abril 4, 2020

La nación Tsimane y el mito del buen salvaje

“El Vivir Bien y la plurinacionalidad se construirán sobre el diálogo de saberes y la voluntad popular”

Por SEBASTIÁN MOSCOSO PAZ *-.


Muchos de los desafíos entrelazados de este siglo se podrán enfrentar solo si partimos de la premisa que el bienestar humano y el de los sistemas ecológicos, es decir, su funcionalidad, son totalmente compatibles. Sin embargo, hacer realidad esta idea se vuelve un trabajo complicado cuando algunas malas comprensiones sobre nuestra especie y su entorno se encuentran tan ampliamente difundidas. Quizás una de las más importantes sea el mito del “buen salvaje”, quienes viven en perfecta armonía y felicidad con la “naturaleza”. Bajo esta visión, los pueblos indígenas son “guardianes de la naturaleza”. Ellos y ellas están inmersos en un edén estático, que les provee un estado de pleno del cuan brota una sabiduría casi innata para la conservación de la “naturaleza prístina”.

Pero la realidad es compleja y los sistemas culturales en nuestra especie también lo son. Además, toda cultura tiene sus contradicciones y trueques (en otras palabras, no hay mal que por bien no venga, que no se puede tener la chancha y los veinte).

Un buen ejemplo de esto es la nación Tsimane. Compuesta por al menos 120 comunidades y múltiples grupos casi nómadas, entre Cochabamba y Beni, ingresó al escenario político y académico cuando la resistencia indígena de tierras bajas se cristalizó en la Marcha por el Territorio y la Dignidad. Desde entonces, los Tsimane se convirtieron en miel para la antropología moderna, que les utilizó para estudiar sociedades no agricultoras. Gracias a ello disponemos de mucha información sobre sus relaciones con el entorno.

Existe evidencia para creer que gran parte de las prácticas Tsimane son beneficiosas para los ecosistemas. Por ejemplo, la quema controlada de pequeñas superficies de bosque que da lugar a pastos frescos que alimentan a chanchos de monte, venados y antas. Con esta, los animales aumentan en número y los Tsimane obtienen carne de monte. También se sabe de comunidades que cultivan hasta 28 especies vegetales cerca de sus viviendas, lo que significa un mayor número de especies en la zona y beneficios adicionales para especies como aves, hormigas, monos y otros. Adicionalmente, prohíben la caza de hembras con crías, los machos más grandes o la totalidad de animales de una manada. Estas prácticas ecológicas son, en buen número, producto de normas vinculadas a los espíritus o amos del monte, las que al ser violadas acarrean graves consecuencias, generalmente enfermedades y muerte.

Adicionalmente, este estilo de vida basado en recorrer el monte y la continua mudanza de asentamientos, provee beneficios para la salud. Primero, la dieta variada suministra los nutrientes necesarios para el buen funcionamiento del organismo. Segundo, el uso constante y diverso del cuerpo implica formas de ejercicio más eficientes que algún curso de yoga. Y tercero, el tiempo de trabajo que requiere la búsqueda de especies es mucho menor a la jornada laboral de cualquier persona en la modernidad. Todo esto genera un ambiente propicio para que la incidencia de enfermedades que abaten al mundo moderno, como el cáncer, la diabetes o las de tipo cardiovascular, sea bajísima.

Pero no todo es color de rosas. La esperanza de vida promedio de una persona Tsimane es de 43 años y la tasa de mortalidad infantil es alarmantemente alta en las comunidades más alejadas de la urbe (tres de cada 10 mueren antes de los cinco años), siendo esto generalmente el resultado de infecciones respiratorias y gastrointestinales. De igual manera, las mujeres presentan al menos 50% más de probabilidades de morir que los hombres, sobre todo por complicaciones durante el embarazo y el parto. Múltiples autores sugieren que estos indicadores se explican por una pobre atención médica y creencias culturales que vinculan enfermedades al incumplimiento de normas culturales.

La realidad es siempre compleja. A la luz de estos pocos datos, surgen muchísimas preguntas y unas cuantas sólidas e importantes certezas. ¿Cómo conciliar que el mismo grupo de creencias que asegura el bienestar del ecosistema sea el que también esté detrás de una significativa proporción en la alta mortalidad Tsimane? ¿Qué luces puede proporcionar la autonomía indígena al respecto? El gran logro de Occidente ha sido asociar las enfermedades a microorganismos, por lo que vale preguntarse ¿cómo separar el conocimiento útil en la ciencia moderna de aquel que ha derivado en herramientas de opresión? Para responder, algunas certezas resultan vitales: por ejemplo, todo conflicto socio-ambiental debe resolverse en el marco de la soberanía de las naciones indígenas originarias y campesinas. El Vivir Bien y la plurinacionalidad se construirán sobre el diálogo de saberes y la voluntad popular. Y la última y quizás la más importante certeza, la élite racista teñida de modernidad y desarrollo está muy lejos de comprender este tipo de complejidades y aún más de resolverlas.


* Biólogo y miembro del Movimiento Insurgente

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