diciembre 2, 2021

Calamina roja

Por  Sara Valentina Enriquez Moldez *-.


Isabel I de Castilla se encuentra atrapada en su castillo de calaminas, encerrada en un pedazo de la historia que no la consiente.

En 1924 la Sociedad Española de Beneficencia (fundada el 16 de abril de 1881) se sumó a los festejos de Bolivia para celebrar el primer centenario de la República, conformando el Comité Monumento a Bolivia de Isabel la Católica. De esta forma, fue obsequiada al municipio la efigie de Isabel la Católica, Reina de Castilla, que simboliza el “descubrimiento de América” bajo el amparo de la Reina. “Descubrimiento” que trajo al menos 90 millones de indígenas exterminados, además de dejar a su paso el saqueo de los recursos y riquezas naturales del hoy llamado continente americano.

Sobre el pedestal de este monumento sobresale una escultura alegórica con relieves, que representa al Imperio español estrechando la mano de la República de Bolivia, como un supuesto signo de amistad de ambas naciones. ¿Quiénes se estrechan la mano? ¿Los representantes de cada nación o un español con otro español? Evidentemente es incoherente que, por un trozo de mármol, una nación compuesta por pueblos indígenas se vuelva amiga de quien le condenó a la opresión, matanza, esclavitud y saqueo histórico de sus pueblos.

En ese entonces, la forma republicana de la nación aceptó con los brazos abiertos esta especie de regalo fraternal de España. La aceptación de ese regalo no solo es la aceptación de un regalo, sino que es la aceptación de una concepción mentirosa de la historia, es continuar con el accionar injusto de la memoria oficial burguesa que pretende ofuscar la historia del otro, la historia del oprimido histórico. ¿Qué tipo de rebuscada República habría sido Bolivia para celebrar su independencia de la mano del que se independizó?

Dos años después, el 27 de septiembre de 1926, mediante Ordenanza Municipal, la Alcaldía autorizó a esta entidad española erigir el monumento en el eje central del Parque del Óvalo. De esta forma, el espacio público, que en sus inicios fue construido para servir como distribuidor de vías, fue conocido como Plaza Isabel la Católica, nominada con este nombre mediante Ordenanza Municipal del 7 de julio de 1950, continuando con la adaptación cuasirepublicana de la historia, siguiendo el transcurso del revisionismo histórico impuesto por la cúpula oligárquica de esa Bolivia que no es más que la herencia de la Colonia.

Después de distintas y complejas crisis por las cuales pasó el país desde su fundación, por fin en enero de 2009 se reconstruyó este con la fundación del Estado Plurinacional. Es innegable, desde cualquier punto de vista, que Bolivia desde ese momento constitutivo pasó por cambios fundamentales que hoy son cimientos de la nueva Bolivia Plurinacional. Sin embargo, la permanencia de los monumentos emblemas de la colonización, impuestos en la era republicana, siguen vigentes, e incluso con intentos de legitimación en un Estado Plurinacional. Esos intentos de legitimación se expresaron con mayor claridad el año 2016, cuando el Consejo Municipal paceño, de la mano de Luis Revilla, declaró este monumento como patrimonio arquitectónico y urbano de la ciudad de La Paz bajo la Ley 186/2016. Para analizar ese hecho es importante mencionar que la palabra española “patrimonio” tiene su etimología en el latín patrimonium, sustantivo compuesto de patris, del padre (tal como la base etimológica de patria), y onium (recibido), con el que referían a los bienes que se heredan vía paterna, por lo general en el seno de las familias patricias, que en ese entonces eran la clase noble romana.

¿Es coherente que Bolivia siga heredando la patria colonial o la patria republicana? La patria va cambiando de concepción a medida que se reivindica el sujeto histórico, cambia porque tiene que ver con la identidad y se sabe que esta pasa por circunstancias que la redefinen. Esa redefinición se da sin evadir los vestigios y huellas dejadas por las relaciones de poder pasadas. De una u otra forma es inevitable heredar, pero es ahí donde hay que preguntarse qué se quiere heredar: ¿las luchas de los pueblos o el dominio colonial?

A partir del cuestionamiento de distintos sectores de la sociedad, los monumentos de la Reina Isabel y de Cristóbal Colón fueron intervenidos los últimos años, trayendo como consecuencia su restauración en tres ocasiones consecutivas en 2008. Por otro lado, se puede destacar uno de los hechos más recientes en relación a esta efigie, y es lo sucedido en octubre de 2020 en la Plaza Isabel la Católica, cuando sectores de la población vistieron de chola al monumento de la reina española, demostrando una clara posición en tanto lo que significaba la coyuntura de ese momento (días antes de las elecciones después de soportar casi un año al gobierno inconstitucional de Jeanine Áñez). Desde estos momentos de vigoroso fulgor por los que pasó Bolivia, se fueron haciendo más recurrentes las intervenciones a estos símbolos de opresión y coloniaje, por lo que la alcaldía de la urbe paceña ordenó cercar con rojas calaminas a los monumentos de Cristóbal Colón y de Isabel I de Castilla. Cualquier persona que transite por la Avenida Arce se enfoca más es las calaminas rojas que en el propio monumento. Cercaron la figura porque aceptaron el potencial revolucionario de las clases conscientes.

Pobre Reina Isabel, encerrada, apartada, remota en el tiempo y en el espacio. Rodeada por calaminas rojas, de miedo, cautelosa con el mundo. La Reina Isabel está prisionera y los muros hechos de calaminas son sus carceleros.

Cuando uno vuelve de viaje y pasa por El Alto y ve las laderas de la ollada paceña, se encuentra con el mar de calaminas multicolor, que son el techo de las pequeñas casas muy distintas a las de una urbanización privada en la Zona Sur de La Paz. Estas mismas calaminas, que son el techo más barato y popular, fueron las que cercaron a la Reina Isabel de Castilla.

Ahora las calaminas son el monumento, porque representan resistencia, nos representan más que el mismo monumento. Qué lindo es ser calamina roja, no como un freno revolucionario, sino como la voz que dice esclarecidamente que ahora el enclaustrado ya no es más el indio, ya no es más la cultura del vejado, ya no son más las abarcas, sino el español explotador. En realidad está encerrado ese fragmento opresor de la historia.

 

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