Por JULIO A. MURIENTE PÉREZ * -.
Numerosos casos de violencia conyugal han ocurrido en Puerto Rico durante estas semanas de confinamiento general obligatorio, ante la propagación del coronavirus. Esta singular situación ha permitido la exacerbación de un complejo y creciente problema social, que tiene múltiples ramificaciones y consecuencias. Lo que se nos impone como una medida preventiva esencial –quedarnos en nuestras casas– saca a relucir situaciones conflictivas en la familia y sobre todo en las relaciones de pareja –que también encontramos en muchos de nuestros pueblos– y que no debemos subestimar; muchas de las cuales han permanecido subyacentes y que ahora afloran con fuerza.
Tal y como están organizadas nuestras sociedades, en condiciones “normales”, variosde los componentes de una familia moderna solo conviven entre cuatro y seis horas diarias. Las restantes 18 a 20 horas unos y otros están en el embotellamiento, en la escuela, en el trabajo, “en la calle” o durmiendo.
De las cuatro a seis horas restantes, muchos –sobre todo los más jóvenes– están pegados al televisor, al teléfono o la computadora; en la barra, el gimnasio, en el parque, o en alguna otra actividad. El sábado y el domingo se invierten en hacer compra, ir a la ferretería, lavar el carro, la casa y la ropa, entre otras labores.
Va quedando poco tiempo para compartir en familia. El rol de la casa-hogar va degenerando, de lugar donde se supone que se cultive plena libertad y felicidad, en camisa de fuerza o centro de alta tensión.
Ese distanciamiento tan creciente es uno de los factores que explica la gran cantidad de matrimonios que se disuelve en los primeros años; que la tutoría de los hijos e hijas dependa cada vez más de la “pantalla chica”, de las ondas cibernéticas o de desconocidos; la violencia entre parejas, y el maltrato a los menores o a los ancianos. También la agresividad como comportamiento igualmente “normal”, en sociedades en que la perspectiva de género prevaleciente es machista y patriarcal.
Por eso, han pasado varias semanas de encerramiento hogareño y ya hay miles de padres y madres cansados y de hijos e hijas que se sienten aprisionados en las cuatro paredes que comparten con esos adultos insoportables. El aburrimiento es insostenible. De ahí a la intolerancia o los conflictos, hay un tramo muy corto. No nos extrañe que en medio de tanta angustia y sentido de indefensión se disparen, además, las cifras de suicidios, alcoholismo y otras formas de escape a la realidad.
Las diversas actividades culturales promovidas por medios cibernéticos constituyen un aliciente en esta grave situación que, como vemos, va más allá del coronavirus y, peor aún, prevalecerá cuando aparezca la cura para extinguir la pandemia. Quizá también, el sermón universal del Papa Francisco bendiciéndonos desde la estremecedora soledad de la Plaza de San Pedro. ¿Acaso será suficiente?
No es fácil la convivencia forzada en tiempos de coronavirus. Es complicada la tarea de recomponer la concordia familiar cuando la vida cotidiana camina en sentido contrario, desde antes.
Mientras tanto, tendremos que mantenernos en nuestros hogares, con los nuestros. Que siguen siendo los nuestros.
Pues no todo está perdido. Si somos capaces de reconocer las carencias de las sociedades en que vivimos y nos disponemos a transformarlas, más allá del coronavirus, no será en vano que hayamos enfrentado tanta adversidad.
Una vez más, nuestro porvenir depende de nosotros y de nadie más. Hemos de ser los grandes protagonistas de lo que acontezca. No podemos sucumbir a la desesperación, pero tampoco habremos de resignarnos; ni nuestros espíritus van a colapsar.
* Catedrático Universidad de Puerto Rico y dirigente del
Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico

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