mayo 10, 2026

Transfobia e impunidad


Por Rosario Aquím Chávez-.


Hace unas semanas, fue asesinada, nuestra hermana Litzy Hurtado, con una puñalada en el corazón. La mataron por ser una mujer transgénero. El crimen ocurrió en la Discoteca “El Chocolate” de la ciudad de El Alto, justo la noche en que se festejaba el bachillerato de otra compañera trans. Con este asesinato, suman y siguen, los más de 90 casos de crímenes de odio que hasta hoy, permanecen impunes en nuestro país.

¿De dónde nace este odio irracional contra las mujeres trans? Una de nuestras hipótesis, es que, el mismo se debe a la ignorancia, al desconocimiento, a la falta de información de la gente, respecto al tema; dado que el Estado y sus instituciones han prestado poca atención a la comprensión del sexo, el género y la sexualidad en el país en general y, en las distintas culturas del Estado Plurinacional, en particular. Ni que decir, de la nula preocupación por tener una mirada más amplia, hacia lo que ocurre en otras latitudes.

La ceguera que se ha mantenido hasta hoy, ha llevado a los Estados, (el nuestro no es la excepción) a reducir en las Constituciones Políticas y por ende, en las políticas públicas, el régimen sexo/género/sexualidad, al bipolarismo: hembra-macho; femenino-masculino-heterosexual, desconociendo la presencia, en el quehacer político y social, de otras subjetividades sexo/género/sexuales, presentes en las sociedades, como por ejemplo: los lakota de los cheyenne, los nadl-e de los navajos, los sererr de los pohot de Kenia o los hijra de India, como lo demuestra el estudio realizado, por José Antonio Nieto.

Otras sociedades recogidas en este estudio son: la sociedad pima del sudoeste norteamericano, la mohaver de California o la sociedad azande de África oriental. A ellas se añaden una serie de figuras institucionalizadas como los bardaches de las distintas sociedades norteamericanas y norteasiáticas, mahu de Tahití, fa’afajine de Samoa, iparia de Indonesia, xanith de Omán, washoga de Mombasa, acault de Myanmar, bayot-lakin-on de Cebú, kathoey de Tailandia, manang hali de los Iban y los chukchee de Siberia. En esta última cultura se conocen cuatro categorías de género. A diferencia de las sociedades occidentales, para todas estas culturas, la anatomía nunca ha sido un destino, como tampoco lo es, para nuestra comunidad transgenérica.

En estas sociedades, las personas transgénero, transexuales e intersexuadas, no son sometidas a la “normalización” hombre o mujer como sucede en las culturas de herencia occidental como la nuestra; al contrario pertenecen a una categoría sagrada, se les atribuye poderes de mediación entre mujeres y hombres, poderes curativos o se les considera portadores/as de prosperidad y bendiciones para la comunidad.

Sin embargo, para la concepción occidental del sistema sexo-género-sexualidad, la transexualidad, la transgeneridad y la intersexualidad eran patologías, por lo que se hacía necesaria la intervención quirúrgica de reasignación, basada en la creencia médica de que era preciso aliviar el sufrimiento que produce el tener un género (psicológico) y un sexo (biológico) diferentes. Consecuentemente, tras su conceptualización, en la década de los cincuenta, proliferaron las clínicas de reasignación de sexo y el aumento de profesionales en la materia, a la par que se elaboraban criterios y protocolos para detectar al verdadero/a transexual que podría acceder al cambio de sexo para eliminar unos genitales que no se sentía como propios.

De este modo, los criterios médicos han ido construyendo a las propias personas transexuales, que se han visto obligadas a identificarse con las concepciones más clásicas de la feminidad y la masculinidad. Sin embargo, estos prototipos pretenden una homogeneidad, que difícilmente encaja en la diversidad de las experiencias personales, y responden al viejo supuesto biologista heterosexista de mujer-vagina y hombre-pene. Aunque muchos/as transexuales tengan como meta una intervención quirúrgica para reafirmar su género, (en muchos casos para la obtención de un sexo legal); lo cierto es que, muchas personas transexuales no experimentan dificultades con sus genitales, al contrario, éstos les proporcionan muchos placeres y satisfacciones. Operarse es una opción más, dentro de las múltiples posibilidades de la persona trans.

La realidad transexual permite reconocer, que frente a la concepción biologista bipolar del sexo-género-sexualidad existen identidades múltiples, lo que se manifiesta con mayor claridad en el caso de los/as transexuales no operados/as, que muestran una creciente aceptación y reafirmación de sí, sin tener que recurrir a operaciones quirúrgicas, esto es, sin tener que responder a la exigencia de ser una mujer “verdadera” o un hombre “verdadero”. Comprender esta realidad y respetar lo que la misma significa, es aún un gran desafío para nuestra sociedad y una tarea urgente para el Estado y sus instituciones, toda vez que, no hacerlo seguirá mostrando la complicidad que todos ellos guardan, con la criminalidad impune.

¡Justicia para Litzy…! ¡y para todos los crímenes de odio, que aún permanecen impunes…!

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