mayo 9, 2021

Cambiemos el modo de hacerlo

Por Javier Reynaldo Delgadillo-.


Luego de las elecciones y sucesión en municipales, una vez que las aguas proselitistas y los empujes partidarios hayan calmado (o por lo menos bajado su intensidad), las nuevas autoridades deberán pensar en cómo gobernar sus ciudades. Esto pasará por el análisis respecto de quiénes los acompañarán, por lo menos, en el arranque de su gestión. Entonces pensarán en los profesionales que les han seguido en la campaña, los que han ayudado en su empoderamiento, legitimación y posicionamiento mediático. Pensarán en las mejores manos para administrar las arcas municipales y departamentales. Pensarán en las llaves y candados que deberán incorporar en su gestión (presuponiendo ingenuamente que todos tenemos un buen corazón y vocación de servicio).

Mientras esto suceda en medio de mítines y reuniones en las que las nuevas autoridades deban lidiar con fuerzas y presiones de sus adeptos, en la calle la gente seguirá intentando sobrevivir y enfrentando las grandes dificultades que se han hecho mucho más evidentes en este tiempo de pandemia. Un pequeño grupo pensará en la conexión a Internet para terminar de ver su serie favorita, la reunión de amigos que se había planificado ya hace bastante tiempo, las vacaciones que se vienen y el regalo de cumpleaños para la pequeña de la casa. En la misma ciudad, otro gran grupo de familias deberá pensar en cuestiones más elementales, como la alimentación de su familia, la respuesta a sus necesidades básicas y le darán una mirada nostálgica a un futuro que parece cada día más incierto. Cada uno de estos grupos que describo piensa en lo inmediato, en las siguientes horas, más allá de lo diferentes que sean sus pensamientos, pero además cavilan todo desde un espacio común, que es su ciudad. Muy pocos en estas circunstancias piensan en los siguientes días después de mañana y de las razones por las que hemos llegado a una proyección tan dudosa de nuestro futuro.

La pandemia ha dejado al descubierto no solamente nuestro endeble sistema de salud, o lo frágil de nuestra economía, o tal vez la poca capacidad que tiene el sistema educativo de innovar sobre la marcha, sino también (y lo veo con muchísima ilusión) la capacidad de las sociedades de mejorar rápidamente y de vivir (a pesar de las dificultades iniciales) en espacios en los que se han dejado de lado (por lo menos por un tiempo) los automóviles, por ejemplo, y hemos desempolvado otras maneras de movilizarnos en la ciudad.

Eso no pasa solamente en Bolivia. El mundo se ha acostumbrado a pensar en las siguientes horas, sin echar el ojo al futuro y a las condiciones en las que este recibirá a las nuevas generaciones. La pandemia y sus consecuencias han hecho esto más recurrente y aún más trágico, pero asimismo ha dejado ver aquellas luces de esperanza con mayor claridad.

Las ciudades, que en nuestro país significan el lugar donde hoy más del 70% de la población vive el día a día del que hablábamos, enfrentarán, de la mano de sus nuevas autoridades, un gran número de encrucijadas sobre las que deberán decidir. Atrás y muy lejano (aunque fuera simplemente hace 14 meses) han quedado aquellas ideas de que las ciudades deben estar pensadas para la mayor cantidad de automóviles o que cuantos más edificios tengamos mejor, o que el agua correrá por donde pueda, siempre que encuentre pendiente suficiente. En la actualidad estos problemas deberán contar con respuestas innovadoras que identifiquen al ser humano y su relación con su entorno y la naturaleza, como el centro de la reflexión.

Si pensamos diferente de cómo pensábamos hace un poco más de un año y desde las nuevas autoridades comenzamos a contemplar, antes de asegurar los espacios de poder, en priorizar las respuestas desde lo público a las necesidades urgentes, proyectar respuestas estructurales (a pesar del “costo político” que estas signifiquen) y en abrirle la puerta a las iniciativas que nos ayuden a solucionar los grandes problemas con una mirada innovadora, equitativa y equilibrada, le habremos demostrado a la gente que hemos aprendido algo de todo lo que hemos vivido.
Podríamos aportar a la reflexión incorporando algunos datos. Más del 50% del Producto Interno Bruto (PIB) nacional se genera en las ciudades. En esa misma línea, más de 60% de la economía en este tiempo se encuentra en lo que llamamos “economía informal”. Esta realidad enfrenta a las nuevas autoridades a pensar con urgencia un mecanismo en el que se potencie el crecimiento económico, la distribución equitativa de esa riqueza y, además, promueva el tránsito de ese gran ejército de trabajadores informales hacia mercados más ordenados y seguros, buscando un equilibrio (muy complejo en estos tiempos) entre el crecimiento económico y la sostenibilidad ambiental.

Hablando de servicios, encontraremos un abanico interesante de realidades, desde accesos universales que ya han alcanzado porcentajes significativos, como la electricidad (la cobertura de energía eléctrica está por encima del 90% a nivel nacional y sobrepasa el 95% en las ciudades), a situaciones desesperantes como el acceso a sistemas de saneamiento básico (la cobertura de este servicio en las ciudades alcanza apenas al 60%). Solamente tocando estos temas nos enfrentaremos a dificultades no únicamente sociales y políticas, sino fundamentalmente (contemplando a las siguientes generaciones) de sostenibilidad. Ante la creciente demanda de servicios se hace imperioso que las ciudades piensen en respuestas innovadoras que aseguren un futuro adecuado a las nuevas generaciones. En un mundo en el que la presión de la población sobre la provisión de servicios básicos de agua potable, electricidad y gestión de residuos (por tomar algunos temas claves) aumentan, especialmente en los centros urbanos, que crecen de manera acelerada y desordenada, las autoridades deben abocarse en implementar nuevos modelos que consideren no solamente el responder a esta urgencia, sino igualmente en resguardar el derecho de las nuevas generaciones a tener un futuro adecuado.

Ninguna de nuestras ciudades alcanza el nivel mínimo recomendado de espacio verde (15m² por habitante), y tenemos algunas que presentan alarmantes datos respecto de este tema. En La Paz apenas existen 3m² por habitante. Si queremos ciudades para el futuro, este es un eje imprescindible que deberemos cambiar. Se trata de dejar atrás ese modelo viejo de construir ciudades de cemento, ladrillo y fierro, y proponer espacios públicos verdes y accesibles.

Estos son algunos datos del espacio donde vivimos y haremos vivir (o sobrevivir) a nuestros hijos e hijas. Si cambiamos el enfoque, si pasamos de mirar en “quién administra” hacia “para quién se administra”, creo que podríamos dar un salto cualitativo en la gestión del territorio que hoy les toca gestionar, y les abriría la puerta a nuevas posibilidades políticas que seguro que las autoridades tienen en mente.

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