Editorial La Época-. La oposición está desarrollando una estrategia, cada vez menos concertada en algunos niveles, aunque no menos agresiva, contra la continuidad del proceso de cambio y la permanencia del presidente Evo Morales: las acciones callejeras en las calles, acciones ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos (OEA) y la línea electoral para enfrentar las elecciones primarias y generales de enero y octubre del siguiente año, respectivamente.
Las acciones en las calles es la que mayor nivel de coordinación tiene, pues sus actores son las plataformas ciudadanas que, si bien se han dispersado producto de los “amarres electorales” con los partidos, todavía guardan algún nivel básico de coordinación. La provocación al presidente Evo Morales en Potosí es una prueba de ello. Todas ellas, más los comités cívicos de algunos departamentos, se preparan para una movilización y vigilia desde el 6 de diciembre, ya que el TSE deberá hacer conocer hasta el 8 de ese mismo mes la lista de los binomios habilitados para las elecciones primarias del 27 de enero de 2019. El objetivo común, amparados en el resultado del 21 de febrero de 2016 e ignorando la sentencia constitucional del 28 de noviembre de 2017, es evitar que el binomio Evo Morales y Álvaro García Linera sea habilitado.
El segundo frente de la oposición contra el gobierno también tiene un mínimo de articulación es el internacional, sobre todo ante la CIDH y en menor medida ante la OEA. Si bien el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, es la punta de lanza de la contraofensiva estadounidense contra los gobiernos progresistas y de izquierda, en los últimos meses se nota una notoria debilidad producto de la imposibilidad que ha tenido, hasta ahora, de derrocar al gobierno Bolivariano de Nicolás Maduro. Pues bien, la oposición boliviana, con plataformas y partidos, está buscando que la CIDH adopte alguna medida cautelar contra el gobierno del presidente Evo Morales.
La oposición, desde una perspectiva internacional, no es huérfana. Es un actor plenamente subordinado a los factores externos de poder e inconsecuente con su discurso. Basta ver su celebración, unos más emotivos que otros, por la victoria del ultraderechista Jair Bolsonaro. Puede más su odio a la izquierda y su rechazo a la participación popular que honrar su dizque compromiso con la democracia, pues nadie que se reconozca honestamente liberal en ese campo político podría festejar el llamado a la violencia, el uso de armas al momento de sufragar, la salida de los militares a las calles para celebrar el triunfo sobre el candidato del PT y el asesinado de delincuentes que ya está cometiendo la policía y que en número ha aumentado desde que Bolsonaro bajó la bandera aún sin haber sido posesionado.
El tercer frente es el electoral. Aquí la oposición se ha fragmentado y aunque podrían unirse antes de las elecciones de octubre, es evidente que ha dado señales de ser la reedición de los partidos que gobernaron dos décadas de neoliberalismo y de que no cuentan con un sólido liderazgo nacional ni mucho menos con una propuesta alternativa. Caudillismo, mesianismo y figuración caracteriza a la oposición.

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