mayo 25, 2020

La geopolítica del miedo: coronavirus


Por Juan Carlos Pinto Quintanilla -.


La globalización del miedo

La negación de la globalización desde algunas políticas conservadoras, dentro el propio capitalismo, con la que iniciamos este nuevo tiempo, hacía pensar y alentar a algunos políticos e intelectuales, tanto de la derecha como de la propia izquierda, la idea de que el capitalismo asumiría una mirada cada vez más local desde la perspectiva de Trump o de los propios europeos, permitiendo que el mundo pueda desarrollar una idea cada vez más democrática e integradora de la humanidad. Sin embargo, la geopolítica del poder nos trajo de vuelta a la realidad, y las confrontaciones bélicas por los recursos fundamentales energéticos estuvieron acompañados de invasiones, guerras y genocidios por no solo la pérdida de recursos específicos necesarios para sostener el sistema del primer mundo, sino sobre todo para sostener una lucha por la hegemonía mundial, donde Estados Unidos llevaba las de perder frente a un mercado cada vez más adverso que lo ha convertido en el Estado con mayor deuda interna en el mundo y prácticamente hipotecado frente al poderío industrial chino.

De esta manera, las convulsiones mundiales, fueron parte no solo de esta disputa, sino también por la de generar mercado a la tecnología bélica de las empresas norteamericanas que continúan siendo de las primeras en el mercado mundial, y el sostén fundamental de sus gobiernos sean estos demócratas o republicanos. Lo propio respecto a los grandes contingentes de soldados desplazados en las más de 600 bases militares emplazadas en todo el mundo, que le permite al Estado norteamericano trasladar un gran contingente humano, sin un real empleo, en las tareas propias de la dominación mundial; así como ingentes cantidades de material bélico que son proporcionadas por las empresas de la guerra que lucran vendiendo su producción al dominio norteamericano como a todos los Estados involucrados o por involucrar en guerras de distinto nivel.  Pese a todo ello, las confrontaciones por el mercado, hace mucho que se vieron complementadas con otros medios que van más allá de lo bélico.

Las guerras de la información se convirtieron en un frente fundamental, tanto en los canales de información clásicos como en las nacientes redes sociales, que generaron una infinidad de posibilidades de influir en la sociedad y los individuos, sobre sus comportamientos y elecciones posibles, junto a una vigilancia que se cierne sobre la ciudadanía mundial. Pero aún más se han estado ensayando desde hace mucho formas de intervención que permitan además de producir las bajas esperadas en una confrontación, las consecuencias del desarme moral del considerado enemigo y sobre todo la extensión irrestricta del miedo como parte de la estrategia de la geopolítica de dominación.

Las guerras bacteriológicas

De esta manera, la llamada guerra bacteriológica que ha sido desencadenada por el belicismo norteamericano, ha experimentado con virus y bacterias que han sido parte de las pandemias desatadas en el último tiempo; y ahora confirmada por los investigadores de que el caso del coronavirus ha sido introducido en China por el Ejército norteamericano, como parte de esta confrontación mundial por la hegemonía de los mercados y las fuentes energéticas. Solo que en un riesgo no controlado, la pandemia en un mundo globalizado ha logrado expandirse a prácticamente casi todos los países del planeta.

Sin embargo, en un efecto no esperado, pero que resulta de la conformación autoritaria de los Estados en el capitalismo, encontramos que bajo la estrategia  del miedo, el poder autoritario del Estado vuelve a cobrar vigencia a nombre de todos por la salud y la seguridad de todos. El miedo que nos atomiza y nos deja en la inseguridad absoluta de manera personal y familiar busca seguridad, y como dice Zizek, la soledad que ya el sistema capitalista ha generado entre nosotros, y principalmente en el primer mundo, es todavía más acentuada en el aislamiento al que los sistemas de cuarentena a los que Estados han sometido a sus poblaciones: como buscando imprimir en la psiquis de la ciudadanía que solo existes si el Estado quiere que existas. Esta condición se ve reflejada en el siguiente testimonio:

“…Todo encaja para un guion. Unos días antes el miedo desata una paranoia colectiva, la gente se vuelca a las calles para vaciar los supermercados, comprar, comprar y arrasar con los productos de higiene se convierte en un objetivo en sí, hay tensión entre la ciudadanía… Los grupos totalitarios se ensañan  contra una comunidad a la que se le considera causante del mal, la xenofobia se propaga igual que el virus…  Los que pueden se desplazan a otras ciudades desesperadamente, esto ocasiona una tensión entre la ciudadanía, el rechazo a la gente desplazada se viraliza, en algunos lugares hacen barricadas para impedir que la gente desplazada ingrese a las ciudades.

La prensa alimenta en miedo. Mientras tanto el Estado planifica las estrategias para someter la  voluntad de la población, la ley marcial empieza de forma paulatina en diferentes ciudades,  nadie puede salir de sus casas, salvo excepciones, la Policía y el Ejército salen a las calles para reprimir a la disidencia, los drones sobrevuelan para disuadir, protección civil hace sus recorridos por las calles con un altavoz que advierte que no puedes salir,  la gente se alía con la Policía para señalar a la gente que se salta las normas, se cierran las fronteras y las casas se convierten en cárceles… Mientras eso sucede EE.UU. despliega 30.000 soldados en Europa inmunes al virus, llegan para iniciar la Europe Defender 20. Se trata de un ejército militar diseñado para probar estrategias que deben utilizarse en una hipotética guerra…” (Testimonio de Mauri G. migrante boliviana en España).

Ya los miedos occidentales se vieron plasmados en decenas de películas que expresan y difunden el miedo a lo desconocido, y que en definitiva trae consecuencias catastróficas para la humanidad, pero además individualizando el temor y la salvación, en los individuos y sus familias, con el final feliz que todos esperan. También la literatura nos ha ofrecido entre muchos, obras como las de Saramago o Camus, para reflexionar no la salvación de la catástrofe, sino el comportamiento moral de las personas en su relación con el poder, cuando la sobrevivencia está en cuestión y se tiene la opción o del sálvese quien pueda, aceptando plenamente el autoritarismo estatal al que el sistema nos empuja (y que en definitiva seleccionara a los más aptos para la sobrevivencia, contemplando sus interés, recursos y privilegios de clase), o de fortalecer los lazos comunitarios que nos permitirán ver por todos y recuperarnos como humanidad.

Es evidente de que si en el análisis nos quedamos en una visión oficial del poder eminentemente sanitarista, donde se escarban sobre todo nuestros miedos, que se acrecientan e intensifican en los medios y en las creencias populares que complementan las inseguridades; y que tienen como tema fundamental crear certidumbres en el poder vigente personificado en el Estado, que es a quien se atribuye la mágica voluntad de ordenarlo todo y de volvernos al pacto original de perder nuestra libertad a cambio de un sentido iluso de seguridad que en realidad no existe.

Bolivia: pandemia y legitimidad estatal

En Bolivia, con un Estado que asumió plenamente la herencia colonial y republicana, donde los pocos ejercieron la dominación, principalmente a través de las armas del Ejército, y atreviéndose a los escasos momentos de decisión popular donde siempre procuraron amarrar las decisiones del voto a la matriz colonial de quienes están llamados a mandar y quienes solo a votar, encontramos que el poder de las minorías siempre se diluyó en la de sus interés personales, familiares, logieros o de clase; pero nunca en la perspectiva de la mayoría, quienes para ellos simbolizaron históricamente la razón de la dominación colonial y republicana; pero al propio tiempo, necesarios  por su  trabajo, para seguir teniendo un país del que esa minoría pueda seguir sacando réditos, trátese de dictaduras o democracias.

Luego de 14 años en los que históricamente se buscó construir un Estado Plurinacional, que contemplara las mayorías que finalmente son parte de la ciudadanía, se generó un liderazgo importante que dio lugar a grandes cambios y transformaciones que más allá de las propias condiciones económicas dieron lugar a la ciudadanía intercultural, que dio protagonismo a lo indígena originario y campesino en la política y las transformaciones económicas y sociales. En este marco distinto es que se enfrentaron diversas epidemias, en las que a pesar de admitir las grandes carencias en el sistema de salud, se tuvo el liderazgo fundamental y la legitimidad de quién conducía el Proceso de Cambio y generaba credibilidad, a pesar de las torvas miradas discriminadoras de las minorías que incluían al gremio de los médicos, quienes encabezaron las principales protestas políticas de la clase media y del movimiento “pitita”.

Hoy en el país, con una presidenta de transición, cuyo partido las pasadas elecciones obtuvo un respaldo de menos del 5% de la votación; que para sostenerse en el golpe de Estado tuvo que acudir a las FF.AA. y la Policía, para asesinar a más de 35 personas, herir a otras 850 y encarcelar a otras mil; junto a una persecución permanente sobre los dirigentes sociales. Aún más cuando nos referimos a las elecciones que debería celebrarse el próximo 3 de mayo, todas las encuestas señalan como claro ganador al MAS-IPSP con porcentajes que va entre el 33% y el 38.5% (e incluso encuestas que fueron impedidas de difusión que le dan cifras porcentuales cercanas o incluso mayores al 50%, suficiente para lograr la victoria en primera vuelta electoral) y el partido de la presidenta de facto, donde ella es candidata, que ni con los ingentes recursos gubernamentales logra superar el 18%.

En estas condiciones, no existe legitimidad para liderar a nombre de todos el enfrentar la pandemia del coronavirus, sino es a través del miedo instalado a nivel mundial y difundido localmente, que justifique a nombre del bien de todos el volver a instalar el poder represivo del Estado mediante las FF.AA. y la Policía. Y es que en Bolivia han confluido la crisis mundial del capitalismo enfrentado, junto a la crisis política local que provocó un golpe de Estado y ahora una crisis sanitaria, que debe ser leída o interpretada de manera integral. Por eso las medidas sanitarias impulsadas desde el poder a nombre de todos, son medidas de contenido político, que no velan por el conjunto, sino principalmente por las minorías privilegiadas que además de mantener sus posesiones y ganancias, quieren blindarse sanitariamente frente a la mayoría potencialmente infectada por pobre e insalubre.

Pero todavía más a nombre de esta representación de la fuerza, de la represión consensuada por el miedo, se suspenden elecciones y se conduce un régimen de golpe continuado, montado en la fuerza de los acontecimientos y la emergencia de las condiciones mundiales y locales.

Las soluciones del desastre

En medio de la improvisación estatal, que tiene como razón fundamental el sostenerse el mayor tiempo posible en el poder, para desarticular no solo la estatalidad plurinacional creada en el país, sino sobre todo la desarticulación de las organizaciones sociales que han acompañado ese proceso; el factor tiempo es importante para disminuir los porcentajes que sigue sosteniendo el MAS-IPSP sobre la oposición, para generar una suerte de culpa histórica sobre la gestión del Proceso de Cambio sobre la crisis que económica que ellos no supieron controlar, sobre la crisis sanitaria que también para ellos se yergue con el argumento de falta de inversión en salud y equipamiento.

Es evidente que la oposición en su conjunto no tienen una propuesta país que ofrecer, más allá de la oposición unificada frente al Proceso de Cambio, es así que ahora, cuando la fuerza estatal se hace más necesaria que nunca para organizar al conjunto social en torno a tareas y responsabilidades comunes, solo atinan a dictar medidas autoritarias, amenazas y encarcelamientos que evidencian su falta de legitimidad para dirigir de manera integral una crisis como la que vivimos. Su mayor solución, además imitando lo ocurrido en otros países en contextos diferentes, es la del aislamiento, la personificación del problema, pues eres culpable si no te quedas en tu casa, parece el mensaje vedado de si te mueres es tu problema y hazlo en tu casa.

Por eso las soluciones pasan por vaciar las calles, asumiendo además, desde la perspectiva de las minorías, de que todos tienen trabajo seguro, y con sueldo, y no un país donde la mayoría vive del comercio informal o de labores que implican el esfuerzo diario para la sobrevivencia. Entonces el propósito de las medidas antes de cuidar a la ciudadanía es la reivindicar al poder de Estado, desmovilizar a las mayorías, poner en evidencia que más allá de las elecciones se les recuerda quiénes mandan en el país y lo seguirán haciendo, y que bajo ese mandato nos mandan a casa a morir; por cuanto no existe ninguna estrategia sanitaria en positivo, que como poder pudiera haber desarrollado en beneficio de todos.

Desde la experiencia mundial y la demanda social se hace necesario que el Estado sea un gestor de certidumbres mínimas, que más allá de la represión y el aislamiento se preocupe en esta crisis de emergencia sanitaria por adquirir los insumos necesarios de medicinas y vacunas que ya han dado resultados en otros países, desde el lograr apoyo médico de quienes tienen ya adquirida la experiencia para enfrentar esta pandemia.

Existe la necesidad de generar una legitimidad que corresponsabilice a la ciudadanía del control y la participación social, donde no sean los soldados los que realicen un control sanitario en el que no están capacitados, sino la organización barrial o comunal que permita detectar sospechosos, y coordinar con el sistema médico, que además debería crear las condiciones para atender a una población potencial a ser afectada, como una labor de Estado.

Que la solidaridad sea la marca fundamental de la confrontación con la pandemia, que nos afirme socialmente frente al sálvese quien pueda de algunos, que podamos preocuparnos por los más indefensos y desvalidos, que podamos acompañar las condiciones de quienes no pueden guardar cuarentena frente a la disyuntiva de morir de hambre o contagiarse con el coronavirus, con medidas económicas que no solo pospongan el hambre y las deudas, sino que las detengan junto al acompañamiento de las carencias alimenticias a las mayorías que deberá ser una labor permanente de Estado.

En definitiva es necesario recomponer la legitimidad social de la autoridad, aún en medio de situaciones conflictivas como las que vivimos, para recomponernos socialmente, y que el poder de decisión se encuentre más allá del autoritarismo que solo quiere deshacerse del problema, afectando lo menos posible a las minorías, y generando consecuencias para una mayoría, que no solo debe lidiar con los miedos reales e impuestos, sino con la sobrevivencia de cada día, que a la larga será el temor mayor, y será justamente el que prevalecerá en contra del poder del autoritarismo.

Mientras no se reponga la legitimidad de la Democracia debemos seguir construyendo ciudadanía intercultural todos los días, que el autoritarismo no nos haga olvidar el camino recorrido, sino que sea una razón fundamental para que en tiempos como en los que vivimos, sigamos tejiendo solidaridad y comunidad, organización y lucha con todos por un mundo en el que siempre quepamos todos.

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