octubre 28, 2020

¿Moro vs. Bolsonaro o Moro por Moro?

Rafael Hidalgo Fernández-.


En política dos más dos no suele ser cuatro, ni lo visible refleja de manera cabal el sustrato esencial de los acontecimientos principales. Estos, con frecuencia, pasan inadvertidos.

Ambas premisas podrían ayudar en la búsqueda de las razones de fondo que explican la ruptura que aconteció en Brasil, el pasado 24 de abril, entre el polémico émulo local de Donald Trump y el exjuez Sergio Moro, el mismo que condenó a nueve años y seis meses de cárcel, mediante maniobras procesales espurias y un sinnúmero de mentiras, al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, con el fin deliberado de impedir que este derrotase a Bolsonaro en las elecciones de 2018.

El llamado “divorcio” entre Moro y Bolsonaro, examinado con detenimiento, parece estar encadenado a intereses mayores que los personificados por estos dos hijos predilectos de las élites más reaccionarias del coloso sudamericano.

Estas élites, conforme lo revela el sociólogo Jessé de Souza en su libro A classe média no espelho (“La clase media en el espejo”), no llegan a  800 personas, en el contexto de un país con una población de  más de 211 millones de habitantes. Se trata de una minoría, hoy hegemonizada por el capital financiero, que históricamente ha gobernado en alianza con lo que suele llamarse la “clase media” y con los sectores más retrógrados de las FF.AA.

Esta alianza controla de forma oligopólica los medios de comunicación de alcance nacional; juega un papel decisivo en la enseñanza y en la formación de la ideología dominante, con mucho peso en las universidades; y en tiempos más recientes ha contado con el protagonismo ultraconservador de las iglesias evangélicas fundamentalistas, las que, de paso, suelen tener un fino olfato empresarial, llamativa coincidencia con la agenda de la conocida nueva derecha de los Estados Unidos, y un cada vez más agresivo trabajo de proselitismo político, así como de lucha por copar los principales espacios de poder del Estado. Quedó muy atrás la época del discurso, según el cual, “la política” no les concernía.

La lucha que estas minorías privilegiadas han librado contra los gobiernos de Lula y Dilma, repite los patrones aplicados contra otros gobiernos que intentaron medidas de beneficio popular, aún en los mismos marcos del capitalismo dependiente imperante en el país.

Como hicieron en 1954 contra Getulio Vargas, y en el primer lustro de los 60 contra João Goulart, a los presidentes del Partido de los Trabajadores (PT), Lula y Dilma, los combatieron a partir del mismo argumento: la lucha contra la corrupción, para lo cual esta vez pasaron por alto que ambos facilitaron, de diversos modos, la verdadera lucha contra este flagelo estructural en Brasil.

Ello explica que los promotores del impeachment contra Dilma, no pudieron condenarla por actos específicos de corrupción, porque nunca existieron. Ni a Lula han podido adjudicarle cargos que estén en condiciones de probar, pues tampoco existen.

Las realidades expuestas hasta aquí, como contexto necesario, confirman que estamos ante una operación política de las minorías que concentran la propiedad, el poder y la riqueza en Brasil, para la cual la verdad de los hechos es irrelevante.

A partir de las mentiras Dilma perdió la presidencia, Lula estuvo 580 días injustamente preso y Bolsonaro accedió a la presidencia, y hoy, con todo género de maniobras políticas y paramilitares, busca reelegirse luego de haber degustado, junto a sus hijos y los más cercanos colaboradores, las mieles del poder. Todo ello con la asesoría, el apoyo práctico y el estímulo del circuito de poder que da sustento a Donald Trump, sin olvidar a otros aliados medio-orientales de ambos.

Tanto Moro como Bolsonaro, como se puede demostrar a quien lo demande, no son si no piezas de un ajedrez político que integra ambiciosos planes y numerosas exigencias transnacionales respecto a Brasil como país, y son portavoces de las demandas de las referidas élites  para consolidar el control directo del poder ejecutivo, luego del referido desplazamiento del PT de Planalto.

En virtud de la preeminencia de los referidos “intereses mayores”, se pueden asumir estas cuatro hipótesis preliminares:

  • El episodio Moro-Bolsonaro constituye apenas un indicador más, en un contexto político y social agravado por el coronavirus, de que los grupos de poder responsables del impeachment a Dilma Rousseff trabajan con anticipación, una vez más, para asegurar la continuidad de la obra restauracionista iniciada formalmente el 31 de agosto 2016,  cuando con Michel Temer se reinstala en el país un régimen anuente a las principales demandas del gran capital transnacional, y al sistema de privilegios de las élites aliadas en el país sudamericano.
  • Bolsonaro como figura está dando continuas y erráticas señales de desempeño, retaguardia ética frágil y conductas autoritarias que no convienen a la gobernabilidad del proyecto de dominación que necesitan el gran capital transnacional y sus aliados locales. Ante ello, el juez servil a los intereses políticos y económicos estadounidenses, con apoyo social no desestimable entre sectores de clase media y otros de bajo nivel político, debe ser preservado. Así parece.
  • Moro es, por el origen de su protagonismo público, el hijo predilecto de la Casa Blanca y la comunidad de inteligencia de los Estados Unidos. El actual presidente es la figura útil y tolerada, pero ¿hay que ver hasta cuándo?
  • Si finalmente se confirma que Moro es la figura privilegiada para suceder a Bolsonaro en 2022, ello validaría otras hipótesis relacionadas con la interrelación de intereses entre la derecha internacional y la brasileña, una de ellas, la siguiente: el impeachment contra Dilma y la prisión de Lula, así como el intento por deslegitimar al PT como fuerza política con opciones presidenciales, forman parte de las demandas del gran capital transnacional y de su centro hegemónico, los Estados Unidos, para impedir la transformación de Brasil en potencia emergente, con política exterior altiva y activa, y con una clara línea de paz y cooperación internacional como actor global autónomo. Todo esto y más está en juego.

 Sectores de la derecha se intranquilizan con Bolsonaro

Al día siguiente de la participación del presidente en el acto pro-golpista del pasado domingo 20 de abril, El Estado de S. Paulo, uno de los diarios que mejor expresa las posiciones conservadoras en el país y que, como otros de su línea, facilitó el triunfo de Bolsonaro, hizo afirmaciones como las que siguen, nada menos que en un editorial donde analiza el “precio de la pusilanimidad” (en alusión a las instituciones democráticas):

“El presidente Jair Bolsonaro asumió de una vez que es candidato a caudillo…”

“No es posible decir que Bolsonaro esta vez pasó los limites, pues, en rigor, ya los había sobrepasado cuando, aún militar, se insubordinó o cuando era diputado, que violentó el decoro  parlamentario sucesivas veces. En el primer caso, recibió una pena blanda; en el segundo, ni eso”. Hace esta aseveración para concluir en tono contundente: “O sea, la pusilanimidad de las instituciones al lidiar con Bolsonaro le dieron la seguridad de que, para él, no hay límites, salvo los dictados por su propio proyecto autoritario de poder”.

Apunta a continuación que “es reconfortante, sin embargo, observar que, esta vez, integrantes de todas las instituciones de la República se manifestaron con firmeza contra esa afrenta de Bolsonaro y sus seguidores a la democracia”. Pone de ejemplo, más adelante, la decisión del Procurador General de la República, Augusto Aras, que se mantenía en silencio ante la escalada bolsonarista, y que esta vez decidió investigar la manifestación golpista del domingo 20 de abril.

En tono igualmente duro, añade: “…Será difícil contrariar al presidente, cuya falta de consideración por la opinión ajena, salvo cuando es la de los hijos o de los aduladores que lo cercan, es notoria…”. Para la directiva del diario que fue apoyo de la última dictadura militar, “felizmente, ni la democracia ni la libertad dependen de Jair Bolsonaro. Dependen, exclusivamente, del cumplimiento de la Constitución”. Así de contradictoria es la política que a veces se practica. Pero esta vez acertó.

Luego hace una observación no solo pertinente, sino que retrata el comportamiento retador de Bolsonaro: “Como siempre hizo durante su trayectoria política, está midiendo la disposición de la sociedad de defender el orden democrático por él sistemáticamente amenazado…”.

En este punto del editorial, la directiva del diario revela el papel protagónico que le concede, como figura nacional, a Sergio Moro: “…Se espera que el hasta ahora silente ministro de Justicia… haga honor a su fama de inflexible cruzado de la moralidad y de la ley en el ejercicio del servicio público y manifieste, por lo menos, insatisfacción por el comportamiento impropio de Bolsonaro en la jefatura de la nación”.

Y concluye con esta verdad incuestionable: “…La guerra de Bolsonaro, ya está claro, es contra las instituciones de la República y contra la mayoría absoluta de los brasileños, confrontados por un presidente que solo se importa con el poder…”.

Tres días después de este editorial estalló el conflicto entre Moro y Bolsonaro.

Al respecto, otro de los grandes diarios que propició el impeachment contra Dilma Rousseff y que, de hecho, también favoreció el triunfo del actual Presidente, Folha de S. Paulo, llegó a hablar que “el ala militar del gobierno de Jair Bolsonaro entró en crisis con la renuncia de Sergio Moro como Ministro de Justicia y Seguridad Pública”.

Folha alude, con base en fuentes atribuidas a la corporación castrense, que una de las opciones sobre la mesa de la cúpula militar es el retiro del apoyo al actual presidente, una opción difícil de creer si se toman en consideración los múltiples intereses que tienen las FF.AA. en el actual gobierno, pero que no debe ser subestimada como probable expresión del pensamiento de un sector de las mismas, que valoraba y valora altamente el papel de Moro en el Gobierno y como figura emblemática de la discutible “lucha contra la corrupción” en el país sudamericano.

Si se toma en consideración la alta sensibilidad de los mandos militares por los costos sociales que siguen pagando, en virtud de las atrocidades de la última dictadura, sería previsible que sus figuras más experimentadas en el terreno político presionen por un recambio ordenado y sin traumas, al mejor estilo de la tradición, para que Bolsonaro esté en el lugar que la mayoría del país quiere, esto es, fuera de Planalto.

En los hechos, Bolsonaro con su actuar pro-golpista posibilita que una parte importante de la sociedad, incluida la que no es de izquierda, haya expresado rechazo a la vuelta de los militares al comando omnímodo de los destinos del país.

En este sentido es importante considerar la posición de una figura bien informada como Marcos Coimbra, sociólogo y Presidente del Instituto Vox Populi, quien considera que la principal sustentación que resta Bolsonaro es el Ejército. A este pregunta: “¿Es eso lo que el Ejército quiere? Sustentar un incapaz, sin apoyo popular, en la hora que más precisamos de un liderazgo”.

Personalidades nacionales como Coimbra, que conocen de manera profunda la realidad nacional, quizás omitan verdades que favorezcan al PT y a la izquierda en su conjunto, pero saben perfectamente lo que sucede en el entramado institucional del país y en las FF.AA. en particular. Saben que dentro de estas hay sectores muy preocupados con la peligrosa e irresponsable independencia de criterios con que está actuando el excapitán en diversos terrenos, y ahora ante una pandemia que apenas está dejando sentir sus primeros efectos en un país con un sistema de atención primaria frágil. Ello podría explicar que hayan decidido levantar sus voces de alerta.

Es el caso del experto periodista Janio de Freitas, que nadie puede tildar hoy de izquierdista militante. Este escribe, a propósito de una foto que fue concebida para mostrar el apoyo de los militares en el gobierno a Bolsonaro: “Los militares precisan hacer un examen honesto y profundo de su relación con el país”. Y recuerda a renglón seguido lo dicho hace un año atrás por el general y hoy vicepresidente Hamilton Mourao: “Si el gobierno falla, la cuenta irá para las Fuerzas Armadas”.

Dicho lo anterior, añade Freitas: “¿Se justifica entonces la pregunta: qué más, y más grave, aún precisará ocurrir para que los representantes de las Fuerzas Armadas en el gobierno se desvinculen, al final, de la responsabilidad por la catástrofe moral y gubernamental que arrasa este país?”

Más adelante, con matices de indignación, el reconocido periodista afirma: “La presencia de esos representantes junto a los Bolsonaro, su tropa y sus relaciones cavernícolas hace mal a las Fuerzas Armadas como institución, las deforma otra vez y las desmoraliza. Y hace mal al país con la aceptación y el apoyo, en aparentes expresiones de concordancia, a los desvaríos, los nexos con las milicias (paramilitares), mentiras, fraudes, traiciones, incidentes internacionales, incentivos a la violencia generalizada, medidas antisociales, crímenes de responsabilidad y crímenes contra la humanidad por los cuales Bolsonaro debería responder. De preferencia, con esposas, porque es peligroso”.

En medio del debate, de nuevo el diario El Estado de São Paulo accionó sus relaciones y escuchó el parecer de distintos procuradores de justicia. Estos identificaron siete crímenes por los cuales Bolsonaro podría ser objeto de impeachment: de responsabilidad, de falsedad ideológica, de prevaricación, de coacción, de corrupción, de abogacía administrativa y de obstrucción a la justicia. Solo el crimen de responsabilidad puede llevar a la pérdida del cargo y a la inhabilitación administrativa por cinco años.

Después de una etapa de llamativo silencio, la Procuraduría General de la República decidió remitir al Supremo Tribunal Federal (STF) una solicitud de investigación de las declaraciones de Sergio Moro, una de las cuales atribuye a Bolsonaro el interés de controlar directamente al máximo jefe de la Policía Federal, en un intento por paralizar investigaciones que revelan distintos ilícitos de sus hijos y otros colaboradores. El STF entregó la solicitud al magistrado Celso de Mello, decano de la corte, uno de los miembros de esta más críticos a Bolsonaro. La “novela” está en desarrollo.

Ilustran el nivel de descontento las preocupaciones del expresidente Fernando Henrique Cardoso, figura emblemática del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), las expresadas por el Colegio de Abogados de Brasil, así como la multiplicación de pedidos de impeachment. Unos 20 ya están en manos del presidente de la Cámara Federal. Parte de ellos no tuvo origen en la izquierda, sobre cuyas posiciones ante la crisis no se ha hecho, intencionadamente, alusión alguna en estas notas. Regístrese este dato.

¿En qué momento de la coyuntura estamos?

Bolsonaro y sus mentores saben que el coronavirus y otros factores políticos mantienen a las fuerzas de izquierda y progresistas fuera de las calles, “por ahora”, como en su momento dijo Chávez en Venezuela, y piensan que por ello podrían ganar tiempo. Comienza, así, una disputa de espacios de poder y de lucha contra el tiempo entre el bolsonarismo y sus diversos oponentes: distintas agendas se instalan, de manera no formal, de cara a las elecciones presidenciales del 2022.

Es incuestionable que en las condiciones de Brasil puede sobrevivir un presidente con bajísima popularidad, si cuenta con el apoyo de los demás poderes del Estado y, sobre todo, si lo ampara el apoyo tutelar de las FF.AA. Bolsonaro, con una base social cautiva de alrededor de un 30%, de seguir su desempeño “trumpista” en el tratamiento del coronavirus, y ahora con la salida de Moro del gobierno, podría iniciar una ruta de pérdida de apoyo social. Hay señales en este sentido.

La gran interrogante es si los mandos castrenses realmente están pensando, como corporación, en salir de Bolsonaro en el corto plazo. Esta idea ha aparecido en los debates de modos diferentes. Hasta el día de hoy, nada indica que esta “solución” tenga asidero real. No obstante, como se expresó al principio, no debe quedar fuera del análisis.

En los hechos, la actuación autoritaria y temeraria del gobierno, y la de Bolsonaro en particular, está aproximando más de lo previsto a las fuerzas de izquierda y democráticas del país.

El acto del Primero de Mayo unió en las redes sociales a expresidentes como Luis Inácio Lula da Silva, Dilma Rousseff y Fernando Henrique Cardoso; a excandidatos presidenciales como  Ciro Gomes y Marina Silva;  a gobernadores como Flavio Dino, que tanto está haciendo en favor de los pobres del país y del nordeste en particular; y a otras figuras que buscan retomar en Brasil la construcción de un proyecto de justicia social más participativo y al servicio de las mayorías pobres.

Un gran frente por la democracia, como lo defienden el prestigioso excanciller Celso Amorin y el Partido Comunista de Brasil, entre otros actores, parece estar tomando cuerpo.

Cada uno de los actores políticos antes mencionados tratará de lograr, cuanto antes, sus propios objetivos de corto y medio plazo, solo que ahora el coronavirus remite la disputa a un terreno que afecta a todos por igual, a la izquierda y a la derecha, a los neoliberales y los neodesarrollistas, a tirios y a troyanos: el terreno de la vida misma, el de la sobrevivencia, ante un virus que en este punto no cree en colores políticos, ni en creencias religiosas.

Y, finalmente, Sergio Moro está entrando en una zona de turbulencias, pues el inquilino de Planalto es “de personalidad impulsiva, cultura mediocre y talento discutible… (pero)  sí no puede ser cuestionado por estos dos rasgos definitorios de su personalidad: defiende con terquedad sus ideas retrógradas y es, de forma verificable, obstinado a la hora de llevarlas a la práctica”. Desde este perfil,  expresado en el artículo “Jair Bolsonaro: autorretrato de un fascista”, hay razones para pensar que el exjuez tendrá por delante una pelea dura.

Tendremos tiempo para confirmar si lo sucedido el 24 de abril es, o no, un paso anticipado del Moro por Moro.


* Sociólogo y analista político

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