septiembre 19, 2021

¿Qué espera América Latina de Joe Biden?

Por Roberto Regalado Álvarez-.


La toma de posesión de Joseph R. Biden como el 46 presidente de Estados Unidos de América, el 20 de enero de 2021, plantea la interrogante de en qué medida revertirá o aliviará las políticas extremistas de su predecesor, Donald J. Trump, en particular, si el mandatario entrante asumirá el discurso hacia América Latina y el Caribe pronunciado por Barack H. Obama en la Cumbre de las Américas de Puerto Príncipe, el 17 de abril de 2009, donde dijo: “debemos unirnos en nombre de nuestra prosperidad común” y “juntos, tenemos que enfrentarnos a cualquier fuerza que separe a nuestros pueblos […] ya sea la pobreza aplastante o la corrupción cáustica, o la exclusión social o el racismo o la discriminación persistente”. El objetivo de este artículo no es predecir qué hará o no hará el gobierno de Biden con respecto a cada punto de la “agenda interamericana”, sino colocar el tema en su contexto histórico, del cual se deriva lo que cabe esperar y no esperar.

Una de las grandes contradicciones de Estados Unidos es el creciente e irreversible abismo existente entre el “sueño americano” –como decía un comercial de la década de 1950: «¡Usted también puede tener un Buick!»–, y la realidad de un imperio decadente, en el que la expectativa de amplios sectores de la población de mantener un nivel de vida en ascenso se basó en un monopolio productivo, financiero y científico-técnico que solo existió en los 25 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, es decir, en el lapso de tiempo que Europa tardó en reconstruir su economía y Japón en relanzar la suya. Desde entonces, la supremacía de Estados Unidos no cesa de erosionarse y ha tenido que usar su poderío, que sigue siendo considerable, para “echarle encima” al resto del mundo los costos de una sociedad que consume y derrocha más de lo que produce.

Mediante los llamados shocks de Nixon –que incluyeron la cancelación unilateral de la paridad dólar-oro acordada en Bretton Woods; el aumento del 10% de los impuestos a las importaciones; las presiones a los productores de textiles asiáticos para que limitaran sus exportaciones a Estados Unidos y las devaluaciones del dólar realizadas en 1971 y 1973–, su administración (1969-1973-1974) se atrincheró en la defensa del mercado interno y aceptó como inevitable el deterioro de la supremacía mundial del imperialismo norteamericano, el cual intentó amortiguar con el establecimiento de un nuevo “balance de poder mundial” que le permitiera mantener la hegemonía en un contexto internacional más equilibrado, cuyo ideólogo fue Henry Kissinger.

La globalización neoliberal de la administración de Ronald Reagan (1981-1985-1989) fue una nueva forma y magnitud de “descargar” sobre “los demás” la secuela de la brecha estadounidense entre producción y derroche, mediante la apertura y desregulación de las economías nacionales, con efectos devastadores para la gran mayoría de los países subdesarrollados en beneficio de las grandes potencias, ante todo de los propios Estados Unidos. Con Reagan no habría un “balance de poder mundial”. Los aliados tendrían que pagar la parte del precio del mantenimiento de la dominación imperialista mundial que el gobierno estadounidense determinara que les correspondía, y a la URSS no solo se le negaría el reconocimiento de sus “esferas de influencia”, sino incluso el de su derecho a existir: la doctrina de la “contención del comunismo” fue sustituida por la doctrina de la “reversión del comunismo”.

La política proteccionista de la administración Trump, en la que resalta su guerra económica y comercial contra China, las sanciones contra Rusia y los choques con Europa Occidental, a los que se suma la retirada de todo tipo de acuerdos y organismos internacionales, indica que el retraso productivo-tecnológico es tal que, a pesar de que Estados Unidos sacó la “tajada del león” de la globalización neoliberal, ya en la década de 2010 su economía necesitaba “librarse” de una carga aún mayor del insostenible «american way of life».

El problema es que ningún candidato presidencial de Estados Unidos, y muy pocos candidatos a cualquier cargo de elección pública, con excepciones como Bernie Sanders, se atreven a reconocer que Santa Claus (los tres Reyes Magos en el caso de América Latina) no existe; con otras palabras, que el “sueño americano” de la postguerra se esfumó hace mucho tiempo y nunca volverá. Por eso, culpan y “castigan” a “los chinos”, “los rusos”, “los árabes”, “los iraníes”, los migrantes y los ambientalistas, entre otros. Por eso las campañas electorales son solo shows mediáticos, sin relación con la política real que promoverán o defenderán las y los candidatos triunfantes. Y, por eso se multiplica la polarización social de la que emergen, por una parte, movimientos como Black Lives Matter, y por la otra, grupos extremistas y supremacistas como los Proud Boys.

En la historia de Estados Unidos solo hubo un momento en el que, de manera fugaz, prevaleció la intención de reconocer los límites de su poder y moderar la agresividad de su política exterior. Fue durante la presidencia interina de Gerald Ford (1974-1977) y los inicios del mandato de James Carter (1977-1981). Influida por la breve “ola moralista” desatada por la publicación de Los papeles del Pentágono, el Escándalo de Watergate y la revelación del rol de la administración Nixon en el golpe de Estado en Chile de 1973, la plataforma de política hacia América Latina de la administración Carter se basó en los dos informes de la Comisión Linowitz, publicados en 1974 y 1976, respectivamente.

Las recomendaciones más relevantes contenidas en el informe titulado “Las Américas en un mundo en cambio o Informe Linowitz I”, [1] eran: reconocer la erosión del poder mundial de los Estados Unidos; abandonar la llamada “relación especial” (doctrina Monroe) con América Latina; apegarse a la doctrina de no intervención, y adoptar un enfoque “global” en las relaciones con los países de la Región. Mientras que el informe “Estados Unidos y América Latina: próximos pasos, más conocido como Informe Linowitz II”, [2] elaborado por solicitud de Carter, ya como presidente electo, abogaba por concluir la negociación de los Tratados del Canal de Panamá; hacía recomendaciones sobre Derechos Humanos; invitaba a reabrir un proceso de normalización de relaciones con Cuba; llamaba a reducir la transferencia de armas y evitar la proliferación nuclear en la Región; abogaba por un prisma de “comprensión de la situación y reclamaciones latinoamericanas”, y se pronunciaba por estrechar los intercambios culturales entre Estados Unidos y América Latina.

Poco duró la “ola moralista” en general, y el cumplimiento de los Informes Linowitz en particular. La ofensiva de la “nueva derecha” liderada por Ronald Reagan, no solo obligó a Carter a abandonar y revertir la reforma de la política exterior estadounidense que se había propuesto realizar, sino también facilitó la elección de Reagan –y, por supuesto, la derrota de Carter– en la elección presidencial de 1980 y, más aún, corrió hacia la derecha el fiel de la balanza de la sociedad estadounidense en su conjunto. Cuando con William Clinton (1993-1997-2001) el Partido Demócrata regresó al gobierno, se habían derechizado hasta los exmiembros de la Comisión Linowitz convocados a trabajar en él.

En una coyuntura internacional signada por la crisis terminal de la URSS y el bloque europeo oriental de postguerra y, en lo regional, por el reflujo de la lucha armada revolucionaria, a finales de la década de 1980 e inicios de la de 1990, el gobierno de George H. W. Bush (1989-1993) identificó la necesidad de reconstruir el sistema de dominación continental. Los tres pilares de dicha reconstrucción eran: 1) Pilar político, la implantación de Estados neoliberales en todos los países de la Región –excepto en Cuba–, con gobiernos civiles sometidos a un mecanismo supranacional de “verificación del cumplimiento de las pautas impuestas” y de “sanción de infracciones”, regido por el imperialismo norteamericano, tanto en forma directa como por conducto de las Cumbres de las Américas y la Organización de Estados Americanos (OEA); 2) Pilar económico, la creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que una vez derrotada en la Cumbre de Mar del Plata, en noviembre de 2005, derivó hacia un “Plan B”, consistente en pasar a primer plano los acuerdos de libre comercio bilaterales y subregionales con Estados Unidos, originalmente considerados como complementarios al ALCA; y 3) Pilar militar, la ampliación de la presencia militar directa de Estados Unidos en la Región, mediante la instalación de bases y la refundación de la VII Flota de la Marina.

Las líneas gruesas de la política de Estados Unidos hacia América Latina trazadas por el gobierno de George H. Bush las siguieron todos sus sucesores, incluidos Obama y Trump, aunque con las interrupciones, postergaciones y modificaciones impuestas por las circunstancias, entre ellas, por la elección y reelección de una cantidad considerable de gobiernos de izquierda y progresistas en la Región, contra los que desplegaron la ya bien conocida estrategia de desestabilización de espectro completo, incluida la guerra mediática y la guerra jurídica que desembocan en golpes de Estado o derrotas electorales. Entre las adecuaciones a esa política, resalta que Obama la aplicó con un “discurso”, no necesariamente en todos los casos con un “contenido”, de soft power o smart power, y Trump la aplicó con el discurso amenazante del hard power, pero hubo continuidad entre Obama y Trump del gran diseño general puesto en práctica a principios de la década de 1990.

En resumen, lo que a América Latina le cabe esperar de Joe Biden es la continuidad del diseño general implementado por George H. Bush, con las adecuaciones que su equipo considere necesarias. Lo más probable es que Biden no llegue a los extremos de Trump, quien ya “hizo la tarea” que el sistema de dominación necesitaba, y podría hasta ser sacrificado como chivo expiatorio, pero Trump probablemente provocó –como Reagan– un corrimiento de la sociedad hacia la derecha, que incluirá a los funcionarios que antes trabajaron para Obama y que sean convocados por el nuevo presidente demócrata. En esencia, yo esperaría un soft power o smart power “corridito a la derecha”.


  • Politólogo, Doctor en Ciencias Filosóficas.

1       Comisión sobre las Relaciones Estados Unidos – América Latina: «Las Américas en un mundo en cambio» (conocido como Informe de la Comisión Linowitz I), Washington D. C., 1974.

2       Comisión sobre las Relaciones Estados Unidos – América Latina: «Las Américas en un mundo en cambio» (conocido como Informe de la Comisión Linowitz I), Washington D. C., 1974.

 

Be the first to comment

Deja un comentario