septiembre 19, 2021

De velorios y presentaciones de libros

Por  Homero Carvalho Oliva-.


Los escritores no necesitamos morirnos para que hablen bien de nosotros, suficiente con presentar un libro e invitar a alguien para que lo haga; sin embargo, al igual que en los velorios, asisten los familiares del difunto, sus amigos y algunos conocidos o compañeros de trabajo, de barrio o de colegio; entre ellos, no faltan los desubicados o los que van a hacerse ver, los que van a tomar cafecito o vino, los que se largan tremendos discursos que no tienen nada que ver ni con el muerto ni con el autor, y los que simplemente quieren mandarse la parte hablando de ellos antes que del occiso o del escritor. Tanto en los velorios como en las presentaciones de libros los muertos y los autores tenemos nuestros 15 minutos de fama, ambos son ejercicios de vanidad en los que se celebra al protagonista vivo o muerto.

Elegir a un buen presentador cuando no es un amigo de confianza es un arte, porque se corre el riesgo de que caigamos en el ridículo o abrumemos a los generosos y tolerantes invitados. Para quienes presentan sus primeros libros el acto es muy importante, “de vida o muerte”, es como si el libro fuera una quinceañera que espera que su fiesta de presentación en sociedad sea todo un acontecimiento, que no falten los invitados y que no importa si se cuelan algunos. El padre primerizo no sabe lo que le espera, cree que irá todo el mundo y, aunque se nos advierta que solamente asistirán los parientes más cercanos y los amigos, uno quiere creer que el éxito y las ventas están aseguradas porque nuestro libro es un prodigio que nunca antes fue escrito. ¡Qué la inocencia nos valga! Hace 37 años que publico libros y al principio solamente venían mis amigos y mis familiares. En varias ocasiones he presenciado que en la testera había más personas que en la sala, tan poca gente que uno más y se hubiera notado el gran vacío.

Existen escritores y escritoras que creen que mientras más presentadores hablen de su obra mayor será el número de libros vendidos. Nada más falso, lo único que logran es una jornada tediosa en la que uno repite el discurso del anterior. ¿Qué pueden decir de diferente seis o siete personas de un poemario o de una novela? La cosa se pone tan aburrida que hasta un velorio puede ser más divertido si hay quienes cuenten chistes colorados o anécdotas picantes del difunto. Me ha tocado estar acompañando este tipo de presentaciones y tenía que escuchar y repetir la frase: “como ya dijo mi antecesor”; debo reconocer que también alguna vez lo hice y me arrepiento, les pido perdón a los que tuvieron que aguantarse más de una hora de discursos.

El presentador soberbio

Hay una especie de presentador que cree que la obra que está presentando es una oportunidad única para lucirse y aprovecha el acto para mandarse la parte. Los he escuchado en varias ocasiones, tanto en presentaciones de otros como en las mías. Este espécimen se pone a hablar de otros libros que ha leído, de cómo cierta escena le recordó una ciudad que visitó hace algunos años, que un fragmento le pareció similar a otro de un gran escritor y que estaba seguro que era pura coincidencia, casi no nombra ni la obra ni a su autor, el protagonista de esa noche es él.

El presentador desubicado

El autor invita a una personalidad con la que no tiene amistad pensando que le hará un magnífico comentario y resulta que le sale el tiro por la culata. Fui testigo de algunos de estos casos, en uno de ellos un historiador-presentador rebatió los argumentos del autor de un libro sobre la guerrilla; sin embargo, la más chistosa en la que participé fue en una mesa redonda sobre literatura y política, en que el moderador encargado de presentarnos se tomó 30 de los 36 minutos que disponíamos los cinco invitados para hacer conocer su propia posición con respeto al tema, después de él muchos no quisimos exponer nuestros criterios, porque ya no había tiempo.

También está el presentador que no ha leído la obra y quiere improvisar leyendo la contratapa. A mí me ha pasado que me olvidé de la presentación del libro de una amiga e improvisé hablando de su carrera literaria y de sus otras obras, por supuesto que se dio cuenta y, al terminar, bondadosa ella, me reprochó en voz baja y me hizo sentir mal. Tampoco faltan los que cuentan capítulo por capítulo toda la novela, como si fuera el resumen de un colegial, o leen y explican cada uno de los poemas. Sin embargo, debo reconocer que también algunos autores lo hacemos (mea culpa).

Las cofradías

Los escritores, como los de cualquier otro oficio, nos apandillamos entre nosotros, ya sean en asociaciones, grupos, sociedades o clubes a nivel regional, nacional e internacional. Estos gremios funcionan como cooperativas de ayuda mutua, en las que las presentaciones de libros es un acuerdo tácito: yo te presento y tú me presentas, es decir, hoy por ti mañana por mí. Mención especial merecen los “eventólogos”, los expertos en asistir a eventos, ahora también están activos en las redes sociales para colarse a los enlaces y hacerse notar. En Trinidad había un personaje muy famoso que no se perdía velorio, si él no visitaba al difunto era como si el muertito hubiera sido un don nadie.

“New age”

Los escritores de mi generación gustamos de los actos tradicionales y solemnes en centros culturales, no nos arriesgamos como los jóvenes que hacen presentaciones en boliches, bares y cafés, que se dan el lujo de mezclar literatura con música y exposiciones de artes plásticas, hacen mucha performance y es encantador verlos divertirse haciendo lo que les gusta; además de publicar no solamente libros ya que igual editan sus propios fanzines, sus plaquettes, revistas o poemas sueltos en hojas. De joven, en las décadas de los 70 y 80, también hicimos esas publicaciones y luego nos ganó la solemnidad de la vida, siento nostalgia de esos años prohibidos. En nuestro ambiente literario tampoco faltan los que han pasado los 40 años y siguen creyéndose jóvenes.

Entierro

Al igual que sucede con los muertos, una vez que se los entierra se recobra la realidad y se puede hablar mal de ellos; lo mismo sucede con los libros, toda vez que pasó la presentación será el lector quien dirá si le obra le gustó o no. En el peor de los casos habrá un comentario malintencionado o perverso, pero que no deja de ser publicidad porque hace que se enteren quienes no sabían de la existencia del libro y, por último, como decía mi padre en una de sus famosas dedicatorias: “Les dedico este este nuevo libro para que se muerdan la lengua y se envenenen un poco más acortando sus vidas”; en el mejor de los casos puede ser que un gran crítico escriba algo y deslumbre a los lectores descubriendo simbolismos que el escritor nunca imaginó o los confunda definitivamente haciendo creer que es una obra muy difícil de leer.

Ahora, como consecuencia de la pandemia y el aislamiento obligatorio, y como señala Daniel Espartaco Sánchez: “De las pocas cosas buenas que han traído las redes sociales es que ahora más que nunca podemos prescindir de esos patéticos espectáculos de vanidad llamados presentaciones de libro”, subes la noticia y “todo el mundo se entera”; además hemos optado por las presentaciones “on line”, aunque en algunas de ellas repetimos virtualmente los errores de las presenciales. De igual manera sucede con los velorios, el único problema para los “eventólogos” es que ya no pueden tomar cafecito o vino gratis.


  • Escritor y poeta, Premio Nacional de Novela.

1 comentario en De velorios y presentaciones de libros

  1. Excelente artículo,tan bien escrito y agradable de entender,que sólo un verdadero escritor»autor»,podría hacerlo. Gracias por estos buenos momentos
    que nos hizo pasar…

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