octubre 29, 2020

Anti patria

La presencia de Evo morales siempre los incomodó y nunca fueron los comprometidos políticos, hoy en oposición, pro indígenas súper-demócratas y defensores de la naturaleza que conocemos hoy. Por ello, si la derrota del país entero era necesaria para deshacerse del perturbador caudillo, que así sea, seguramente pensaron. Las palabras de Jaime Paz Zamora no fueron ningún arrebato (“más importante que el mar, para mi es la democracia”).

Al contrario, fueron aleccionadoras, y un nítido reflejo de cómo es que piensan los actuales políticos opositores a éste gobierno. Prefieren una dictadura de botas a una dictadura de ojotas (Pierola Dixit) Por ello, lo que fue en realidad una nueva humillación histórica para Bolivia y para todos los pueblos oprimidos del mundo (todos los pueblos que sufrieron algún tipo de despojo territorial o simbólico), para otros fue la gran derrota de Evo.

No podrían estar más felices. Al fin y al cabo, no tenían porque compartir las “esperanzas infantiles” de un líder y su pueblo, las de un mar azul para Bolivia, que forman ya parte de la pedagogía nacional, se vea por donde se lo vea. No, ellos son cosmopolitas bien globalizados que no creen en fronteras, nacionalismos baratos, antiimperialismos patrioteros y menos aún en chauvinismos tan pasados de moda como esa palabrita… “soberanía”.

No, si el mundo ha cambiado mucho, dicen ellos, creyendo pertenecer a algo así como una comunidad planetaria de bien pensantes y almas bellas. ¡Más allá de las fronteras! ¿Para qué ser boliviano? ¿Para qué molestarse?
Es justo admitirlo, eso de “lobo, ahí viene el lobo” ya estaba agotándonos a todos. Ver al imperio detrás de cada escándalo, detrás de cada metida de pata cometida por el gobierno y sus seguidores desgastó un discurso que hasta hace un par de décadas era defendido solemnemente por otra izquierda menos efectiva en la cancha política, pero consecuente a pesar de todo. No obstante, hay una diferencia entre reírse y encontrar cómicos los comentarios que ven a personeros de la Embajada detrás de cada esquina y otra, muy diferente y mezquina es ofenderse porque un presidente indígena de un país pequeño y pobre le diga un par de verdades incómodas al presidente del país más poderoso del mundo. Y no es como si fuéramos los primeros. No es como si Evo hubiera mentido o inventado cosas.

No es como si Trump fuera el hombre más respetado del mundo, por cierto. No deja de ser una anécdota aleccionadora. Pero incluso así, aún así para ellos es una falta de respeto al orden de las cosas. “¡Cómo se atreve!”, exclaman. De seguro piden disculpas por su presidente, a alguno de sus amigos primermundistas a los cuales siempre tratan de arrimarse. Bueno, los hemos visto a muchos de ellos festejando el 4 de julio en la embajada ¡qué más se puede esperar!

Ahora, envalentonados y borrando con el codo lo que escribieron con sus manos ¡en la prensa!, se alegran por la derrota de su país. ¡Es que parece una broma! Es que parecen los hijos de Arce, el presidente de los ferrocarriles, que hizo escuela al unirse al enemigo para sentir por lo menos algo de victoria. Es cómo volver al siglo XIX. El fallo de la Haya les ha dado otro respiro, como les da cada crisis que estalla. Pero sus permanentes fracasos para ofrecerle algo diferente al país son pruebas casi sintomáticas de la decadencia de sus proyectos, si los tienen, y sobre todo, de sus ideas.

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