julio 6, 2022

La victoria simbólica en Bolivia

Por  Virginia Gonzales Salguero *-.


Durante las últimas dos décadas en Bolivia se han producido profundas transformaciones que han significado la irrupción y el trastocamiento de las representaciones y los modos de concebir, percibir, sentir y pensar de los sectores sociales y clases subalternas constitutivas de la sociedad. Las referencias al mundo simbólico, sin embargo, han sido abordadas limitadamente y constituyen un campo vital de reflexión y confrontación en el proceso histórico actual.

Hay que tomar en cuenta que “es fácil hacer una revolución aprovechando la crisis neoliberal. Es mucho más difícil anular el orden neoliberal en el espíritu, en el habla, en la ética, en la forma de organizar la vida cotidiana, en el sentido común”, como dijo Álvaro García Linera.

Y que “el poder simbólico, es decir, el poder de constituir lo dado enunciándolo, de actuar sobre el mundo al actuar sobre la representación de este, no radica en los ‘sistemas simbólicos’ bajo la forma de una ‘fuerza ilocucionaria’. Se verifica dentro y mediante una relación definida que da origen a la creencia en la legitimidad de las palabras y de las personas que las pronuncian, y solo opera en la medida en que quienes lo experimenten reconozcan a quienes lo ejercen”, como apunta Bourdieu.

Por tanto, el valor de la representación del poder de las palabras dichas (el poder simbólico del discurso) no depende solo del acto de emitir el discurso, sino de la legitimidad de quienes lo difunden ante quienes otorgan dicha legitimidad a esos discursantes.

En el caso de los discursos de Gonzalo Sánchez de Lozada, representativo del neoliberalismo en Bolivia, estos tenían poder simbólico por la legitimidad que él detentaba frente a quienes le conferían esa legitimidad. Elementos como la importancia del Fondo Monetario Internacional (FMI) en las decisiones sobre la economía boliviana, la importancia de la “ayuda” norteamericana (Usaid, DEA, etc.), las condiciones en que se establecieron, en aquel momento, los contratos con las transnacionales, la reducción del Estado a su mínima expresión, la premura de la privatización de las empresas nacionales, la extinción de las empresas nacionales, las “ventajas” económicas de la “relocalización” de los trabajadores, la flexibilización laboral (que permite al empresario explotar al trabajador), etcétera.

Es decir, un conjunto de ideas fuerza que constituyen el armazón o cuerpo sistematizado del discurso neoliberal, configurando un discurso definido con intereses específicos y orientados a beneficiar a las transnacionales y a un ínfimo sector privilegiado de la sociedad boliviana.

Lo sórdido de este discurso se materializó en la crudeza de la aplicación del Programa de Ajuste Estructural (PAE), que golpeó despiadadamente a la mayoría de los bolivianos. Tuvo amplia legitimidad, aceptación y éxito en los años 80 y 90 del siglo pasado, en sectores altos, medios e incluso en cierta gente de “izquierda” pragmática, y paradójicamente en personas afectadas por la ejecución práctica de este discurso.

¿Por qué poner como ejemplo a un político tan añejo como Sánchez de Lozada, quien, hace mucho tiempo, ya no forma parte del escenario político local?

Es simple, actualmente no se vislumbra entre los políticos neoliberales a alguno que posea fuerza de poder simbólico o de convocatoria.

En cuanto a la desplazada, carcomida, venida a menos y debilitada representación simbólica de la derecha, hoy esta la ejerce la Iglesia católica, pero, además las corporaciones empresariales mediáticas, también llamada prensa de derecha, vinculadas a los intereses de terratenientes agroexportadores, bancos, grandes comercios de importación y exportación y transnacionales.

La potencia simbólica –que puede ser predominante pero nunca absoluta– ha sido arrebatada por los sectores populares indígenas constituidos en sujetos sociales del proceso histórico presente, iniciado en 2006 con la presidencia de Evo Morales, conformados por movimientos sociales populares y campesinos, sindicatos de trabajadores, organizados en el Pacto de Unidad, las juntas vecinales populares, la Central Obrera Boliviana (COB), entre otras.

Esta potencia simbólica del discurso, que ha desplazado la legitimidad del discurso neoliberal, que ha subvertido la “normalidad del orden político” y de la actividad política, ha instalado la pulseta de una nueva dinámica política entre el sector cooptado por la versión neoliberal y la posición emergente de amplios sectores populares que, a tiempo de insertar en la actividad política sus propios códigos de vida y de organización, vuelcan el tablero de la organización social al asumir el poder y la conducción del gobierno del país. No solo se trata de nuevas visiones, códigos, significados, prácticas políticas y el conjunto constituido por la pluralidad simbólica de los pueblos originarios.

Los pueblos indígenas originarios de Bolivia “tienen identidad, cultura, modo de vida, modalidades productivas, sabiduría, saberes, pensamiento, historia, cosmovisión y cosmopercepción propias, que sobrevivieron a la avalancha de la modernidad llegada con la Colonia”, afirma Isabel Rauber.

Esta visión, estas prácticas y este discurso “no representaban una amenaza al poder constituido. Pero ¿qué ocurre cuando los pueblos de las comunidades se constituyen en gobierno o en parte de un gobierno que los representa, que los reconoce y promueve el reconocimiento político, económico y cultural de la diversidad que estas comunidades representan, que reconoce su justicia comunitaria, los códigos de convivencia y todo lo que ellas representan como baluarte civilizatorio?”, se pregunta Rauber.

La emergencia de Evo Morales como líder de un proyecto alternativo y emancipador lo ha convertido en el sujeto de un discurso legítimo y respaldado sostenidamente en acciones prácticas y políticas en la medida en que ha conseguido una articulación virtuosa con la conciencia colectiva de los sectores mayoritarios del país, traducida en la existencia de indios que no solo se sienten dueños de su país, sino que también están dispuestos a gobernarlo.

En síntesis, ¿qué significa este reemplazo del campo de lo simbólico? Significa cruentas luchas y enfrentamientos encarnizados, obviamente. Pero, obviando lo indicado y viendo más allá, constituye el fundamento del cambio del tipo de sociedad sacudida en sus cimientos y en las concepciones modernas que la sostienen; dichas sociedades no solo no funcionan ni son posibles sin la exclusión, la invisibilización, la postergación y la pobreza de la mayoría de la gente, sino que, además, estas son condiciones imprescindibles para que este tipo de sociedades puedan existir. Todo esto ha sufrido un terremoto.


  • Socióloga boliviana

Referencias

  • Bourdieu, Pierre. Respuestas por una Antropología Reflexiva, Ed. Grijalgo. México, 1995.
  • García Linera, Álvaro. Discurso en Caracas, abril de 2016.
  • Rauber, Isabel. Refundar la Política, Peña y Lillo, Ed. Continente, Argentina, 2017.

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