septiembre 28, 2021

La Masacre de San Juan y el eterno retorno de Noviembre

Por Carlos Ernesto Moldiz Castillo * -.


A 54 años de la Masacre de San Juan, los bolivianos nos vemos obligados a mirar hacia atrás y reconocer que la historia no se repite, pero rima. Noviembre del 64, junio del 67 y noviembre del 19 no son solo fechas que recordar, sino lecciones que aprender. A saber, no hay acción sin reacción. La masacre es más que una tradición castrense en Bolivia, es cómo lo viejo purga a lo nuevo.

Entre los episodios más infames de la dilatada tradición genocida del Ejército boliviano, destacará siempre, por su cobardía y crueldad, la Masacre de San Juan, acaecida una fría noche de 1967. En aquel entonces, como hasta hace poco, las modestas conquistas alcanzadas por el movimiento popular provocaron una restauración conservadora tan primitiva como eficaz, quizá por la prosaica naturaleza de sus perpetradores, únicos agentes viables para los esquemas de dominación imperialista de Estados Unidos. Han pasado 54 años. Rememoremos este trágico acontecimiento con una disposición reflexiva.

La Noche de San Juan

En la documentada investigación 1967: San Juan a sangre y fuego, uno de sus coautores, Eduardo García Cárdenas, nos relata el siguiente pasaje de la mano de un testigo y víctima del crimen:

“El dirigente Enrique Gómez recuerda que la cantidad de disparos hace perder el control de todos y ‘los milicos sin compasión han destruido todo lo que podían y baleaban con puntería’ (…) lo que produjo la muerte de mujeres y niños”. La cantidad de muertos es discutida hasta el día de hoy, oscilando. La descripción de los hechos, algunos ineludiblemente grotescos, dan cuenta de la brutalidad con la que las fuerzas represivas del Estado ejercían el monopolio, dicen algunos “legítimo”, de la violencia. Fueron tan bestiales que terminaron disparándose entre sí, algo que debemos tener en cuenta cada vez que los militares se refieran a sus bajas como honrosas.

Pero Carlos Soria Galvarro, en el capítulo introductorio, despeja toda sospecha de irracionalidad en este acto de barbarie. Inhumano como fue, detrás de este no hubo salvajismo gratuito, sino una implacable lógica defensiva: se debía evitar a toda costa que los elementos más decididos de la vanguardia minera establecieran lazos de solidaridad y apoyo mutuo con la guerrilla comandada por Ernesto Guevara, el Che:

“Los mineros, en particular los del eje Huanuni-Siglo XX-Catavi, eran en esa época el sector social más combativo y un baluarte de la oposición política oficial, el único capaz de ser un obstáculo para el Gobierno y, por tanto, el único susceptible de constituirse en aliado significativo de la guerrilla. En otras palabras, se levantó una barrera de sangre para impedir la alianza entre mineros y guerrilleros.”

Otra de las sobrevivientes, sin duda entrañable para todos los bolivianos, Domitila Chungara, nos relata cuando rememora aquella noche:

“El Ejército planificó todo. Entró gente como civiles, en vagones entraron por la estación de Cancañiri. Bajaron, metieron bala a todos los que encontraron en su camino. ¡Fue algo terrible, terrible!… ¡Cuántas cosas vimos esa noche!”

La suerte de los mineros de Siglo XX quedó echada en el momento en que se pronunciaron a favor de la guerrilla, que en un principio consideraron como un rumor esparcido por la propia dictadura de Barrientos para justificar la represión del movimiento minero. Apenas un par de años antes, Catavi y Huanuni fueron también atacados por el Ejército después de que el paracaidista entrenado en los Estados Unidos asaltara el poder; y luego los salarios de los mineros, durante la Masacre de Septiembre.

Razones no les faltaban a los mineros para simpatizar con cualquier enemigo del régimen. Sus salarios habían sido reducidos a poco más de la mitad bajo el argumento de que debía recurrirse a la austeridad para salvar a la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), sus sindicatos habían sido proscritos, y sus principales dirigentes perseguidos hasta el exilio. Recordemos que se trata de la Bolivia de 1960, lo que significa que las condiciones de vida por aquel entonces debieron haber sido muy similares a la pobreza del siglo XIX.

El tercer protagonista de esta historia, la guerrilla, fue impuntual en su reacción. Su desarticulación con el movimiento minero, que escapaba, por supuesto, a la voluntad de sus dirigentes, sumada a las fronteras espaciales y tecnológicas de aquella época, retrasaron la información de forma decisiva. De haber mediado solo unos miles de kilómetros menos, o tal vez un par de líderes comunistas más de por medio, seguramente los insurgentes armados habrían prestado apoyo a los compañeros del subsuelo. Por supuesto, esta hipótesis contrafactual debe ser tomada con una pizca de sal, pero ¿a quién no le hubiera gustado ver al guerrillero heroico marchando lado a lado del guardatojo y la picota?

La disposición combativa estaba a flor de piel. La clandestinidad a la que se vieron arrojados los sindicatos no fue suficiente como para neutralizar su operatividad. Si bien defender los derechos de la clase trabajadora se había hecho casi imposible durante la dictadura de Barrientos, fue eso, “casi”. Cada resquicio de oportunidad era sabiamente aprovechada por la vanguardia minera, e incluso se llegó a incorporar a varios mineros en las filas rebeldes, como Julio Velasco.

José Pimentel, en su contribución al libro, rescata un importante comunicado del órgano de prensa de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (Fstmb):

“El hambre, la miseria, la explotación, la desocupación, la violencia y el matonaje, como la persecución que ha impuesto el Gobierno gorila de Barrientos, es la consecuencia de la aparición de la GUERRILLA (mayúsculas en la fuente original). Los generales dicen que se trata de bandoleros (…) pero nadie les cree. Podemos afirmar que la inmensa mayoría de los trabajadores ve con simpatía la acción guerrillera.”

Desafortunadamente, a pesar de la incipiente aproximación que se daba entre ambas fuerzas emancipadoras, los mineros y la guerrilla nunca se pudieron amalgamar en un solo movimiento y la historia trascurrió, como suele advertir Marx, por su lado malo, fracasando. No obstante, el ejemplo imperecedero de esos valientes trabajadores continúa a través de las décadas, así como la indignación por su injusticia.

Poco después, Barrientos ardería en un helicóptero, según se dice, junto con millones de dólares alimentando su hoguera. Nos cuenta Eduardo Galeano que todos los involucrados en el asesinato del Che sufrieron alguna calamidad posteriormente, siendo asesinados, muriendo en trágicos accidentes o simplemente volviéndose locos. No obstante, ¿qué fue de los verdugos de San Juan? Zacarías Plaza, capitán consentido del dictador, fue brutalmente asesinado por un comando justiciero. Relata el testimonio de Domitila:

“Zacarías Plaza fue un militar que se ha ganado mucha, pero mucha plata y muchos galones por haber masacrado a tantos obreros en Siglo XX. Pero en el año 70, creo yo, después de haber sufrido varios atentados, Zacarías Plaza ha aparecido muerto. Un grupo, que decía llamarse ‘Ojo de Águila’, en un amanecer de la fiesta de San Juan, por Oruro, lo hizo aparecer, pero… ¡fatalmente muerto! Le hicieron ‘trapo’ al tipo. Y decían que todo lo que había ocurrido a Zacarías Plaza era una venganza de lo que había hecho él en Siglo XX.”

No todo monstruo fascista paga por sus crímenes, pero ninguno tiene garantizada la impunidad. Aviso para Arturo Murillo.

La rima del noviembrismo

Si usted, estimado lector, reconoce el paralelismo entre el contexto de aquellos tiempos con el ocurrido hasta hace poco más de un año, tome en cuenta que en la historia de nuestro país se han perpetrado más de una veintena de masacres, con tan solo poco más de la mitad habiendo sido documentadas y estudiadas. Es un campo de estudio fascinante, sobre todo para mentes macabras. Pero sí, hay un elemento común a estas dos épocas: la reacción.

Entre 1952 y 1964 Bolivia había atravesado cambios estructurales. Una oligarquía minera y terrateniente fue desplazada del poder por la fuerza y se dio paso a un proceso de democratización y modernización nacional impensable bajo la dirección de los derrocados. De la misma forma, entre 2005 y 2019, Bolivia atravesó una serie de cambios que, tal vez sin ser tan dramáticos como los de la revolución precedente, lograron transformar radicalmente las condiciones sociales y económicas de grandes mayorías, y le imprimieron una carga política al Estado que tampoco era posible bajo los fundamentos de la democracia pactada y el neoliberalismo. En ambos casos, sin embargo, la reacción era inevitable. Entonces, como ahora, una clase desplazada del poder, pero no de la riqueza, acumuló fuerzas asistida por el gendarme estadounidense, hasta poder recuperar cierta influencia política a través de los medios de comunicación, el Ejército y la Policía.

Las coincidencias son sombrosas: la reelección de Paz Estenssoro, la repostulación de Evo Morales; la persecución y explotación de los trabajadores mineros, la criminalización del movimiento campesino; el resentimiento de las clases medias ante el ascenso de los despreciados de siempre; y la puesta en escena de personajes despreciables y ridículos, pero implacables en su búsqueda de aniquilar a su enemigo; la Guerra Fría, la competencia con China; y claro, la asistencia estadounidense a sus vasallos y agentes locales, descarada ante los ojos del mundo. La historia no se repite, pero rima.

El bufón de Arturo Murillo ha sido comparado, y con razón, a la figura despreciable de Arce Gómez, pero Barrientos del mismo modo tenía una carga de patetismo inocultable, Zavaleta apunta:

“Mandó publicar su diario, redactado por necios 24 horas antes, unos días después de que se publicó y resonó el diario del Che, pero esta megalomanía delirante y casi graciosa no le impedía ser la voz de los crímenes, ordenar personalmente el fusilamiento de los guerrilleros, concitar las masacres de mineros cuando no eran necesarias sino para él sobrevivir en el Palacio y declararse además ‘personalmente responsable’, como riéndose del mundo.”

Miguel Centeno, en Sangre y Deuda: Guerra y la Nación Estado en Latinoamérica advierte que, a diferencia del devenir europeo, el ejemplo latinoamericano de construcción de los Estados nacionales se caracteriza por un escaso registro de conflictos bélicos entre ellos, pero muestra, en cambio, una abundante historia de masacres en las cuales sus ejércitos volcaron sus armas hacia la población civil. Así, mientras en Europa el papel de la guerra como fenómeno socioeconómico y político dio como resultado el fortalecimiento y la estructuración del aparato estatal, en Latinoamérica ha significado desinstitucionalización y debilitamiento del tejido social.

La violencia es cara, particularmente para los pobres, pues en esta parte de mundo se vive permanentemente una situación de cuasi ausencia estatal, donde nada es más escaso que el recurso de la justicia. Esto quiere decir que la impunidad no solo es posible, sino a veces, recurrente. De hecho, el caso boliviano podría parecer el menos fatalista y desmoralizante, en comparación a las matanzas diarias que se dan en países como Colombia o, actualmente, en el Brasil; ninguna levemente castigada, a pesar de sus numerosísimas víctimas. Si todavía persiste un resquicio de esperanza para nosotros, este se debe sobre todo a la persistencia de la impronta popular en nuestra historia, que fuerza la mano de tribunales comprados e ineficientes. Senkata y Sacaba no quedarán impunes, siempre y cuando reclamemos fuerte y alto por justicia.


  • Cientista político.

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