agosto 12, 2022

Derechos sobre la gestión de la biodiversidad, ¿qué ha cambiado?

Por Gustavo Rey-Ortíz *-.


La primera reunión de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano se realizó en Estocolmo, Suecia, en 1972. Dos décadas después se celebró la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (Cnumad), también conocida como la “Cumbre para la Tierra”, en Río de Janeiro, Brasil, que reunió a líderes políticos, diplomáticos, científicos, representantes de los medios de comunicación y ONGs de 179 países para hacer un esfuerzo especial por centrarse en el impacto de las actividades socioeconómicas humanas sobre el medioambiente. El objetivo principal fue producir una agenda amplia y un nuevo plan para la acción internacional sobre cuestiones ambientales y de desarrollo que ayudaría a orientar la cooperación internacional y la política de desarrollo en el siglo XXI [1]. Uno de los principales y más importantes resultados fue la firma del Convenio de Diversidad Biológica. En ese convenio se establecieron tres grandes objetivos en su artículo primero: 1) La conservación de la diversidad biológica; 2) El uso sostenible de sus componentes; y 3) La participación justa y equitativa de los beneficios que se deriven de la utilización de los recursos genéticos.

Pero, ¿qué ha cambiado o qué se buscar cambiar luego de 50 años de la reunión en Estocolmo y 30 de la firma del mencionado Convenio?

Para entender las transformaciones nos centramos en el ámbito de los derechos sobre la biodiversidad. En sus inicios el Convenio tuvo un enfoque conservacionista, inclinado más a la preservación de las especies vegetales y animales, mientras que los seres humanos eran considerados una amenaza para la diversidad biológica. Este enfoque llevó a que los pueblos indígenas y comunidades locales y sus conocimientos fueran reconocidos y respetados siempre y cuando estuviesen acordes a lo que otras instancias consideraban como pertinentes a la conservación y la utilización sostenible de la diversidad biológica; es decir, no se consideró en ese momento que las prácticas tradicionales de estos pueblos pudieran ser fundamentales para la conservación de la biodiversidad y el desarrollo sostenible.

El enfoque de la Convención fue cambiando, y en este proceso se ha tenido diferentes debates, generándose tendencias variadas. Entre ellas se puede identificar la intención de conservar lo que tiene precio o un valor de mercado, por lo mismo era importante avanzar en la valoración económica de la diversidad biológica y las contribuciones que se evaluaban en el marco del Convenio, ligadas a los montos financieros públicos y privados que se invertían en estos temas.

Actualmente este enfoque monetario no fue aceptado por nuestro país, considerando que el Vivir Bien en armonía con la Madre Tierra incorpora en su complejidad la relación armónica entre las necesidades humanas y el resto de la naturaleza, por lo que se constituye en un modelo alternativo al modelo capitalista de mercantilización de las funciones ambientales y de los sistemas de vida [2].

Sobre los avances desarrollados en Bolivia, frente a los de otros países, en el reconocimiento de los derechos e importancia de los pueblos indígenas y comunidades locales, como sujetos de un desarrollo en armonía con la Madre Tierra, se ha impulsado transformaciones en el marco del Convenio para el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas. Se ha alentado, junto con otros países del Sur Global, a que se considere la necesidad de que el Convenio de Diversidad Biológica reconozca que son los pueblos indígenas quienes, a partir de sus conocimientos ancestrales, innovaciones y prácticas tradicionales, aportan una contribución importante a la conservación y uso sostenible de la biodiversidad, lo que beneficia ampliamente a otros sectores de la sociedad. Mientras que al depender de manera directa de la biodiversidad, tanto para su economía como para sus valores culturales, son los más afectados por su pérdida y degradación.

A pesar de todos esos esfuerzos ante la Convención, son pocos los países que reconocen que para poder lograr un futuro enfocado en lo sostenible y para cumplir con los objetivos que se han puesto en el Convenio de Diversidad Biológica, los gobiernos deben reconocer la importancia de las acciones locales y aprender de las comunidades que han vivido de manera armoniosa con la Madre Tierra toda su historia.

Bolivia ha plasmado también este enfoque en las políticas nacionales, a través de la formulación con las organizaciones indígenas, campesinas, originarias, interculturales y afrobolivianas, así como con los sectores de la academia y la sociedad civil, la Política y Estrategia de Gestión Integral y Sustentable de la biodiversidad, construyendo sobre la base de los conocimientos, necesidades y derechos de los pueblos. Este proceso ha sido fruto de un esfuerzo en el cambio de visión y en el reconocimiento de los derechos y conocimientos ancestrales que tienen los pueblos indígenas y comunidades locales sobre los componentes de la biodiversidad.

Estos avances pueden enriquecer los debates globales, en esta etapa que se convoca a una nueva Conferencia Global, medio siglo después de la Primera Conferencia de las Naciones Unidas en Estocolmo.

Hay que esperar que la celebración “Estocolmo+50: un planeta sano para la prosperidad de todos – nuestra responsabilidad, nuestra oportunidad”, que se celebrará este año, nos entregue un enfoque más claro sobre la implementación de soluciones, sobre el camino trazado, y que todos estos procesos no se sumerjan en discusiones basadas en los intereses de los países desarrollados y sean discusiones transparentes para lograr los objetivos que todos los países tenemos.


  • Biólogo, con experiencia en manejo de vida silvestre y gestión de ecosistemas.

1       Naciones Unidas, “Conferencia Medio ambiente y desarrollo sostenible”, en: https://www.un.org/es/conferences/environment/rio1992

2       Política y Estrategia Plurinacional para la Gestión Integral y Sustentable de la Biodiversidad. Ministerio de Medio Ambiente y Agua, 2018.

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