febrero 2, 2023

El manifiesto emancipatorio de Fidel

Por José Galindo *-.


Resulta muy irónico que quien dijera que los hombres no hacen la historia, sino que están hechos por ella, haya terminado siendo recordado como el escultor de un momento parteaguas en la historia del siglo XX. Me refiero a Fidel Castro y la Revolución cubana, que fue tanto la culminación de un largo proceso de luchas que se dieron para consolidar los Estados nacionales en América Latina, como el origen de un nuevo ciclo de luchas populares, esta vez en contra de la dominación estadounidense, que era, a su vez, una expresión del último grado de desarrollo que había alcanzado el capitalismo a nivel mundial, en aquello que Lenin llamó “imperialismo”.

Saber leer la historia

Las consecuencias de aquel hecho fueron tan cataclísmicas que el mundo entero estuvo a un paso de ser destruido durante la Crisis de los Misiles en octubre de 1962, provocando una respuesta defensiva por parte de la Casa Blanca que se tradujo en la multiplicación de dictaduras militares a lo largo y ancho del continente, hasta que se consolidó como la primera y única potencia mundial con la implosión de la Unión Soviética. Y aunque al lado de Fidel había un pueblo liderado por sus mejores representantes, incluyendo entre ellos a Ernesto Che Guevara, es evidente que el curso de los acontecimientos hubiera sido muy distinto si su señera figura no hubiera estado para despertar el entusiasmo de las multitudes.

Pero ser recordado por la historia no es un mérito en sí, sino el de haber tenido un efecto positivo en su desarrollo, en la realización de ciertos principios e ideales a los cuales aspira la humanidad. La revolución liderada por los hermanos Castro no solo liberó a Cuba de una vergonzosa situación neocolonial, sino que inspiró a pueblos de toda la Región para impulsar sus propios movimientos de liberación nacional, con sus propias victorias y derrotas, hasta llegar al actual ciclo de gobiernos progresistas que son, sin duda, hijos de sus propias causas y procuradores de sus propios efectos; pero también herederos de aquella tradición rebelde que quizá no fue inaugurada por Fidel (recordemos que él mismo apunto a José Martí como el autor intelectual de su levantamiento en contra de Batista), pero que lo tiene hasta ahora como su mejor representante.

Quizás se deba al hecho de que Fidel Castro no fue solo un líder político sin parangón, sino un pensador de calado profundo, cuyas raíces se alimentaron de lo mejor de la tradición del pensamiento político universal, eso es tanto de Occidente como de estas tierras. Pudo leer la historia como ningún otro, es lo que queremos decir, y saber así hacia dónde debía dirigirse la acción revolucionaria, como él dijo alguna vez: “Con sentido del momento histórico”.

América Latina en su momento histórico

Y ese momento histórico era el de la consolidación del capitalismo dependiente en América Latina, tras la asonada gringa para retomar el control de lo que siempre había considerado su patio trasero, mediante la construcción y consolidación de un orden internacional diseñado para extraer el máximo nivel de capitales desde la Región hacia el centro del mundo desarrollado, con el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) como principales instituciones encargadas de garantizar la división internacional del trabajo entre un Norte desarrollado y un Sur sumido en la pobreza. Y para respaldarlo se tenía un agresivo militarismo estadounidense a través de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y su Complejo Militar Industrial.

Un orden injusto que fue impuesto con la invasión e intimidación de cualquier país de la Región en el que emergiera un gobierno nacionalista, y que fue desafiado exitosamente por primera vez por la Revolución cubana, tras el fracasado ataque de Playa Girón. Derrotar militarmente a Cuba no era imposible, sino todo lo contrario, era demasiado fácil. El problema con este país era el ejemplo que podía significar para el resto del continente, así que no bastaba con arrojar otra bomba nuclear sobre esa pequeña isla, como se hizo contra Japón; se tenía que demostrar la inviabilidad de su proyecto. Con ese objetivo, el gobierno de John F. Kennedy impulsó la Alianza para el Progreso, que consistía en una serie de préstamos, créditos y trasferencias financieras para que los gobiernos cortaran todo lazo con el país insurrecto y prometieran impedir que movimientos similares se dieran en sus territorios, sobre todo mediante la hipertrofia de sus aparatos militares, que fueron rápidamente instrumentalizados desde Washington. Una ofensiva contra la Revolución cubana que nunca dejó de ser militar, pero que tenía su principal estrategia en mecanismos económicos y diplomáticos, inaugurando una nueva etapa de intervenciones gringas en el hemisferio.

Una tesis política por la emancipación continental

Es en este contexto en el que Fidel Castro pronunció uno de los discursos más importantes para el pensamiento político latinoamericano. Era febrero de 1962 y Cuba acababa de ser expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA), después de una reunión de cancilleres de países en Punta del Este, bajo la presión del gobierno de los Estados Unidos que acusó a la Isla de querer “exportar su revolución”.

La acusación, de por sí ridícula, fue respondida con una serie de tesis políticas sobre la emancipación latinoamericana argumentada histórica y filosóficamente y que constituye una de las primeras expresiones sistemáticas del antiimperialismo y el anticapitalismo en nuestra América, así como una crítica al orden mundial y la división internacional del trabajo que relegó al continente a una situación dependiente y neocolonial. Un manifiesto comunista nuestroamericano.

Si bien la Primera Declaración de La Habana, de septiembre de 1960, contenía un mensaje similar y era, asimismo, una respuesta a otra reunión de la OEA en enero de ese año en la que se denunció la solidaridad soviética con el pueblo de Cuba como un acto de intervención foránea; la Segunda Declaración de La Habana destaca por ser algo más que una condena al intervencionismo yanqui, por ser un desafío sofisticadamente argumentado y radical.

Es decir, va más allá del antiimperialismo defensivo y del nacionalismo chauvinista, para explicar el origen de los males de nuestra Región, el rol del capitalismo en la explotación de nuestros pueblos, así como de su origen, además de la inevitabilidad de que nuevos procesos de rebelión se dieran en el continente, donde las revoluciones no se exportaban, sino que brotaban localmente al influjo de las condiciones que le habían sido impuestas.

10 tesis por América Latina

El discurso expone coherentemente las causas lejanas e inmediatas del sometimiento y pobreza de América Latina, desde su rol en el proceso de acumulación originaria mediante el saqueo de sus riquezas y la opresión de sus pueblos durante el periodo colonial, hasta los mecanismos de intervención de los Estados Unidos para perpetuar su dominio sobre la Región a expensas del bienestar de sus habitantes. Se trata de 10 tesis políticas magistralmente expuestas por quien hizo del discurso frente a las masas una estrategia pedagógica revolucionaria.

  • Primero, la ratificación del espíritu independentista y antiimperialista de José Martí, el máximo héroe nacional de este país, que advertía sobre el peligro de que los Estados Unidos se apoderaran de la “perla del Caribe”, para que, con ese peso, cayera sobre toda la Región. Un ímpetu independentista heredero de las líneas estratégicas inauguradas por Simón Bolívar y su sueño de realizar la Gran Colombia en el Cono Sur, como una confederación de Estados libres que no se volverían a someter a ninguna metrópoli, mientras los Estados Unidos ya expresaban sus inclinaciones imperiales tan pronto como la primera década del siglo XIX;
  • Segundo, la descripción del sometimiento y saqueo colonial del continente bajo la égida colonial, no solamente española, sino europea en general, que sentó las bases de la acumulación originaria de la cual emergería el capitalismo, a partir de un proceso de despojo y explotación que victimizó a los pueblos indígenas que habitaban el continente antes de la llegada de Cristóbal Colón, así como de la población negra arrancada del África para ser esclavizada en haciendas y plantaciones americanas. En otras palabras, una denuncia en contra del colonialismo de los imperios absolutistas europeos;
  • Tercero, la descripción del surgimiento del capitalismo en Europa y las contradicciones de clase que lo suponen, que se construyó sobre las espaldas de campesinos luego devenidos en trabajadores intensamente explotados y desposeídos, cuyos ejércitos de reserva de mano de obra pasarían a organizarse en el proletariado moderno, para dar solución a una contradicción de clases de la misma forma en como había sucedido con la burguesía frente a los señores feudales. Una exposición de las tesis del Manifiesto Comunista escrito por Karl Marx, sintetizadas en la advertencia de que, de la misma manera que se perseguía a los pensadores que inspiraron la revolución burguesa, hoy se estigmatizaría hasta el envilecimiento a los representantes de la emancipación del proletariado;
  • Cuarto, la evolución de aquel capitalismo europeo a su fase imperial, caracterizada por la rivalidad entre capitales monopólicos que habían tomado control absoluto de sus Estados y de la cual emergería Estados Unidos como principal potencia hegemónica al calor de la Primera y Segunda Guerra Mundial, y que desató, al mismo tiempo, una ola independentista y descolonizadora en los pueblos que pasarían a formar parte del Tercer Mundo, con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) como primer proyecto de Estado socialista para hacerle frente a la rapacidad imperial;
  • Quinto, la descripción de las condiciones objetivas de dependencia, pobreza y subdesarrollo del continente latinoamericano, que lo hacen proclive a las revoluciones y que tienen su origen en la imposición de órdenes neocoloniales impuestos bajo la égida imperial primero de Inglaterra, y luego consumados por la dominación del imperialismo estadounidense. Condiciones neocoloniales que eran la causa del subdesarrollo, la pobreza y la opresión que resistían los pueblos del continente suramericano, coincidiendo con las versiones más radicales que se venían formulando en ese entonces sobre la Teoría de la Dependencia;
  • Sexto, la denuncia de los mecanismos de intervención, injerencia y opresión del imperialismo estadounidense en la Región, que partían desde la intimidación militar hasta la instrumentalización de los ejércitos nacionales de los Estados sobre los cuales se establecían relaciones de dominación a través de centros de adoctrinamiento como la Escuela de las Américas, además de otros métodos como el chantaje económico y, por supuesto, el espionaje y la desestabilización promovida por las agencias de inteligencia del gobierno estadounidense. Una exposición que va más allá de la denuncia política, siendo una descripción casi taxonómica acerca del modo de operar del imperialismo yanqui;
  • Séptimo, la denuncia de los actos de intimidación y sabotaje a la Revolución cubana desde la invasión de Playa Girón, como ejemplo que debía ahogarse en sangre, y luego a partir del chantaje económico y el aislamiento diplomático, que al mismo tiempo constituía una forma de admitir la peligrosidad de su ejemplo para el resto de los países del continente. Pero, sobre todo, una reafirmación de la dignidad del pueblo cubano, dispuesto a realizar hasta los mayores sacrificios en orden de consumar su independencia y soberanía;
  • Octavo, la condena a la situación de marginalidad y explotación a la que están sometidos varios sectores de los pueblos latinoamericanos, como los indígenas y los negros, incluso dentro de sus propios Estados, a pesar de los cambios que debían haberse dado después de la independencia formal que estos habían alcanzado en las primeras décadas del siglo XIX. Una denuncia en contra de los efectos del colonialismo y sus resabios en la actualidad, que inferiorizaban hasta la deshumanización a pueblos enteros;
  • Noveno, la imposibilidad de que su condición pueda mejorar a través de la ayuda estadounidense, al mismo tiempo que son perseguidos y reprimidos por sus gobiernos y el imperialismo yanqui, señalando que era justamente aquella situación de opresión y explotación la que hacía proclives a estos pueblos a impulsar revoluciones, y no la burda acusación de que tal insubordinación era un producto de exportación, como si se tratara de una mercancía de consumo popular;
  • Y, décimo, la necesidad de una revolución conducida por el proletariado, acompañada por los campesinos, intelectuales y clases medias del continente, por el socialismo y la independencia como única forma de romper con el orden actual al que estaban sometidos no solo lo pueblos de América Latina, sino también los pueblos del África y del Asia.

La declaración señala el principal dilema que atravesaba la Región en aquella época, en la se debatía el socialismo como posible ruta para el desarrollo de Latinoamérica a medida que la opresión estadounidense se hacía más asfixiante y violenta, y que luego alcanzaría su clímax con la imposición de dictaduras militares respaldadas por Washington.

Así, aunque la contraposición entre los intereses del Norte y del Sur ya se advertían desde inicios del siglo XIX, estos no se plantearon como un problema político a superarse hasta la segunda mitad del siglo XX, con la presente declaración como uno de sus documentos fundamentales.


  • Cientista político.

     

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