junio 24, 2026

El juicio, el golpe de Estado y Áñez

Por Boris Ríos Brito *-.

Es doloroso evidenciar que la lucha contra el golpismo en 2019 y 2020 en Bolivia se ha ido nublando, dejando para la historia parcialidades que no recogen la sacrificada resistencia popular al conservadurismo criollo que hilvanó libre mercado, religión, racismo, militarismo y paramilitarismo con violencia y odio. Han salido varios “documentales”, algunos apresurados, que le han dado a una empobrecida Central Obrera Boliviana (COB) un rol que no tuvo, porque no articuló a la resistencia popular; o a un deslucido Pacto de Unidad un papel que no jugó, pero que en un extraño momento asumió “sin que nadie se los pidiera” –como me decía una compañera– una “pacificación” del país de movilizaciones que ellos no representaban.

También ha quedado incumplida una reflexión y una autocrítica frente al pueblo de quienes tenían las riendas del Estado y del Gobierno, nunca se escuchó mencionar el mea culpa de la debilitación de los movimientos sociales, de la pobre relación con la Policía –que se amotinó– o del débil mando que se tenía sobre las Fuerzas Armadas, que, con Escuela Antiimperialista y todo, no dudaron en pedir la dimisión de un presidente electo en pro del imperialismo yanqui.

Pero igual ha quedado en el tintero el balance y autocrítica de quienes participaron de las reuniones en la Universidad Católica y de un puñado de exautoridades, opinadores y militantes del Proceso de Cambio que días previos al golpe llamaron a la resistencia armada pero que fueron muy rápido a autoexiliarse, autoasilarse en embajadas y, como quien dice, “ni siquiera estuvieron allí”.

Tras la recuperación popular de la democracia en las elecciones de octubre de 2020, en donde se construyó un voto contra el régimen de Áñez y Murillo, donde la indignación popular hizo carne de su lucha votando por el Movimiento Al Socialismo (MAS) y una agenda antigolpista, varios dirigentes que no estuvieron a la altura ahora se autoproclaman luchadores y dan entrevistas, grupos pintan narrativas de haber hecho “inteligencia” al golpismo y evitar atentados, cuando todos quienes han estado en la resistencia saben lo marginal de sus acciones. De igual manera, aparecen quienes incluso lucraron con la lucha del pueblo narrándose como los líderes o referentes de una resistencia en la que no estuvieron, porque estaban lejos y a buen recaudo; y además están los opinadores de broma que se autoexiliaron “en vivo”, por sus redes sociales, y que ahora quieren pasar como referencias de “heroica resistencia”.

De la resistencia de las bases cocaleras que vivieron en cuerpo propio una masacre en Huayllani, de decenas de cientos de jóvenes de ambos sexos que se movilizaron pese a la represión militar y policial buscando solidarizarse con las bases cocaleras movilizadas, de trabajadoras y trabajadores del día como jornaleros, choferes, naranjeras, vendedoras callejeras, etcétera, y de vecinas y vecinos sobre todo de la Zona Sur de Cochabamba, poco o nada se ha dicho, lo mismo con las y los movilizados de Montero y otras tierras orientales, como campesinas y campesinos de La Paz que en su intento de ingresar por la Zona Sur de la ciudad de La Paz como en El Alto fueron violenta, selectiva y brutalmente reprimidos y asesinados.

Evidentemente no fue una resistencia ordenada y centralizada, sino caótica y compleja, pero que intentaba llegar a grados superiores de organización, obligada por las circunstancias. Por eso, cuando a quienes “nadie llamó a pacificar nada”, como esos dirigentes que dijeron ser del Pacto de Unidad y firmaron con Murillo y Áñez, las y los movilizados se desmovilizaron de mala gana convenciéndose de que el acuerdo de realización de elecciones daría fin con el régimen corrupto, pero la lucha tuvo que continuar hasta arrancar al régimen las elecciones.

A casi tres años de esos hechos el juicio contra el golpismo avanza lentamente y se ha colocado a Áñez como “puerta a los otros procesos”, cuando un buen argumento jurídico podría generar un escenario de acusación a cada quien según su grado de responsabilidad y culpa. Sorprendentemente, desde las propias filas del Proceso de Cambio, como de la intelectualidad “rajada” a la derecha, ha empezado a esgrimirse la figura de Áñez como “una tonta útil” o una “pobre mujer” que fue víctima de las circunstancias. Comparto, como cualquiera que haya puesto un poco de atención a las entrevistas que dio Áñez, como a sus intervenciones parlamentarias y como presidenta de facto o en sus conferencias de prensa, de que la señora no cuenta con una reflexión, conocimientos y verba mínimas y necesarias para los cargos que desempeñó, pero me opongo rotundamente a que se le quite la responsabilidad y con ello se le falte el respeto al dibujarla como alguien sin ninguna capacidad de entender lo que estaba haciendo; ella sabía que se subía a la silla presidencial producto de un conflicto en que militares y policías se amotinaban, era consciente de que no había el quórum correspondiente y que estaba violando los reglamentos y las normas el día que se autoproclamó Presidenta, sabía muy bien que la orden a policías y militares para disparar iba a enlutar al pueblo boliviano, y, finalmente, supo de quiénes se rodeaba.

De esta manera, el juicio, que se ha convertido en campo de disputa de visiones dentro del propio Proceso de Cambio, cuando se contrapone el camino penal con el de responsabilidades, no puede ser un acto vacío y desprovisto del cumplimiento a quienes ya no están para alzar sus voces. El juicio, en coherencia, debería convertirse en un acto de reparación con la historia, con nuestras y nuestros muertos y con el proyecto que se quiere construir.


  • Sociólogo.

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