diciembre 2, 2022

La educación en el capitalismo

Por Sara Valentina Enriquez Moldez -.


Es usual presenciar charlas en las que se critica al sistema educativo y todo lo que conlleva. Tal fue y es la incidencia de esta temática desde hace bastante tiempo, que se escribieron libros en torno a ella, de forma que podemos mencionar en el ámbito nacional Creación de la pedagogía nacional, de Franz Tamayo; o en el ámbito argentino a Juan Carlos Tadesco con su libro Educación, sociedad en Argentina, donde desemboca el origen de dicho problema a una crisis social. Así como en la cotidianidad de las conversaciones cuando se hace una crítica al sistema educativo, se designan como principales causantes de esta problemática a las crisis sociales, crisis de humanidades y de lectura, o a una crisis de autoridad.

No obstante, se puede decir que los análisis mencionados explican las causas de la crisis educativa a partir de ser testigo de algunos de sus síntomas problemáticos, por lo que no toman en cuenta el estudio de su configuración histórica y de su relación con los procesos socioeconómicos determinantes. Por eso sostengo que estos problemas presentados como una “crisis de lectura, autoridad, etcétera” no son causas, sino una minúscula parte de las consecuencias de un sistema educativo en crisis en un sistema global en crisis.

Pretender analizar el sistema educativo desde las consecuencias no permitirá su profundización, que, inevitablemente, tienen que ver con las relaciones socioeconómicas de las que se es parte. El hecho de usar términos como crisis de autoridad, humanitaria, etcétera, solo ayuda a ocultar lo que realmente pasa en la educación.

Es por eso que acá retomaré el materialismo histórico para comprender la realidad social capitalista, y no negar la estructura. Es decir, asumirla y transformarla, como decía Karl Marx en Tesis sobre Fauerbach. Obviamente sin despreciar aportes que ayuden a comprender el funcionamiento de las cosas con mayor profundidad.

La crisis social causada por la descomposición del modo de producción capitalista se manifiesta de distintas maneras. “La acumulación capitalista supone extender la explotación del trabajo asalariado, que es la fuente de extracción de plusvalía, por un lado, y reducir, al mismo tiempo, la parte de trabajo necesario en relación al trabajo excedente, es decir, la parte retribuida en concepto de salarios en relación a la parte no retribuida (plusvalía), por el otro. La primera supone ampliar el número de obreros, mientras que la segunda conduce a su reducción. El proceso de producción capitalista entraña una unidad contradictoria de ambas tendencias, provocando un proceso permanente de atracción y repulsión de trabajadores”, decía Jeremy Rifkin en El fin del trabajo.

Las instituciones educativas en general reciben masas de trabajadores e hijos de trabajadores que enfrentan esa explotada y triste realidad a diario. Pero en el colegio el discurso está muy unido a la “igualdad”, la aceptación y la formación para el trabajo a futuro. Acá se ven claramente las contradicciones, ya que el modo de producción capitalista, que provoca una sociedad de explotación, expulsa constantemente de ese sistema productivo los elementos capaces de generar valor, es decir, los trabajadores. Todos sabemos que el capitalismo tiene una tendencia clara al desempleo. El colegio desarrollado en el capitalismo no solo reproduce, sino que también pone como paradigma la cultura dominante a favor del orden establecido. Es normal que, en la mayoría de los casos, los educadores y los educados pertenezcan a la misma clase social, que en sí es antagónica a la ideología insertada en el discurso impuesto, es por ese motivo que se da un fenómeno llamado enajenación. Esto es lo que tanto criticaba Franz Tamayo, la asunción de un modelo externo a nuestra realidad, que no es coherente con lo que somos –con lo cual estoy de acuerdo–, sin embargo, el punto de quiebre con Tamayo es que no contempla en su análisis las relaciones de producción dadas. Es así como la escuela se convierte en una vasija de niños y jóvenes para los cuales el mercado no exige ningún tipo de formación, quienes además cargan en sí las consecuencias del empobrecimiento de la vida en sus casas. Se profundiza la violencia y el discurso “igualador y lleno de oportunidades” llega a ser antagónico a la realidad. Al mismo tiempo, los trabajadores docentes también se encuentran en ese mismo mundo por la falta de formación, la falta de buenos salarios, de elementos materiales y discursivos con los cuales enfrentar esta contradicción que es la realidad, y además estar sometidos a bajas condiciones de trabajo.

Con todo esto podemos decir que la educación no es un lugar aislado, y no puede dejar de reflejar las tendencias de la sociedad de la que es parte.

Existen organismos que son supuestamente reguladores, como la Red Social para la Educación Pública en las Américas (Red SEPA), que forma parte de la Iniciativa Democrática para la Educación en las Américas (IDEA), que ha preparado diferentes informes para explicar la crisis de la educación en América. En estos informes analiza un fenómeno que atraviesa casi la totalidad de la educación en el continente, la descentralización.

La hipótesis central brindada por los trabajos entregados por la Red SEPA sostiene al respecto: “La descentralización neoliberal impuesta en nuestros países junto con la asignación de presupuestos por desempeño a las instituciones, los alumnos, los trabajadores de la educación y las evaluaciones nacionales estandarizadas son instrumentos de política educativa que privatizan el derecho social de la educación”.

Desde este punto de vista, la descentralización, como producto central de las políticas neoliberales, ha afectado negativamente el derecho a la educación, así como los derechos laborales de los trabajadores de la educación. El tema con el que discrepo profundamente es que en estos informes se plantea la crisis educativa como producto de malas políticas y no como producto de la descomposición paulatina que ocasiona el modo de producción capitalista. Este discurso quiere ocultar la relación social de explotación.

El problema del sistema educativo es que en sí es un mero reflejo de la descomposición social planteada por el modelo capitalista. Es decir, que el desempleo y la explotación se reflejan en las instituciones educativas, y las vacían del contenido que históricamente han representado. El colegio dejó de ser el espacio formador de nuevas generaciones, pasando a ser un pozo de contención social frente a la imposibilidad de la clase dominante de dar una salida coherente a la fuerza de trabajo sobrante contenida en las nuevas generaciones. Además que muchos llegan a la docencia en la escuela primaria o secundaria como una salida, por falta de oportunidades en otros espacios laborales o académicos. La mayoría de quienes ocupan la docencia en las escuelas no lo hacen por vocación o interés, sino por tener un ingreso a las condiciones materiales de subsistencia. En muchos casos, ser profesor es producto de un sueño frustrado por falta de oportunidades en una sociedad dividida por clases y guiada por la explotación y el plusvalor. Desempleo y explotación, pauperización y mercantilización, parecen términos contradictorios y sin embargo demarcan la realidad social actual. La superestructura demarca la crisis.


*       Ilustración: otrasvoceseneducacion.org

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