septiembre 22, 2021

Inmanencia del capitalismo y el eterno retorno en Bolivia

Por Boris Ríos Brito *-.


A Ramón (Mario López), 

hasta que nos burlemos del capitalismo de nuevo.


I

Así como se puede tergiversar los conceptos de cultura e ideología se va haciendo más patente que el bien más preciado de una revolución es su moral, es decir, la imagen de las y los derrotados finalmente triunfantes frente a un enemigo que no solo se hizo de la historia, sino del tiempo que ajustó a las necesidades de una modernidad bizarra y chata que no fue capaz de parir una clase propiamente burguesa en su desarrollo y que hoy no hace más que saltar al son de la victoria de los opresores del pasado, del mercado mundial y del imperialismo yanqui. Por eso, la revolución en Bolivia no puede vencer si no es bajo la liberación de todos aquellos que se levantaron contra el tiempo de la opresión, como no puede subsistir sin que eche andar su propio tiempo y tenga presente que la liberación solo será plena cuando el último pueblo oprimido de América rompa sus cadenas.

II

De las luchas populares, de los obreros, siempre con rostro de indios, de la indiada insumisa y rebelde, que se levantó hasta hacerse presente en la política boliviana, se extiende la enseñanza de que las riquezas, el poder y todos los privilegios de las tradicionales clases dominantes se han nutrido del sometimiento de los indios, luego convertidos en campesinos, y que no fue suficiente su indiscutible derecho a ser reconocidos como humanos y pronto como ciudadanos, aunque sea de segunda clase, sino que se tuvo que llegar a la conclusión de que irremisiblemente es necesario ser sujeto político para hacerse del poder político, aunque igual ha quedado claro que en los márgenes de la democracia burguesa y para la revolución es preciso hacerse del poder a secas y para eso falta ser sujeto histórico de la revolución.

No hay mímica que, parafraseando a Benjamin pensando en Marx, pueda suplantar para una revolución a este sujeto histórico revolucionario, vengador de todos los oprimidos y vencidos hasta entonces. Por ello, el reformismo ha corrompido la imagen de los antepasados vencidos atribuyéndoles una voz menos incómoda, que no pueda retumbar en los márgenes de lo posible y que urge recuperar en su estridencia revolucionaria no solo en un acto de ética intelectual e histórica, sino como única vía para volver andar esos senderos.

III

El capitalismo no solo es bestial, cuando tiene que serlo, además es sutil y con tanta eficacia que pasa casi inadvertido. Por esto, se ha demostrado que no hay peor esclavo que aquel que ni siquiera se da por enterado de que lo es y para ello el capitalismo no solo se ha impuesto como una relación social heredada, sino como la única posible haciendo que el tiempo, la historia e incluso lo visible se muestren y se muevan a su conveniencia que siempre loa al opresor y se enseña como lo deseado, como el fin último de la vida. Razón por la que para el capitalismo, finalmente, la única contradicción que defenderá es la negación del trabajo por el capital y no así las premisas de supremacía racial u otros aspectos no liberales.

Hoy en Bolivia, una creciente burguesía aymara es ni más ni menos igual que una naciente burguesía agroindustrial oriental, pues sus intereses son los mismos y tenderán a encontrarse en la medida que sepan reproducirse y el caballo de Troya del capitalismo las homogenice en su cultura universal.

IV

Para que los preceptos capitalistas puedan arraigarse son necesarias condiciones que se ligan con la desesperación, la resignación, la violencia reaccionaria, la enajenación y el fetichismo de las mercancías, la imposición cultural y la creencia, y por tanto la victoria ideológica, del designio divino e inevitable de la vía capitalista. Para la socialdemocracia y para el liberalismo en general, esto se traduce en encontrar en cualquier empresa de transformación los márgenes de lo posible e insistir en la necesidad de reencontrarse con el enemigo. Este encuentro para los subalternos en búsqueda de redención no es otra cosa que dejar en el olvido a los ancestros vencidos y tapar sus voces por el estruendo artificial del progreso. Pero los acicates más perversos de este devenir descrito aquí son quienes a nombre de la revolución y la liberación blanden banderas en las que no creen o que se autoengañan en creer para mostrarse en lugar de las y los que luchan.

V

Pero así como la inmanencia capitalista se reproduce, no puede dejar de estar presente la tarea histórica de vencerla y suplirla por una transformación tan radical que la humanidad pueda redimirse finalmente y encuentre su historia derrotada allí donde el oprobio de los vencedores fue más cruel. Es pues el horizonte de liberación uno en que la relación social concebida hasta hoy sea tan ajena que necesitará una nueva definición, demostrando que el Estado no es sino la expresión más evidente las contradicciones de clase –y por qué no de nación– presente.

Justamente, como la inmanencia capitalista se reproduce, el retorno de la necesidad de una revolución se hará patente porque la historia, en definitiva, la hace la humanidad en pugna y una nueva humanidad grita por nacer.


  • Sociólogo.

 

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