diciembre 3, 2021

Ser madre a los 11 años


Por Carla Espósito Guevara * -.


 

El hospital estaba listo para interrumpir el embarazo de 26 semanas pero, a último momento, un desistimiento firmado por la niña violada, de apenas 11 años, y su madre, lo detuvo. ¿Qué sucedió? La Iglesia católica, ¡siempre la Iglesia!, la institución más patriarcal que existe, pidió frenar la interrupción del embarazo con el argumento de que “un crimen no se soluciona con otro crimen”. Cuando lo que la Iglesia comete es un doble crimen, primero, prolongar la tortura sobre el cuerpo de una niña violada poniendo en peligro su vida y, segundo, deshumanizarla al concebirla solo en su capacidad reproductora.

Lagarde ha escrito mucho sobre cómo el cuerpo de las mujeres deviene un territorio en el cual los hombres ejercen su poder, al punto que la mujer ni siquiera es tomada en cuenta como sujeto, ella termina siendo únicamente un cuerpo subordinado, el que, según el dogma católico, no tiene otro fin que la procreación. Esto es justamente lo que vemos expresado en el caso de la niña de 11 años que está presionada para ser madre, quien ha dejado de ser sujeto, mujer o ser humano, y ha devenido solamente en un cuerpo reproductor.

El cuerpo de las mujeres es, sin duda, un lugar en el que interactúan y deciden diversos poderes: la Iglesia, el Estado, el poder patriarcal e incluso el poder médico, dice Foucault. Todos estos poderes buscan no perder el control sobre la sexualidad y la reproducción de las mujeres. Esta lucha por controlar el cuerpo femenino se ve claramente expresada en las disputas sobre del aborto, que se ha convertido en el nudo gordiano que concentra de forma más clara los discursos, normas y prácticas de los diferentes “poderes-saberes”.

Han pasado 27 años desde que la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo (CIPD), realizada en El Cairo en 1994, acuñara el término de “derechos reproductivos”, que determina justamente un conjunto de derechos de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y su sexualidad, entre ellos el derecho a un aborto terapéutico y el derecho de las niñas a vivir libres de violencia. Algo fundamental es que estos derechos reconocen a las mujeres como sujetos, como seres humanos y no como meras máquinas reproductoras, un cambio filosófico esencial. Pese a esos 27 años, a toda la tinta derramada sobre el tema y a todo lo avanzado a nivel de las constituciones nacionales en términos de derechos, la Iglesia continúa disputando el poder al Estado a decidir sobre el cuerpo de las mujeres.

Con la nueva Constitución Bolivia ha dejado de ser un país católico, es laico, por tanto la Iglesia no debería tomar lugar en este tipo de decisiones, puesto que forman parte del ejercicio de los derechos personales y civiles de las mujeres y la instancia llamada a defenderlos es justamente el Estado.

Lo sorprendente es que un Estado que se reconoce como de izquierda y defensor de los Derechos Humanos no tome cartas en este terrible hecho. El Ministerio de Justicia guarda absoluto silencio sobre el caso de la niña de 11 años. El Ministerio de Justicia ha decidido abdicar su función de garante de los derechos de esta niña en favor del derecho medieval de la Iglesia católica, que sigue disputando el monopolio moral para decidir sobre la capacidad reproductiva de las mujeres. Algo realmente indignante y condenable. La Iglesia, el Estado y su familia se han unido contra el cuerpo de esta niña. No hay nadie que la proteja.

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