septiembre 22, 2020

Lo que gana Bolivia sea cual sea el resultado


Por José Galindo *-. 


Bolivia no podía continuar sometida a los caprichos del destino o a voluntades fuera de la suya; o se actuaba ahora, o nos quedábamos esperando la buena voluntad del vecino. El fallo de La Haya, sea cual sea, demostrará la importancia de la asertividad en las relaciones internacionales.


Bolivia ha depositado su plena confianza en la Corte Internacional de Justicia de La Haya, convencida de que su demanda tiene asidero histórico, jurídico y, sobre todo, ético y moral; partiendo de la premisa de que la victoria no es la máxima ley entre las naciones y que la fuerza no es fuente de derecho o legitimidad alguna. Cualquiera sea el fallo que se emita, será sin duda alguna histórico, un hito de nuestra historia moderna. Y aunque el entusiasmo y el patriotismo hacen que todos los habitantes de nuestro país se sientan seguros de una inminente victoria, es bueno repasar algunos casos similares al nuestro, sucedidos justamente en la misma Corte a la cual nos remitimos para saldar errores e injusticias pendientes.

De acuerdo a Bryan Taylor Summer, en Territorial Disputes at the Internacional Court of Justice, los argumentos más recurrentes entre los reclamos territoriales que se han presentado en La Haya destacan nueve categorías de distinta naturaleza: Tratados (“esto es lo que acordamos”), geografía (“esto es una extensión natural de mi paisaje”), economía (“yo soy el que mejor puede desarrollar ésta zona y ésta zona es lo que necesito”), cultura (“la gente de éste territorio comparte la lengua, tradiciones y forma de ser de mi territorio”), control efectivo (“en los hechos, yo soy el que controla éste lugar”), historia (“ésta parte de mi territorio cuenta con antecedentes que lo ligan a mi soberanía desde hace mucho tiempo”), uti possidetis (“éste territorio era mío incluso antes que yo fuera Estado de acuerdo a lo que legaron nuestros conquistadores”), elitismo (“mi grupo social es más apto para administrar éste territorio”) e ideología (“tal o cual razón política hace de éste territorio una parte importante de mi soberanía”).

Los casos expuestos por Taylor son: Francia vs Reino Unido, por el territorio de Minquiers y Ecrehos; Bélgica y Países Bajos, por territorio fronterizo; Cambodia vs Tailandia, por el Templo de Preah Vihear; Mali vs Burquina Faso, por una franja fronteriza; Honduras vs El Salvador, por varios territorios e islas; Chad vs Libia, por territorio fronterizo; Qatar vs Bahréin, por delimitación marítima; Camerún vs Nigeria, por límites marítimos; y Indonesia y Malasia, por las islas Pulau. Los argumentos presentados por ambas partes en cada caso se encontraban entre las nueve expuestas más arriba, y en todos, los fallos favorecieron tres causas.

En la práctica, han sido los tratados, el control efectivo y el uti possidetis los que más ha favorecido el máximo tribunal de justicia del planeta, aunque debe notarse que los casos a los que se remite el autor se diferencian del boliviano presentado en contra del Estado chileno en dos aspectos fundamentales: primero, que no se reclama que la Corte determine la soberanía sobre un territorio en particular, sólo se exige, como sabemos, que la Corte establezca la obligación del Estado chileno a negociar de buena fe una solución al problema boliviano; y segundo, que los Estados no han aceptado la demanda de la misma manera ante La Haya y no existe una voluntad compartida para solucionar el problema por medio del derecho internacional.

Así, el alcance de lo que la Corte Internacional de Justicia de La Haya pueda sentenciar tiene límites muy precisos, que no atañen la soberanía de ninguno de los Estados en cuestión sobre ningún territorio. Sólo se pide que Chile sea consecuente con los compromisos asumidos por su Estado desde la conclusión de la Guerra del Pacífico hasta nuestros días, algo que puede parecer muy limitado pero que en realidad constituye un paso importante en las relaciones diplomáticas entre ambos países, casi inexistentes desde hace casi medio siglo.

A decir verdad, si se deja de lado el eje central de la demanda, su carga histórica y emocional y la perseverancia de cada uno de los Estados en defender su posición respecto al tema, se puede apreciar que el simple hecho de establecer un diálogo y negociación estable en el tiempo podría beneficiar a ambos países en áreas que van más allá de la disputa en cuestión. Lucha contra el contrabando, comercio exterior, coordinación interinstitucional, posibles pasos hacia acuerdos de integración económica y regional que vigoricen espacios ya existentes como el de la Comunidad Andina y abran la posibilidad de nuevos espacios en medio de lo que muchos economistas consideran que será la era de los bloques regionales y las economías regionales. En otras palabras, de darse un fallo positivo para Bolivia, así ese fallo no implique la obtención de soberanía sobre ciertos territorios en el corto plazo, de todos modos el Estado boliviano habría ganado a la par que el Estado chileno, sólo por el hecho de haber reencauzado relaciones diplomáticas.

Por supuesto, siempre está la posibilidad de que se dé una situación donde Chile acepta formalmente el fallo pero que lo obstaculicé en los hechos, caso en el que la iniciativa boliviana sería nuevamente el principal motor de todo cambio posible. La voluntad política es un factor imprescindible, por ello mismo, aunque nuevamente: el sólo hecho de tener una resolución de aquel calibre, de la mayor corte de justicia del planeta, abre paso para un sinfín de posibilidades a futuro. Par un país que ha vivido en el mayor de los pesimismos en muchos aspectos de su vida y durante una gran parte de su historia, el sólo hecho de tener posibilidades, tradúzcase como “esperanzas” es un gran avance.

Lo que nos lleva a la segunda diferencia cualitativa de los casos estudiados por Taylor: la voluntad política. Ninguna autoridad de alto nivel estará presente el próximo lunes para presenciar el fallo de La Haya; durante los últimos años, las relaciones entre ambos Estados han sido percibidas por la mayor parte de la comunidad internacional como atrapadas en un momento de estancamiento conflictivo; sin mencionar que la inestabilidad política golpea a la región como un todo, atravesada por cambios de regímenes que muchas veces pasan por lo violento o por lo menos por periodos de inestabilidad política que hacen de lo diplomático e internacional algo muy contingente y, lamentablemente, coyuntural.

Dicen que en las relaciones internacionales la escuela más influyente es la del realismo, que establece que los Estados buscan maximizar sus beneficios así sea en perjuicio de los otros Estados, y donde no existe un poder central o autoridad mundial capaz de imponer un orden común a todos con la misma efectividad que puede hacerlo un gobierno sobre su propio territorio. En otras palabras, un mundo donde la política, a pesar de sus elegantes revestimientos, no puede dejar de ser la cruda política, con relaciones de poder muy fácilmente perceptibles. Chile, nos guste o no, es un país mucho más poderoso que Bolivia en muchos aspectos.

De ahí se podía esperar sólo dos reacciones por parte de su Estado: o continuar con un comportamiento tímido y resignado, donde no se ganaba nada en absoluto o se debía aceptar que las cosas estaban fuera de nuestras manos; o atreverse a sacudir el bote a riesgo de empeorar las relaciones pero también con posibilidades de mejorar su posición en ésta relación de poder tremendamente asimétrica. Bolivia no tenía nada que perder, pero sí mucho por ganar. Si se quedaba atrapada en la misma posición pasiva que anteriores gobiernos, incluso, se podría haber perdido mucho más ante un Estado que ya ha violado la integridad de nuestro país de muchas otras formas incluso después de la Guerra del Pacífico. Bolivia, como Estado débil en la dinámica internacional, debía en definitiva, adoptar posiciones más asertivas.


*         Politólogo.


 

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