septiembre 21, 2020

A propósito de la cuarentena y sus irrespetos


Por VERÓNICA NAVIA TEJADA -.


Laja, Segunda Sección Municipal de la Provincia Los Andes del departamento de La Paz, creada el 13 de diciembre de 1960; ahí, en 1548, se realizó la primera fundación de la ciudad de La Paz, si compas, La Paz no se fundó acá en la “hoyada”, sino 35 km más “allacito”.

El municipio de Laja contaba hasta el sábado con aproximadamente 23 mil 673 habitantes (https://laja.site/). Precisamente, el día sábado 28 de marzo, parte de la población se había concentrado para despedir a uno de ellos, un caso aislado se llevó la vida de uno de sus pobladores.
¿Qué hace la gente en esas situaciones? Antropólogos han dedicado gran parte de sus vidas a entender el significado de la muerte y la ritualidad en el entierro.

La muerte para la cultura aymara, según algunos de esos antropólogos, es el paso entre la vida y el “más allá”, de ahí la importancia de lo que viene después. Algunos relatan que de entre los dolientes, se escoge a uno (o una) que se encargue del aseo del cuerpo, que, entre otros requisitos, tiene que estar emparentada o emparentado con la persona fallecida. Todo esto es importante, ya que es parte de la despedida del alma y por eso es triste cuando una persona fallece y no tiene parientes cerca. Para terminar el ritual del aseo, se bota el agua utilizada en un cruce de camino o senda.

Luego, los varones presentes son los encargados de poner el cuerpo en el féretro preparado o escogido y son ellos también los responsables de llevarlo hasta el lugar donde será enterrado.

Mientras sucede todo esto, las mujeres preparan la comida para los presentes y por presentarse, algunos estudiosos afirman que no se percibe aun tristeza en estas labores, como si la tradición significara más que la pérdida.
En el entierro en sí, ya es una muestra clara del sincretismo con la o las religiones traídas por las carabelas, se visten de negro, se reza y se llora; todo con profundo respeto hacia las y los dolientes, pero también para el alma que inicia su propio viaje. Ya se encontrarán, en la fiesta de Todos Santos, pero ese será otro relato.

Es tiempo de que volvamos a Laja. El sábado enterraban a un muerto, y seguramente lo hacían con respeto y con mucho dolor, al final de cuentas la muerte aquí o a 35 km, es triste. Hasta que se aparece alguien, y sin siquiera saludar o presentarse como corresponde a las visitas (o intrusos) los reprende, los despacha a sus casas y les augura la muerte y entierro de sus hijos.

Tal era la euforia de ese alguien, que no esperó explicación alguna, y como quien desprecia el ruido de las bocinas en una trancadera, los mandaba a callar.

Qué diferente hubiera sido si ese alguien, que no es cualquiera, se hubiera acercado, saludado, hubiera presentado sus respetos a la familia y procedido a la explicación de lo decretado por un gobierno transitorio, porque la muerte es triste, aquí o a 35 km más allá. Tuvo la opción, pero no optó por ella, más fácil fue tratar de exprimir miedo en las almas dolientes, cuya única defensa fue pedir “relaciones humanas, señor, tenemos duelo, tenemos derecho”.

Así no, don alguien, así no.


* Socióloga

 

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