al auxilio de sus compañeros. En aquellas agrestes laderas, el desenlace de la épica jornada iba a depender exclusivamente de la pericia de la infantería.

Pese al valor y al denuedo empleado por las tropas colombo peruanas, éstas comienzan a ceder terreno ante el empuje de las experimentadas huestes ibéricas. Aymerich, saboreando anticipadamente la victoria, lanza su golpe de gracia dirigiendo el célebre batallón Aragón contra el flanco izquierdo de los patriotas.

Apercibido del movimiento de los realistas sobre su izquierda, Sucre moviliza contra ellos al batallón británico Albión. La enérgica y aguerrida embestida republicana tomó por sorpresa al opulento Aragón y repentinamente los ibéricos se encontraron arrojados sobre el campo de batalla en una posición desfavorable. Para mayor desdicha de los españoles, el impertérrito coronel Córdova arriba al campo de batalla con sus dos compañías, secundando así la colosal embestida de los batallones PayaYaguachi y Albión. El valeroso teniente ecuatoriano Abdón Calderón, de tan solo 18 años de edad, pese a recibir cuatro sucesivas heridas de bala que destrozaron sus brazos y piernas, se niega a retirarse de la línea de fuego y permanece alentando a sus hombres del Yaguachi y dando vivas a la patria.

Ante el desastre de su infantería, Tolrá y la caballería realista huyen apresuradamente hacia el norte en búsqueda de la ciudad de Pasto. El resto de los realistas se repliegan hasta el fortín de Panecillo. Tras de sí los ibéricos dejan 400 cadáveres y 190 heridos por tan solo 200 muertos y 140 heridos de los patriotas. En poder de los vencedores quedan 1.260 prisioneros, de ellos 160 oficiales de diferente graduación.

Para cerrar con broche de oro la epopeya de Pichincha, la generosa capitulación concedida por Sucre a los vencidos inaugura en América una nueva forma de hacer la guerra, una que no ve en la victoria derechos, sino compromisos para con el vencido.

Bajo la algarabía del triunfo los territorios de la actual república de Ecuador se incorporan de inmediato a Colombia, la figura de Bolívar crece como la espuma y San Martín comienza a preparar un prematuro retiro del Perú.


*    Investigador Histórico.

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