febrero 26, 2024

El papel de las bibliotecas en la era republicana

Por Luis Oporto Ordóñez *-.


Con el triunfo de la independencia, en medio de 26 años de guerra sin cuartel, las incipientes repúblicas organizaron sus administraciones, conformando gobiernos unitarios y federales, abriendo una nueva era para romper las ataduras coloniales e iniciar una república de ciudadanos. Sin embargo, la Constitución Política del Estado de Bolivia marginó a los pueblos indígenas, negros, mulatos y mujeres de los derechos civiles, reservados a criollos latifundistas y la clase de artesanos mestizos, calificando a los indígenas como “bolivianos”, estableciendo el lapso de 10 años para que alcancen la alfabetización y pasen a ser considerados “ciudadanos”.

Los flamantes gobiernos republicanos enfrentaron un nuevo desafío: emprender la batalla contra el analfabetismo y fomentar la lectura, para ese fin dieron importancia superior al establecimiento de bibliotecas públicas, procediendo luego a la creación de bibliotecas nacionales, iniciando un proceso de desarrollo cultural a partir de la difusión de la lectura y la ilustración, un derecho detentado por las élites en la época colonial que, paradójicamente, fue un motor para la difusión de las ideas independentistas.

En la época de la Independencia fueron creadas las bibliotecas públicas, siendo la primera en el Sur de América, la que ordenó instalar la Junta de Mayo, por intermedio del secretario Mariano Moreno, en Buenos Aires (1810), inaugurada finalmente por Bernardino Rivadavia con 12 mil ejemplares en 1812. Manuel Moreno, hermano de Mariano Moreno, fue designado primer director de la Biblioteca Pública que, en el plano de la esfera privada, cultivó una de las mayores bibliotecas privadas de su tiempo, reputada como la biblioteca particular “más grande de la época”. La Biblioteca Pública pasó a depender del gobierno nacional, el 9 de septiembre de 1884, tomando la denominación de Biblioteca Nacional, siendo director Antonio Wilde. A su muerte, el célebre escritor, historiador y crítico literario francés Paul Groussac asumió como director en 1885 y permaneció en el cargo por 44 años, en los que desempeñó “labor incansable, [cuya] destacada personalidad e inteligencia profunda e implacable, produjeron un avance digno de destacar”, como señala Etchepareborda. Paul Grousac fundó La Biblioteca, revista de la Biblioteca Nacional, en 1896. En 1955 ocupó ese alto cargo Jorge Luis Borges.

Le siguió la Biblioteca Pública de Montevideo (1816), la de Santiago de Chile, y de Lima, fundada por el general José de San Martín en 1821, y en la ciudad de La Plata (Sucre) el Mariscal Andrés de Santa Cruz creó una biblioteca pública de Charcas, en abril de 1825, aunque habría que esperar a 1830 para que se fundara la primera Biblioteca Pública de la República.

La Biblioteca Nacional del Perú se fortaleció con 11 mil 256 volúmenes que pertenecieron a las bibliotecas de la Universidad Mayor de San Marcos de la Orden de los Jesuitas, las donaciones de Bernardo Monteagudo, José Hipólito Unanue y los 762 volúmenes y 86 cartas geográficas de la biblioteca particular del propio San Martín. Como otras de su género, la Biblioteca Nacional sufrió los embates de la guerra con España, siendo saqueada en dos ocasiones (1823 y 1824) por tropas realistas, y, posteriormente, como consecuencia de la ocupación de tropas chilenas en 1881 y 1883, durante la Guerra del Pacífico, fue tomada por asalto y trasladada prácticamente en su integridad hasta Santiago, como informó Ricardo Palma al Ministro de Justicia en noviembre de 1883: “Biblioteca no existe; pues de los cincuenta seis mil volúmenes que ella contuvo solo he encontrado setecientos treinta y ocho”. Paradojas de la historia: la Biblioteca del Congreso de Chile, creada por Pedro Montt como Biblioteca de la Cámara de Diputados en 1883, pasó a servir a ambas cámaras como Biblioteca del Congreso en 1885 y formó, en poco tiempo, una formidable colección que fue devorada por el fuego en un incendio que se suscitó en 1895, como informa el bibliotecario de esa institución, Adolfo Labatut (1923).

La formación de bibliotecas públicas y nacionales fueron impulsadas por las élites ilustradas que, a diferencia de la época colonial, vuelcan sus esfuerzos para construir una alternativa de alfabetización y fomento a la lectura de las mayorías nacionales. La lectura y la ilustración eran consideradas como el motor para el desarrollo y la civilización.

El papel de las Bibliotecas Nacionales estaba enfocado a adquirir la literatura internacional disponible para fomentar la lectura y recoger la producción bibliográfica nacional, sentando las bases del futuro sistema de depósito legal, que obliga a las imprentas a entregar ejemplares de libre disposición para uso de la población. Con ese acervo se fue construyendo la Bibliografía Nacional, que en el caso de Bolivia tuvo como exponentes a José Rosendo Gutiérrez y Gabriel René Moreno, imponiéndose la figura señera del segundo luego de una guerra bibliográfica singular.

Bolivia fue la última nación sudamericana en liberarse del régimen español. El general Simón Bolívar tuvo que enviar al joven mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, para rendir al bastión hispano del general Pedro Antonio de Olañeta, quien debía deponer las armas o presentar combate. En su condición de general en jefe del Ejército Libertador Sucre cruzó el río Desaguadero y asumió el gobierno del territorio de Charcas, convocando a la Asamblea de Representantes que determinaron la creación de la República de Bolívar el 6 de agosto de 1825. En 1826 la Asamblea de Representantes sancionó la Constitución Política de la República de Bolívar, en la que los indígenas fueron reconocidos como “bolivianos”, es decir, continuaron en la misma situación de sometimiento que en la época colonial. Para ellos la República no tuvo significado alguno; más, el nuevo Estado gravó a las comunidades indígenas originarias con la pesada carga de la contribución indígena, de tal manera que el Tesoro General de la Nación recibía por este concepto hasta el 45% de sus ingresos. La situación se mantuvo durante el siglo XIX, hasta que luego de una rebelión de vasto alcance esta imposición tributaria fue anulada.


  • Magister Scietiarum en Historias Andinas y Amazónicas y docente titular de la carrera de Historia de la UMSA.

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